Alex Red y el Séptimo Elemento. Parte 1: El mushky negro
Por Axel gernandez
Sección 1: Los teacakes saltarines
Después de recorrer todo aquel lugar, Alex concluyó que jamás había visto una morada más hermosa.
Era un verdadero paraíso de perfección. La casa tenía dos pisos funcionales y contaba con gimnasio, spa privado, una zona al aire libre con barbacoa, espacios verdes para mascotas, varias habitaciones espaciosas y una cocina de alta gama.
Los numerosos pasillos estaban decorados con maderas de calidad, ornamentos de mármol colocados con delicadeza y precisión, cuadros de grandes pintores y enormes lámparas de araña que brillaban en los techos.
Todos los muebles, finamente fabricados y llenos de pequeños detalles e historia, parecían esculpidos por dioses.
También abundaban las alfombras, sutiles y espaciosas, además de macetas con plantas y flores.
El ambiente era rústico, con ciertos aires de modernidad, pero, sobre todo, tradicional y lleno de luz natural. Desde los balcones podían disfrutarse excelentes vistas.
Las paredes combinaban tonos cian y marrón de madera que envolvían las vistosas habitaciones.
Entre todas ellas destacaba un salón de estudio con el que Alex flipó.
Nada comparable con su antiguo domicilio. Estaba en una casa de ricos. Lo único que ambos lugares tenían en común era que parecían algo carentes de tecnología.
Una bufanda, obviamente hecha por Linda, era el punto más negativo de uno de los baños. Alex lo confirmó al verla colgada de una mampara de ducha minimalista, muy elegante y limpia.
Luego estaba aquella mesa del comedor, más sublime de lo que uno pudiera imaginar, desbordada de manjares: dulces de caramelo de limón, pasteles de carne, trocillos de jamón ahumado cortados uniformemente, piña en almíbar, etcétera.
Todo estaba organizado sobre los platos, con los utensilios colocados de manera intachable.
Había otra mesa más pequeña, de cristal, con cuatro sillas y un mantel estampado. Parecía ser la que utilizaban habitualmente.
—No había que molestarse. Nosotros trajimos nuestra comida —avisó Rosanna, que también se maravillaba con la vista.
—No sé cómo pueden llamarle a eso comida. ¡Por favor! —dijo el extraño.
—Pero... —intentó rebatir Rosanna.
—Oh, también me tomó por sorpresa. El escaparate, aunque prácticamente arribó a la par de ustedes, lo hizo un poquito antes y no fue muy conservador que digamos con sus pertenencias.
Linda es buena cocinera, pero no confío en alimentos enlatados con prisa. Repugnante. Además, si hoy celebramos por partida doble... —explicó el desconocido con una mueca impensada en el rostro.
—¿Por partida doble? Uy, no sé por qué lo dices —enunció Linda, dubitativa.
—Ya verás —apuntó de nuevo el extraño.
Alex adivinaba que, a pesar de la vejez, debió de ser alguien muy vistoso durante su juventud. No obstante, se notaba que se hallaba en plenitud de condiciones.
—No podemos aceptar tanta hospitalidad. Sería abusar —continuó Linda.
Alex literalmente pensó:
Un poquito, porfa. Ese helado de fresa con chocolatinas parece tan suculento...
—Por mi sobrino-nieto, todo. Llevaba centurias queriendo conocerlo. Además, las extrañaba tanto, y ahora más que nunca.
De aquel anciano se transmitía cierta melancolía.
Alex repasaba mentalmente su sobresaliente jornada.
Primero, un viaje alucinante precedido por la aventura de aquel monstruo.
Segundo, aquella resplandeciente y enorme casa.
Tercero, se iba estableciendo un serio récord de conocer parientes.
Alex erraba cuando afirmaba que su madre era la única familia que tenía.
Pero entonces, ¿se suponía que hubo otros sobrevivientes de aquel día trágico? ¿Eso podría significar que hubiera esperanzas para con su padre?
No paraba de darle vueltas.
—Casimir, te entiendo, pero estamos agotados. Lo que necesita Alex es un buen colchón. No debiste preparar algo así tan temprano, por Aisha. ¡Si son menos de las seis de la mañana! —indicó Rosanna en tono desafiante.
No importa. Pensándolo bien, no existía tal cansancio, abucheaba Alex.
—Sí, lo sé —Casimir rio con confianza—. No se preocupen, descansen si quieren. Nada se va a echar a perder de todos modos.
—Claro. Percibo un campo de energía frío que conserva toda la comida.
Pero sea sincero, Cas, ¿desde cuándo la tienes preparada?
Me transmite una vibra tan peculiar—indagó Linda, algo retraída.
—Desde hace unos años, quizás quince o dieciséis. La preparación realmente me tomó más de un mes.
Sabía que un día volverían y prometí que nunca tocaría bocado hasta que me visitaran.
Editado: 28.09.2026