Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 35 - El Eje Roto

El mensajero cayó hacia adelante, y Alejandro lo sostuvo antes de que su rostro golpeara la tierra del valle.

Sangre fresca manchaba su túnica. No era herida superficial. Había cabalgado más allá del límite humano.

—Habla —ordenó Alejandro con voz firme, aunque su pulso latía como tambor de guerra.

El hombre intentó incorporarse.

—El paso… —tosió sangre—. El Señor del Amanecer… atacó con fuerza completa.

Hefestión sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Parmenión?

El mensajero cerró los ojos un instante, como si reunir palabras fuera más difícil que cabalgar cien millas.

—Resiste… pero… la segunda línea fue rota.

Silencio absoluto.

El mundo parecía inclinarse.

—¿Roxana? —preguntó Alejandro.

El hombre levantó la vista con esfuerzo.

—Fue trasladada al anillo interno… pero el enemigo ya ha tomado la colina oriental.

El eje.

El paso del norte era más que un punto estratégico.

Era conexión.

Si caía…

El imperio quedaría partido en dos.

El valle macedonio, recién defendido, dejó de importar.

Alejandro se puso de pie lentamente.

El viento soplaba, arrastrando el olor metálico de la sangre reciente.

—Preparad marcha inmediata —ordenó.

Antípatro dio un paso al frente.

—Si te vas ahora, el consejo—

Alejandro lo interrumpió con mirada firme.

—El consejo votó unidad.

Ahora debe sostenerla.

Silencio.

—Si el paso cae, Macedonia quedará aislada de todo lo que hemos construido.

Hefestión ya estaba dando órdenes a los oficiales.

Filotas, aún con vendaje improvisado en el hombro, respiró hondo.

—Cabalgaremos sin descanso.

Alejandro asintió.

—Sin descanso.

La marcha hacia el norte fue brutal.

No había formación ceremonial.

Era carrera contra fractura.

Los caballos apenas tenían tiempo para beber.

Los hombres apenas tiempo para cerrar heridas.

El viento del este soplaba con violencia creciente.

Hefestión cabalgaba junto a Alejandro.

—Si el Señor del Amanecer ha concentrado fuerzas allí, no será escaramuza.

Alejandro sostuvo la mirada hacia el horizonte.

—No. Será intento de ruptura definitiva.

—¿Y si llegamos tarde?

Silencio.

—No llegaremos tarde.

Pero en su interior, Alejandro sabía que el tiempo no siempre obedece voluntad.

En el paso del norte, el cielo estaba cubierto por humo.

Parmenión permanecía firme en la línea central.

Su rostro estaba cubierto de polvo y sangre seca.

—¡Mantengan formación! —rugió.

Las fuerzas orientales presionaban con intensidad que no habían mostrado antes.

No era provocación.

Era ofensiva real.

Espitamenes combatía con ferocidad salvaje, defendiendo terreno que antes había resistido contra Alejandro mismo.

Roxana se encontraba en el anillo interno, observando con ojos que no mostraban miedo, solo cálculo.

Un oficial llegó a Parmenión.

—Han tomado la colina oriental completamente.

El general asintió con gravedad.

—Entonces nos empujarán hacia el estrechamiento.

El paso era angosto.

Si eran comprimidos allí…

El número oriental se volvería decisivo.

Espitamenes se acercó entre choque y gritos.

—El Señor del Amanecer dirige desde la colina.

Parmenión levantó la vista.

En lo alto, visible entre humo y estandartes, la figura del líder oriental observaba.

No gritaba órdenes.

No cargaba.

Controlaba.

La batalla no era caótica.

Era precisa.

Roxana descendió hacia línea interior.

Un oficial intentó detenerla.

—Señora, es peligroso—

—La moral es más peligrosa si me escondo —respondió sin vacilar.

Los soldados la vieron avanzar.

No como reina distante.

Como presencia firme.

—¡El paso no cae! —gritó con voz clara.

El eco se expandió.

No era discurso largo.

Era declaración simple.

El choque se intensificó.

La segunda línea macedonia comenzó a ceder.

Parmenión sintió la presión en cada músculo envejecido.

No había espacio para retirada amplia.

Solo resistencia compacta.

Espitamenes logró cortar avance lateral momentáneamente.

Pero el enemigo era persistente.

—¡Señor! —gritó un soldado—. Refuerzos no llegarán a tiempo.

Parmenión no respondió.

Sabía lo que significaba.

Si el paso caía antes de llegada de Alejandro…

El eje se rompería.

A medio camino, Alejandro recibió nuevo informe.

—Las señales de humo indican colapso parcial de flanco norte.

El rey apretó los dientes.

—Aumentad ritmo.

Hefestión miró a los hombres exhaustos.

—Si forzamos más, perderemos caballos.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Si no forzamos, perderemos imperio.

No había réplica posible.

En el paso, el enemigo logró penetrar tercer anillo defensivo.

El combate se volvió cuerpo a cuerpo desesperado.

Espitamenes recibió corte profundo en el brazo, pero continuó luchando.

Parmenión fue derribado brevemente, pero se levantó antes de que enemigo pudiera aprovechar.

Roxana observaba desde elevación interior.

El humo dificultaba visión.

El sonido era caos constante.

Y entonces…

Un cuerno distinto resonó.

No oriental.

No interno.

Distante.

Lejano.

Pero creciente.

Espitamenes levantó la cabeza.

Parmenión también.

—¿Lo oyes? —preguntó un soldado.

El cuerno volvió a sonar.

Más cercano.

El estandarte macedonio apareció en el horizonte.

Polvo levantándose tras caballería.

El enemigo lo vio también.

El Señor del Amanecer no mostró sorpresa.

Solo ajustó postura.

—Llegó —murmuró.

Alejandro entró en el paso como tormenta contenida.

No hubo pausa para reorganización.




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