Los días pasaron extrañamente lentos, haciendo que la llegada del viernes tardara una eternidad.
Mi último día de la semana consistía en tres clases repartidas a lo largo de la mañana, así que a eso de las dos de la tarde ya estaba libre en el comedor disfrutando de un paquete de papas fritas. Me encontraba en la mesa que usualmente mis amigos y yo compartíamos en el almuerzo, revisaba mis anotaciones de la clase de composición para poder avanzar y llegar con algo a mi reunión con Regina para que no crea que soy el inútil del equipo. Porque no lo soy, y de eso estoy seguro, mi carrera es algo muy especial para mí y aunque parezca que no le tomo el peso suficiente en algunas ocasiones, es muy importante en mi vida. Golpeaba mi lápiz sobre la mesa con un ritmo al azar, creando una melodía alegre que acompañé con un tarareo sutil.
Levanté mi rostro mirando a todos los que se encontraban a mi alrededor, algunos comían en silencio, otros hablaban a altos decibeles. Miré en dirección de la barra, que era el lugar en donde vendían la comida para todo el alumnado. A un lado había varios refrigeradores grandes, que te daban la opción de elegir tú mismo lo que querías beber. Sin más me levanté de mi lugar caminando a un ritmo rápido revisando cual bebida escoger. Abrí una de las puertas sacando una botella de jugo de sandía, sin saber muy bien del porqué, y me quedé unos segundos viendo la etiqueta hasta que una presencia a mi lado me hizo voltear la mirada.
−Hola −Sonreí contento.
−Hola− el chico susurró mirando mis ojos por un milisegundo.
−¿Cómo has estado Mark?
− Estoy bien… gracias −el chico se quedó mirando mis manos.
−Oh Mark ¿Querías esto? −levanté el jugo de sandía.
−Si, pero está bien, tú lo tomaste primero, puedo tomar otro.
−Pero es el último de sandía, supongo que querías este− sus ojos se abrieron de gran manera, aparentemente sorprendido.
−¿Es el último? −En sus labios se formó un puchero muy tierno− bueno no importa, no era tan importante… ya… ya me voy− sin decir más y con la cabeza gacha el chico se fue a su mesa. Viendo mi oportunidad compré la bebida y a paso apresurado seguí al muchacho.
−Espera Mark, toma −Le di la bebida, viendo una expresión de asombro.
−Pero… era tuyo ¿Por qué me lo das? −Su rostro de incredulidad me producía ganas de apretar sus mejillas.
−Tómalo como un regalo de bienvenida – le sonreí feliz.
−Yo…− El chico no sabía qué hacer, por lo que sin dudarlo tomé su mano y dejé la botella en ella.
−No te preocupes ¿Si? Es un simple regalo −A lo lejos vi como Nana entraba por las puertas del lugar caminando en dirección de nuestra mesa “designada”− Ya debo irme, fue un gusto hablar contigo, espero que la próxima podamos compartir más que unas simples palabras.
−Si… claro −Me despedí con la mano comenzando a caminar −Espera…
−¿Si? −giré mi cabeza viendo el rostro acalorado de Mark.
−Gracias… −sin agregar más se fue rápido hasta donde se encontraban Adrian y Diego hablando de algo al parecer muy gracioso. Con una amplia sonrisa caminé hasta abrazar a Nathan por los hombros cargando mi peso sobre él.
−Que tal todo guapo− miré su cara de disgusto para pasar a una sonrisa coqueta.
−Todo excelente.
−Te tardaste demasiado en venir, estaba a punto de largarme a mi casa.
−¿Ibas a irte? ¿Dejarías plantada a Regina? Tu al parecer no le tienes miedo a la muerte... O respeto a tú vida.
−Pensándolo bien, estoy bien aquí esperando solo− Miré a mi amigo para soltar una gran carcajada juntos sentándonos para seguir con una tranquila charla. El tiempo con mi amigo se iba volando, pasaba tan rápido que cuando menos lo esperé, los demás chicos ya estaban junto a mi compartiendo anécdotas y chistes. Los cinco nos servimos una comida rápida y luego de terminar Stefan y Eliot se retiraron porque aún tenían asuntos pendientes. Chen se fue a su casa porque sus clases habían acabado y Nathan, aun cuando no tenía nada más que hacer en la universidad, decidió quedarse junto a mí a esperar la hora en la que tenía que juntarme con Regina.
Cuando el reloj marcó las cuatro treinta en punto, nos levantamos de la mesa para caminar hasta el estacionamiento en donde estaba el auto de Nathan, al llegar me despedí de mi amigo para luego encaminarme a la biblioteca. Al llegar miré mi reloj y aún quedaban 12 minutos para la hora acordada, así que sin más me recosté en una de las paredes posteriores del gran lugar.
−Aaron, llegaste puntual, antes de la hora incluso, me sorprendes – A mi lado la voz de Regina resonó.
−Regina, siempre es un gusto verte −La china se rio por mi comentario− André ¿Cómo has estado?− pregunté al chico alto que acompañaba a mi pareja de proyecto.
−Muy bien, ¿tú?
−Excelente como siempre – Nos reímos.
−Ya puedes irte, gracias por acompañarme hasta aquí− Regina se levantó en la punta de sus pies para besar los labios de su novio.
−No es nada cielo, nos vemos en casa, te amo− André acarició la mejilla de la más baja.
−Te amo, adiós −Regina movió su mano para luego entrar a la biblioteca.