Corro por el bosque sin mirar atrás. No sé quién me persigue… ni quién quiere verme muerta. Ni siquiera soy la Beta aún como para tener enemigos que deseen mi cabeza. Todo esto es demasiado extraño.
¿Será que ese malnacido perro mandó a matarme por rechazarlo?
—Él no sería capaz —gruñe mi loba en mi mente.
—Sí lo sería. Ni siquiera lo conoces —respondo, apretando los dientes mientras esquivo ramas y raíces.
—¿Con qué objetivo? —replica ella.
—Porque le place matarme… después de todo, lo humillamos delante de todos.
—Él no lo haría… además, ha pasado mucho tiempo.
Sigo corriendo. Mi respiración es irregular, mis piernas arden, pero no me detengo. Necesito salir del bosque, encontrar refugio… cualquier cosa.
Miro hacia atrás. Las ramas secas crujen bajo las pisadas de aquello que me persigue… o de aquellos. No sé cuántos son, y eso solo hace que el miedo crezca.
Sin pensarlo más, libero a mi loba.
El cambio es inmediato. Mi cuerpo se transforma y, ahora en mi forma animal, corro más rápido, más libre… más peligrosa.
Cuando creo haberlos perdido, disminuyo el paso.
Error.
Solo bastan unos segundos.
De la nada, varios lobos y hombres me rodean. Sus ojos brillan en la oscuridad, acechantes. Detrás de mí… un precipicio. Y más abajo, una loma que se pierde entre sombras.
No tengo salida.
Cuatro lobos se abalanzan sobre mí.
Gruño, lucho, intento defenderme… pero en ese mismo instante, un enorme lobo aparece y me embiste con fuerza, lanzándome al vacío.
Caigo.
Rodamos cuesta abajo, golpeándonos contra piedras y tierra, hasta que mi cuerpo impacta brutalmente contra el tronco de un árbol.
El aire abandona mis pulmones.
Me levanto con dificultad, volviendo a mi forma humana, jadeante… vulnerable.
Y entonces lo veo.
—Tenías que ser tú… —murmuro, con rabia contenida.
Él se incorpora lentamente, como si nada le afectara.
—¿Y quién más podría ser? —responde con una sonrisa ladeada.
En un movimiento rápido, me toma de la cintura y me pega a su cuerpo, inmovilizándome.
—Solo yo podría salvarte… —susurra contra mi oído.
Inclina la cabeza, observándome como si ya supiera cómo terminará esto.
—¿De verdad crees que podrías rechazar a tu verdadero mate… y seguir con vida?