Alejandro Magno: El Conquistador del Mundo

Capítulo 54 - Sangre en la Plaza

La frase del mensaje seguía ardiendo en la mente de Alejandro:

“El duelo ha comenzado.

Pero Ardesh no pelea solo.”

El pergamino tembló levemente entre sus dedos antes de que lo bajara.

No por miedo.

Por anticipación.

Parmenión lo observaba desde la mesa de guerra.

—¿Qué significa?

Alejandro levantó la mirada.

—Significa que Ardesh no confía en vencer limpiamente.

Silencio.

Espitamenes, vendado pero erguido, habló con voz grave.

—Si el duelo es manipulado… el este arderá por dentro.

Y occidente atacaría por fuera.

El cálculo era claro.

Dos frentes colapsando al mismo tiempo.

En la capital oriental, la plaza interior estaba rodeada por filas tensas de soldados.

No era espectáculo popular.

Era decisión histórica.

El Señor del Amanecer descendió los escalones del palacio con paso firme.

La herida en su costado aún estaba vendada, pero no ocultada.

No buscaba parecer invulnerable.

Buscaba parecer real.

Ardesh ya lo esperaba en el centro.

Armadura ligera.

Espada curva en mano.

Mirada fija.

Hefestión observaba desde un lateral, con contingente macedonio visible pero contenido.

No intervenir era parte del pacto.

El duelo era político.

Pero ahora…

Había algo distinto.

Entre los soldados cercanos a Ardesh se movían hombres con señales discretas.

No oficiales de asamblea.

Guardias personales.

Demasiados.

—Este combate no decide un trono —dijo el Señor del Amanecer con voz firme que resonó en la plaza—.

Decide si el este seguirá siendo uno… o se romperá en ambiciones.

Ardesh respondió sin bajar la espada.

—Decide si será gobernado por un hombre herido… o por uno preparado para el nuevo mundo.

El choque fue inmediato.

No ceremonial.

No elegante.

Acero contra acero bajo tensión colectiva.

El Señor del Amanecer era rápido pese a la herida.

Ardesh era fuerte, agresivo.

Los primeros intercambios fueron equilibrados.

Pero entonces…

Un movimiento extraño.

Uno de los hombres detrás de Ardesh dio un paso indebido.

Hefestión lo vio.

La mano del soldado bajó hacia daga oculta.

Traición en pleno duelo.

—¡Ahora! —gritó alguien desde el lado de Ardesh.

El ataque no fue uno.

Fueron tres.

Guardias leales a Ardesh intentaron irrumpir en el círculo.

Hefestión reaccionó sin vacilar.

Su espada desenvainada en un solo movimiento.

El contingente macedonio cerró perímetro.

Pero la plaza estalló en caos.

El duelo se convirtió en combate real.

Ardesh aprovechó el desorden.

Lanzó embate directo hacia la herida del Señor del Amanecer.

La hoja rozó vendaje.

Sangre fresca.

La multitud gritó.

Pero el líder oriental no cayó.

Retrocedió un paso.

Y contraatacó con precisión feroz.

Su espada golpeó el hombro de Ardesh.

El general vaciló.

Pero no cayó.

El caos se expandía.

Oficiales divididos gritaban órdenes contradictorias.

Hefestión derribó a uno de los traidores.

Pero otro logró acercarse peligrosamente al Señor del Amanecer.

Fue un oficial oriental leal quien bloqueó el golpe final.

La traición era abierta.

No había vuelta atrás.

Ardesh, viendo que la conspiración ya no era encubierta, rugió:

—¡El este no se arrodillará ante extranjero ni ante debilidad!

Y cargó de nuevo.

El combate entre ambos se volvió brutal.

Sin reglas.

Sin espectadores neutrales.

Un choque directo por autoridad.

Finalmente, en un giro rápido y preciso, el Señor del Amanecer desvió la espada de Ardesh y clavó su hoja en el costado de su rival.

No mortal inmediata.

Pero definitiva.

Ardesh cayó de rodillas.

La plaza quedó en silencio súbito.

El líder oriental no gritó victoria.

Simplemente habló con voz firme, aún respirando con dificultad:

—Esto termina ahora.

Los leales a Ardesh vacilaron.

Algunos arrojaron armas.

Otros intentaron huir.

Hefestión ordenó contención inmediata.

La ciudad, al borde de guerra civil total, se inclinaba hacia un solo lado.

Pero el precio era alto.

El vendaje del Señor del Amanecer estaba empapado en sangre.

No solo por herida vieja.

Por nueva.

En el norte, mientras el este se decidía en sangre, occidente lanzó ofensiva total contra el paso.

No era presión.

Era embestida masiva.

La cuarta fuerza integrada, reforzada por contingentes occidentales, avanzaba en formación profunda.

Parmenión sostuvo posición central.

Espitamenes lideró flanco derecho.

Alejandro descendió nuevamente al frente.

El choque fue devastador.

Escudos astillados.

Gritos de guerra.

La muralla vibraba bajo impacto de proyectiles.

El paso no era amplio.

Era garganta.

Y estaban intentando asfixiarla.

Alejandro comprendió algo brutal:

Occidente había calculado que el este estaría demasiado ocupado para enviar ayuda.

Y tenían razón.

El Señor del Amanecer sangraba en su propia plaza.

No podía marchar al norte.

La batalla en el paso duró horas interminables.

Parmenión recibió herida superficial pero continuó.

Espitamenes, aún debilitado, sostuvo carga enemiga con furia casi salvaje.

Pero el número era abrumador.

Alejandro gritó órdenes con voz ronca.

—¡No cedáis terreno!

¡El eje es la vida!

El polvo se volvió nube opaca.

La muralla temblaba.

Y entonces…

Una sección lateral comenzó a ceder.

No colapso total.

Pero grieta visible.

El enemigo lo vio.

Redobló presión.

El paso podía caer.

Al atardecer, cuando el sol teñía el cielo de rojo intenso, llegó mensajero jadeando desde el este.




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