Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 36 - El Sur en Llamas

El polvo del derrumbe aún flotaba en el aire cuando la noticia terminó de asentarse en los rostros.

—Hacia el sur… —repitió Hefestión con incredulidad contenida.

Alejandro permanecía inmóvil, mirando el terreno fracturado del paso. Rocas enormes bloqueaban parte del eje. Hombres heridos gemían entre escombros. El olor a tierra recién desgarrada se mezclaba con el de sangre.

—¿Fuerza mayor? —preguntó con voz firme.

El explorador asintió.

—No destacamento. Ejército completo. Avanzan con rapidez.

Parmenión apoyó el peso de su cuerpo en la lanza, respirando con dificultad.

—El Señor del Amanecer nos obligó a concentrarnos aquí… para liberar su avance principal.

Espitamenes sostuvo su brazo herido, los ojos brillando con comprensión amarga.

—Divide. Presiona. No busca victoria única. Busca agotamiento.

Roxana miró hacia el sur como si pudiera ver más allá de las montañas.

—Orontes no resistirá fuerza completa sin refuerzo.

Silencio.

Alejandro sabía que el sur no era solo territorio aliado.

Era símbolo reciente de reconciliación.

Si Orontes caía ahora…

La narrativa de unidad se fracturaría.

Y el este no necesitaría más que observar cómo los hilos se soltaban.

Esa noche no hubo descanso real en el paso.

Los heridos eran atendidos bajo antorchas temblorosas.

Parmenión reunió a los oficiales supervivientes.

—El eje se mantiene, pero debilitado —dijo con voz grave—. Si el enemigo regresa con fuerza, necesitaremos consolidación inmediata.

Hefestión miró a Alejandro.

—No podemos dividirnos otra vez.

—No —respondió el rey.

Pero sus ojos estaban fijos en el horizonte sur.

Filotas se acercó.

—Si marchas al sur con gran parte de las fuerzas, el paso queda vulnerable.

—Si no marcho —replicó Alejandro—, el sur arderá.

El dilema no era nuevo.

Pero ahora era más brutal.

Porque el eje estaba herido.

Y la red extendida.

Roxana se acercó al rey mientras los oficiales discutían opciones tácticas.

—No puedes correr tras cada golpe —dijo con voz baja.

Alejandro la miró.

—No es cada golpe.

—Es el que busca romper alianza.

Silencio.

—El Señor del Amanecer quiere que seas reacción constante.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Entonces no reaccionaré. Anticiparé.

—¿Cómo?

Él respiró hondo.

—El sur no es solo Orontes.

Es el símbolo de integración que el este quiere destruir.

Si enviamos solo tropas… parecerá auxilio desesperado.

Si enviamos declaración…

—¿Declaración? —preguntó ella.

Alejandro sostuvo su mirada con intensidad renovada.

—Marcharé al sur con estandartes macedonios y persas juntos.

Silencio.

—No como refuerzo.

Como afirmación.

Roxana comprendió.

—Si el sur ve unidad visible… resistirá más allá del número.

Hefestión escuchaba a distancia.

—Eso significa movernos con rapidez brutal otra vez.

—Sí.

Parmenión intervino con firmeza.

—El paso necesita refuerzo estructural inmediato.

Alejandro asintió.

—Tendrás hombres suficientes para sostenerlo.

—Suficientes no es lo mismo que abundantes.

—No necesitamos abundancia. Necesitamos firmeza.

El viejo general sostuvo la mirada del rey.

No era desacuerdo.

Era advertencia.

Mientras tanto, en el sur, el cielo ya estaba cubierto por humo.

Orontes observaba desde muralla principal cómo el ejército oriental avanzaba en formación impecable.

No era provocación.

Era ofensiva decisiva.

—Han traído maquinaria de asedio —informó un oficial.

Orontes apretó los dientes.

—Entonces no buscan escaramuza.

El sonido de tambores orientales resonaba en la llanura.

El Señor del Amanecer no estaba presente físicamente.

Pero su estrategia sí.

El objetivo era claro:

Tomar el sur mientras el eje aún se reorganizaba.

Romper alianza recién formada.

Enviar mensaje.

La primera oleada golpeó murallas con precisión calculada.

No hubo caos.

Hubo método.

Orontes sostuvo línea con dignidad feroz.

Pero sabía que sin refuerzo…

El tiempo estaba en su contra.

—¿Noticias del norte? —preguntó.

—Solo que el paso resistió.

Orontes exhaló con lentitud.

—Entonces resistiremos hasta que el norte recuerde que existimos.

En el campamento oriental principal, lejos del paso y más allá del valle macedonio, el Señor del Amanecer estudiaba el mapa con calma.

—Han sostenido el eje —dijo un consejero.

—Sí.

—¿Y eso?

—Eso significa que ahora protegerán sur con todo lo que tengan.

Silencio.

—¿Y si no lo hacen?

El líder oriental levantó la vista.

—Entonces el sur caerá sin gloria.

Se inclinó sobre el mapa.

—Pero si marchan con fuerza… el eje quedará expuesto nuevamente.

El consejero comprendió.

No era cuestión de victoria puntual.

Era desgaste estratégico total.

Alejandro partió hacia el sur antes del amanecer.

No con ejército completo.

Con fuerza móvil significativa.

Parmenión permanecía en el paso con hombres suficientes para sostener línea dañada.

Hefestión marchaba junto al rey.

Roxana decidió acompañar.

—Si el sur cae —dijo—, mi presencia no cambiará resultado en el norte.

Alejandro no discutió.

El símbolo debía viajar.

El viento soplaba más cálido a medida que descendían hacia territorio aliado.

Pero el humo ya era visible desde distancia considerable.

Orontes resistía.

Pero la muralla principal había sido alcanzada en dos puntos críticos.

Las máquinas orientales golpeaban con ritmo implacable.

El sonido era constante.

Cansancio comenzaba a pesar.

Y entonces…

Un cuerno resonó desde el horizonte.




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