Desde lo alto de la muralla, el horizonte parecía vibrar.
No era ilusión.
Era movimiento.
Las nuevas banderas avanzaban en formación cerrada, disciplinada, con una precisión que no correspondía a tribus errantes. Sus armaduras reflejaban la luz del atardecer como escamas metálicas. No se dispersaban. No exploraban.
Marchaban.
—No son sogdianos —murmuró Parmenión.
—Ni bactrianos —añadió Hefestión.
Oxyartes observaba con el rostro endurecido.
—Vienen del este profundo.
Alejandro no apartaba la mirada.
—¿Quién los lidera?
Oxyartes respondió con voz grave:
—Un señor que no reconoce fronteras occidentales. Lo llaman el Señor de las Llanuras del Amanecer.
Silencio.
El nombre no traía historia conocida.
Traía incógnita.
—¿Busca guerra? —preguntó Alejandro.
Oxyartes negó lentamente.
—Busca expansión.
La palabra cayó pesada.
Alejandro sostuvo el horizonte con la mirada firme.
—Entonces somos dos hombres que buscan lo mismo.
Roxana dio un paso al frente.
—La diferencia es que tú integras.
Todos la miraron.
—Él absorbe —continuó ella—. No deja identidad.
El viento levantó su cabello oscuro como un presagio.
Alejandro la observó con atención renovada.
—¿Lo has visto?
Ella negó.
—He oído lo suficiente.
Esa noche, la sala de Oxyartes volvió a llenarse.
Pero ya no era negociación.
Era deliberación urgente.
Parmenión fue directo:
—Si atacan primero a tu territorio, nosotros resistiremos desde el oeste.
Oxyartes sostuvo su mirada.
—Y si atacan primero a vosotros, ¿defenderéis mis tierras?
Silencio.
La pregunta era estratégica.
Y moral.
Alejandro habló antes de que Parmenión pudiera responder.
—Sí.
Parmenión lo miró de reojo.
—Eso nos compromete.
Alejandro sostuvo la mirada de Oxyartes.
—La estabilidad que ofrezco no es discurso. Es acción.
Roxana observaba en silencio.
Oxyartes finalmente habló.
—Entonces no estamos negociando subordinación.
—Estamos negociando alianza.
Alejandro asintió.
—Exacto.
Mientras tanto, en las colinas al norte, Espitamenes también observaba las nuevas fuerzas.
Uno de sus hombres habló con inquietud.
—Si se unen contra nosotros…
Espitamenes negó.
—No somos el objetivo inmediato.
—¿Entonces?
Espitamenes miró el horizonte oriental con ojos calculadores.
—Esperarán a que se debiliten entre sí.
—¿Y nosotros?
Una leve sonrisa apareció.
—Seremos la variable que no pueden ignorar.
En la fortaleza, Alejandro permanecía despierto mucho después de que el consejo se disolviera.
Roxana apareció en el patio interior.
No vestía armadura.
Vestía serenidad.
—Has visto algo en el horizonte —dijo ella suavemente.
Alejandro no se volvió.
—He visto oportunidad y amenaza en la misma forma.
Ella se acercó.
—Eso no es nuevo para ti.
—No.
Silencio.
—Pero esta vez no controlo el ritmo.
Roxana lo miró con atención.
—¿Eso te inquieta?
Alejandro sonrió apenas.
—Todo rey teme perder el control del ritmo.
Roxana sostuvo su mirada sin temor.
—No puedes controlar todos los ritmos. Solo el tuyo.
El comentario lo tomó por sorpresa.
—Hablas como estratega.
—Hablo como hija de estas montañas.
Pausa.
—Mi padre observa si eres fuego pasajero… o llama duradera.
Alejandro la miró con intensidad.
—¿Y tú qué observas?
Roxana no bajó la mirada.
—Observo si eres hombre antes que mito.
El silencio entre ambos fue distinto.
No tenso.
Profundo.
El viento cruzó el patio como susurro de destino.
Al amanecer, los exploradores regresaron con información más clara.
Las fuerzas orientales no atacaban aún.
Se establecían.
Medían distancias.
Construían campamentos avanzados.
—No improvisan —dijo Hefestión.
—No —respondió Alejandro—. Planifican.
Parmenión añadió con gravedad:
—Si esperamos, crecerán.
—Si atacamos, nos exponemos —respondió Oxyartes.
Alejandro observó el mapa extendido.
Tres fuerzas.
Espitamenes al norte.
El Señor del Amanecer al este.
Y su propio ejército entre ambos.
—Dividirnos sería suicidio —murmuró Parmenión.
—Unirnos es riesgo político —añadió Oxyartes.
Alejandro levantó la vista.
—Entonces debemos crear algo que no esperen.
Silencio expectante.
—Un gesto que cambie la percepción.
Roxana lo miró con intuición.
—¿Qué tipo de gesto?
Alejandro sostuvo su mirada.
—Uno que no pueda revertirse.
Esa tarde, convocó a Oxyartes en privado.
La conversación fue directa.
Sin adornos.
—Si queremos evitar guerra múltiple, debemos mostrar unidad total.
Oxyartes lo observó con cautela.
—¿Unidad militar?
—Más que eso.
Silencio.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Unidad de sangre.
La comprensión fue inmediata.
Oxyartes no habló durante varios segundos.
El viento parecía haberse detenido.
—Mi hija no es moneda política.
—No la trato como tal.
Silencio prolongado.
Roxana apareció en la entrada.
Había escuchado.
—Si esto evita que nuestras tierras se conviertan en campo de guerra múltiple… —dijo con serenidad sorprendente—, entonces no es sacrificio.
Oxyartes la miró con intensidad paternal.
—¿Comprendes lo que implica?
—Sí.
Alejandro sostuvo su mirada.
No había imposición en sus ojos.
Había reconocimiento.
—No te ofrezco encierro —dijo él—. Te ofrezco compartir el destino.
El silencio fue absoluto.
Parmenión, al enterarse después, reaccionó con dureza contenida.
—Esto cambiará cómo te ven los macedonios.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026