La marcha hacia el norte fue inmediata.
No hubo descanso ceremonial tras la unión con Roxana. No hubo celebración prolongada. Solo estrategia.
El cielo estaba cubierto cuando el ejército macedonio-bactriano avanzó como una sola fuerza. Las antorchas formaban una serpiente luminosa atravesando la oscuridad.
Hefestión cabalgaba al lado de Alejandro.
—Salvar a Espitamenes no es alianza —dijo con franqueza—. Es cálculo.
Alejandro sostuvo la mirada al frente.
—No lo salvo a él.
—¿Entonces?
—Salvo el equilibrio.
En las colinas del norte, el choque ya había comenzado.
Las fuerzas del Señor del Amanecer no atacaban como guerrilla.
Atacaban con formación cerrada, escudos alineados, lanzas largas que avanzaban como muro.
Espitamenes resistía con movilidad, pero el terreno ya no favorecía.
Uno de sus hombres cayó con una lanza atravesándole el pecho.
Otro gritó mientras la línea oriental avanzaba implacable.
—¡Nos superan en número! —gritó un lugarteniente.
Espitamenes miró el campo con rabia contenida.
—No luchan por tierra.
—Luchan por absorción.
Silencio.
—Retirada parcial —ordenó.
Pero antes de que pudiera completar el movimiento, un explorador sogdiano apareció desde el oeste.
—¡Macedonios avanzan hacia aquí!
El aire se congeló.
Uno de sus hombres habló con incredulidad.
—¿Nos atacan también?
Espitamenes entrecerró los ojos.
—No.
Pausa.
—No aún.
Alejandro divisó el campo desde una elevación natural.
Vio la formación oriental empujando como hierro sólido.
Vio a los sogdianos intentando romper líneas.
Vio la posibilidad de dejar que ambos se desgastaran.
Parmenión habló primero.
—Si esperamos, ambos se debilitan.
Hefestión lo miró.
—Pero si el este absorbe al norte…
Parmenión terminó la frase.
—Serán más fuertes.
Roxana observaba en silencio.
—Mi pueblo será borrado.
Alejandro apretó las riendas.
No era compasión lo que lo movía.
Era visión estratégica.
—Formad ala derecha —ordenó con voz firme.
Parmenión lo miró fijamente.
—¿Intervenimos?
Alejandro asintió.
—Ahora.
La carga fue inesperada.
El ejército oriental no había previsto un tercer frente.
La caballería macedonia descendió con precisión brutal sobre su flanco expuesto.
El choque fue inmediato.
El muro de lanzas se desorganizó por primera vez.
Espitamenes observó desde su posición elevada.
—Ha venido.
No era gratitud lo que sentía.
Era comprensión.
El tablero había cambiado.
Alejandro no atacó al norte.
Atacó al este.
La batalla se transformó en caos controlado.
La formación oriental intentó girar para enfrentar la nueva amenaza, pero el terreno irregular dificultaba la maniobra.
Alejandro luchaba en el frente, espada en mano, moviéndose con precisión letal.
No era furia.
Era concentración pura.
Hefestión cubría su flanco izquierdo.
Parmenión mantenía cohesión en el ala pesada.
Roxana observaba desde retaguardia con tensión visible.
Espitamenes finalmente dio la orden:
—¡Contraataque lateral!
Sus guerrilleros descendieron desde las colinas sobre el ala oriental ahora debilitada.
Por primera vez en meses, macedonios y sogdianos luchaban en la misma dirección.
No como aliados formales.
Pero como fuerzas convergentes.
El Señor del Amanecer apareció en medio de la formación oriental.
Alto.
Imponente.
Con armadura distinta, casi ceremonial.
Sus ojos no mostraban sorpresa.
Mostraban cálculo frío.
Vio a Alejandro.
Y avanzó hacia él.
El choque fue inevitable.
Espadas cruzándose con fuerza contenida.
El Señor del Amanecer era fuerte.
Metódico.
No impulsivo.
—Eres el macedonio —dijo con voz grave mientras bloqueaba un golpe.
—Y tú el que cree que el este no tiene límites —respondió Alejandro.
El combate fue intenso.
Ambos medían al otro.
No era duelo de odio.
Era prueba.
Un golpe logró desarmar momentáneamente a uno de los guardias orientales.
La línea comenzó a ceder.
Espitamenes empujaba desde el norte.
Alejandro desde el oeste.
La formación oriental finalmente se fracturó.
No fue derrota total.
Fue retirada estratégica.
El Señor del Amanecer dio señal de repliegue.
Sus fuerzas se retiraron con disciplina sorprendente.
No huían.
Se replegaban.
El campo quedó en silencio tenso.
Espitamenes descendió hacia Alejandro.
Ambos quedaron frente a frente.
Manchados de polvo y sangre.
—No esperaba tu ayuda —dijo el sogdiano.
Alejandro sostuvo su mirada.
—No fue ayuda.
—Fue interés.
—Exacto.
Silencio.
Espitamenes miró el campo devastado.
—El este no se detendrá.
Alejandro asintió.
—Lo sé.
—Y ahora saben que puedes unir.
La frase quedó suspendida.
Era reconocimiento.
No amistad.
Pero tampoco odio puro.
Esa noche, el campamento fue improvisado entre los restos del campo de batalla.
Macedonios y sogdianos separados por prudencia, pero ya no por fuego inmediato.
Hefestión se acercó a Alejandro.
—Hoy has cambiado el juego.
Alejandro no celebraba.
—Hoy he evitado perderlo.
Parmenión observaba desde la distancia.
—No podemos sostener esta tensión indefinidamente.
Alejandro asintió.
—Entonces debemos transformarla.
Roxana se acercó en silencio.
—Mi padre ha enviado mensaje —dijo suavemente—. Está dispuesto a formalizar alianza completa contra el este.
Alejandro la miró.
—Eso era inevitable.
—No —respondió ella—. Era elección.
El viento sopló frío.
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suspenso psicológico, novela histórica épica, aventura bélica
Editado: 21.02.2026