Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 45 - El Día en que el Mundo se Partió

El polvo ya no era una nube.

Era una pared.

La cuarta fuerza descendía desde el norte como un río oscuro que se abría paso entre el caos. Sus estandartes no llevaban símbolos imperiales ni signos reales reconocibles. Eran banderas mercenarias, múltiples, fragmentadas… pero unidas por una misma intención: aprovechar el colapso.

Hefestión fue el primero en hablar con claridad brutal.

—Si atacan ahora, no habrá vencedores. Solo sobrevivientes.

Alejandro no apartó la vista del horizonte.

—No han venido a negociar.

El Señor del Amanecer, a pocos metros, también observaba la aproximación con un cálculo que se endurecía segundo a segundo.

El comandante occidental gritaba órdenes desesperadas para reagrupar su segunda línea.

Pero ya era tarde.

La cuarta fuerza no buscaba golpear a uno.

Buscaba golpear al centro.

El impacto fue inmediato.

Los mercenarios del norte irrumpieron por el flanco occidental, atravesando lo que quedaba de su línea secundaria. No hubo saludo. No hubo advertencia. Solo acero.

El comandante occidental apenas tuvo tiempo de reorganizar antes de ser arrollado por caballería pesada inesperadamente disciplinada.

El equilibrio se rompió.

No en favor de nadie.

En contra de todos.

Alejandro comprendió que el campo había dejado de ser tablero estratégico.

Se había convertido en tormenta sin forma.

—¡Replegad hacia el eje central! —ordenó.

Hefestión gritó órdenes con voz desgarrada por el polvo.

Parmenión ajustó profundidad con rapidez admirable.

Orontes sostuvo ala sur con una determinación que bordeaba lo suicida.

Desde el este, el Señor del Amanecer ordenó cierre compacto.

No ataque.

Defensa en bloque.

Las dos fuerzas, que apenas horas antes habían intentado destruirse, ahora se comprimían una junto a la otra para no ser absorbidas por la cuarta irrupción.

La llanura de Aster se convirtió en espiral de violencia.

La segunda fuerza occidental colapsaba bajo embate norteño.

Algunos intentaban unirse a macedonios u orientales.

Otros huían hacia colinas lejanas.

El líder occidental herido fue arrastrado fuera del campo por sus hombres más fieles.

El comandante de la cuarta fuerza avanzaba con una frialdad devastadora.

No gritaba.

No celebraba.

Ejecutaba.

El golpe siguiente cayó contra el centro compartido entre Alejandro y el Señor del Amanecer.

La presión fue brutal.

Hefestión desvió un golpe que habría atravesado a un soldado oriental.

Un oficial del este sostuvo escudo para proteger flanco macedonio.

Las líneas ya no distinguían estandartes con claridad.

Solo reconocían amenaza común.

Filotas cayó de rodillas cuando una lanza le rozó el muslo herido.

Alejandro lo vio desde el centro.

Se abrió paso con violencia contenida.

Levantó a su oficial con una mano firme.

—¡Aún no! —rugió.

Filotas apretó los dientes.

—No… caeré… aquí.

Y volvió a empuñar espada.

El comandante norteño detectó que el centro no se desmoronaba.

Ordenó formación en martillo para golpear el punto exacto donde ambos ejércitos se tocaban.

Era inteligente.

Si lograba separarlos, podría derrotarlos uno por uno.

El Señor del Amanecer giró hacia Alejandro por tercera vez en el día.

No como rival.

Como igual.

—Si rompen aquí, nos rodearán a ambos.

Alejandro asintió.

—Entonces no romperán.

La respuesta no fue alianza formal.

Fue convergencia instintiva.

Ambos avanzaron hacia el punto crítico.

La carga norteña impactó con violencia brutal.

Escudos astillados.

Hombres aplastados bajo peso de acero.

El suelo se volvió barro oscuro.

Pero el centro resistió.

No por número.

Por voluntad.

Hefestión gritaba órdenes mientras luchaba.

Espitamenes maniobraba caballería ligera para hostigar retaguardia norteña.

Parmenión sostenía profundidad con precisión quirúrgica.

Orontes mantenía flanco sur bajo presión secundaria.

La batalla se convirtió en pulso sostenido.

Un pulso que no podía prolongarse.

Porque todos estaban exhaustos.

El comandante norteño detectó que la resistencia era más feroz de lo previsto.

Giró hacia una elevación leve en la llanura.

—Tomad esa altura —ordenó.

Si dominaban esa pequeña colina, podrían lanzar proyectiles sobre el centro comprimido.

Alejandro vio el movimiento.

El Señor del Amanecer también.

Sin mediar palabra, ambos lanzaron unidades hacia la elevación.

La carrera fue sangrienta.

Macedonios y orientales subiendo lado a lado.

Mercenarios norteños empujando desde el otro extremo.

El choque en la cima fue cuerpo a cuerpo brutal.

Hefestión alcanzó primero el punto central y plantó estandarte macedonio momentáneamente.

Un oficial oriental lo sostuvo junto a él cuando una flecha impactó cerca.

El comandante norteño apareció en la pendiente opuesta.

Alto.

Cubierto de polvo.

Mirada fría.

—¡Divididlos! —rugió.

Alejandro alcanzó la cima en el mismo instante.

La vista desde allí reveló la magnitud.

La segunda fuerza occidental estaba prácticamente desintegrada.

El centro compartido resistía apenas.

La cuarta fuerza aún tenía reservas frescas.

El Señor del Amanecer llegó por el flanco contrario.

Ambos líderes se encontraron en el punto más alto de Aster.

No hubo saludo.

Solo comprensión.

—Esto no es guerra por hegemonía —dijo el líder oriental con voz firme—. Es guerra por supervivencia.

Alejandro respiró con dificultad.

—Entonces actuemos como tales.

La decisión fue rápida.

No discutida.

Ambos ordenaron retroceso controlado hacia posición triangular, usando la colina como pivote defensivo.




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