Alex Reidfield y el Camino de la Serpiente

12. DESESPERACIÓN ABUNDANTE.

―Alex ―decía una voz lejana―. Alex.

― ¿Quién eres? ―decía el chico―. ¿Dónde estás?

―Alex, sálvame ―respondía la voz.

― ¿Dónde estás?

La oscuridad en la que se encontraba el chico era plena y completa, más allá de su cuerpo no atinaba a ver nada. Sus ojos, entrecerrados comenzaban a dolerle, no sabía cuánto tiempo más podría soportar aquello. De pronto y a lo lejos, Alex visualizó una persona, o al menos una zona iluminada de blanco con forma de persona, una chica. Al acercarse un poco logró verla con detenimiento, era de tez blanca y cabello rubio esos eran los únicos detalles claros.

―Alex, sálvame ―decía.

― ¿Quién eres?

La chica se acercó a él y le dijo:

―Héroe, tú me conoces, por ahora estoy solo en tus recuerdos, pero pronto nos encontraremos y ahí sabrás que todo cambiará.

― ¿A qué te refieres?

―Lo sabrás cuando llegue el momento ―dijo―. Tú sabrás que hacer.

Y con un "puf" Alex despertó, sudoroso, le fallaba la respiración. Aún era noche y la fogata aun tronaba. Estaba asustado, decidió levantarse a caminar. Ahora esa chica, la cual no había logrado ver bien, le había dicho que estaba en su memoria, y le había dicho que lo iba a encontrar. No sabía si eso era bueno o malo. "Qué buena forma de iniciar el día".

Se levantó a caminar y vio que sus amigos estaban dormidos, Nathan estaba boca arriba, y Jeff estaba boca abajo, roncaba y le salía un hilo de saliva, quizá si no estuvieran encaminados a la muerte Alex les habría tomado más de tres fotos, para recordar el momento.

Caminó instintivamente por un sendero hasta el río, el mismo donde estaba el espejismo de la casa. Tomó agua, se lavó la cara, estaba helada (pero por suerte lo despertó un poco más) y miró hacia la casa blanca de antes. Ahora se veía sólida y lo tentaba a entrar a ella.

Se limpió las manos, tragó el agua, se incorporó y se dirigió a la casa a tientas. El olor a humedad lo golpeó de inmediato. Era una casa de madera, muy descolorida, entró, la puerta rechinó y crujió, poco después cayó, dejando una nube de polvo denso.

Tosió, entró a la pequeña salita y se sentó en el sofá, el cuál soltó otra nube de polvo que le volvió a provocar tos. Se oyó un ruido, leve y muy frágil, de nuevo ahora más fuerte, era un teléfono, un móvil, dentro del sofá.

Alex metió la mano entre las fisuras y sacó el teléfono, El identificador de llamadas lo clasificó como "Número desconocido" contestó la llamada y una voz de mujer le atendió.

Señor Raiburn, le solicitamos que pronto acuda al citatorio que le hemos mandado.

Alex lo colgó, se guardó el móvil en el bolsillo y empezó a buscar provisiones, encontró una bolsa con hielo y una manta, soga y bengalas. El lugar en el que se encontraba era un desastre completo. Abrió un armario, y de éste salió un esqueleto, el cuál cayó estrepitosamente hacia el suelo, Alex soltó un grito, pero era extraño, se oían dos, por lo que guardó silencio e intentó escuchar con más claridad, de pronto se oyó un grito más, y otro, y otro más, y la voz era inconfundible:

― ¡Jeff! ―gritó Alex.

Corrió hasta el campamento, atravesó el río y siguió corriendo, llegó al campamento jadeando y lo que vio lo hizo ponerse el traje (al parecer desaparecía cuando no estaba consiente).

Jeff gritaba, y con mucha razón ya que había un lobo de unos dos metros de alto con ojos rojos, gruñéndole y a punto de morderlo. El arco de Jeff estaba a unos cuantos metros de él, roto por la mitad, Nathan estaba acorralado entre dos lobos más, así que no podía hacer nada, Alex sacó una catana, la iba a lanzar hacia el lobo que gruñía a su mejor amigo, cuando de pronto uno de los lobos que acorralaban a Nathan saltó y atacó a Alex, lo rasguñó en el pecho sin causar daño alguno, e intentó morderlo, pero el chico fue más rápido, tomó la catana y cuando el lobo lanzó la mordida Alex la levantó, cerró los ojos y el peso aumentó de forma descomunal, cuando abrió sus ojos segundos después observó al monstruo echado, sin vida y con la espada atravesada en la boca, traspasándolo por completo. Los otros dos lobos seguían ahí, Nathan saco su daga con cuidado y en un ataque sorpresivo, enterró el arma entre los ojos del lobo, la sangre manchó al niño, salía disparada como una manguera, pero Nathan seguía hundiéndola hasta el fondo hasta que el animal dejó de oponerse. Jeff seguía gritando, él no llevaba ninguna protección, el lobo comenzaba a rasguñarle el pecho, la sangre salía con facilidad, si salían de esa Jeff necesitaría unos puntos bien puestos.

Alex y Nathan no podían atacar ya que, si hacían un ruido fuerte, el lobo mataría a Jeff más rápido. El chico gritaba de dolor; Alex y Nathan trazaron un plan con la mirada y, mientras Nathan distraía al lobo, Alex se lanzó de un árbol para sorprenderlo, era arriesgado, pero debían intentarlo, ya que si no funcionaba de todas formas Jeff moriría. Alex sacó la catana, el lobo se defendió con un zarpazo, golpeó al chico en la cara y cayó al césped, Nathan intentó enterrar la daga en el cuerpo de la bestia y el resultado fue el mismo.

― ¡Chicos! ―gritó Jeff al ver a sus amigos en el suelo, totalmente indefensos. Su furia y dolor se combinaban, Alex logró ver a Jeff intentando zafarse, su furia se notaba. Su amigo estaba rojo, pero dudaba que fuera pena lo que sentía en ese momento.

―Jeff, ¡No! ―alcanzó a decir Alex débilmente, aunque sabía que uno debía morir, él no quería que fuese su mejor amigo.

Jeff no lo escuchaba, volvió a cerrar los ojos y gritó. En cuanto los abrió, ya no eran marrones, se habían vuelto blancos, completamente blancos.

― ¡SUELTAME! ―gritó Jeff, y en un abrir y cerrar de ojos el lobo salió volando, Jeff gritó de nuevo y se desmayó.

Alex despertó, la fogata se había consumido por completo, Jeff estaba sentado a la sombra de un roble, afilando como lanzas unos pedazos de madera con piedra y los colocaba en forma circular, formando una barrera.




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