Algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo violento.

CAPÍTULO 2: ¿Por qué a mí? (3)

CAPÍTULO 2: ¿Por qué a mí?

PARTE 3 de 3

Comenzaba a anochecer y Emily entraba al despacho de su padre situado en el último piso de una de las sedes del “Imperial Leonor”.

— Ya estoy aquí. —Avisó la joven al entrar por la puerta.

— Habíamos quedado hace una hora. —Le recordó su padre tras finalizar la conversación por teléfono.

— Tenía que quitarme ese uniforme tan feo.

— No estás en esa universidad tan prestigiosa para enseñar tus atuendos, sino para que te conviertas en una persona de provecho. —Replicó Alfred levantándose del sillón de cuero caminando hacía su hija.

— A ti te da igual lo que haga.

—¿Me da igual? ¿Piensas que desconozco el escándalo que montó uno de tus tantos chaperos? Lo único que te pido es que no manches el buen nombre de nuestra familia. Cuando empezaste a salir con Andrés tuve la leve esperanza de que habías sentado la cabeza. —Mencionó Alfred delante de su hija llevándose la mano a la cara irritado—. Pero tu irresponsabilidad ganó a tu sentido común haciendo que perdieras al único chico aceptable que ha pasado por tu vida.

— Parece que solo me haces caso cuando creo escándalos. Puede que me toque incendiar las revistas con chismes míos para que mi padre tenga en cuenta que además del trabajo tiene una hija.

Emily era una chica de gran atractivo. Con unas piernas longitudinales, un cuerpo fino pero serpenteante junto a unos profundos ojos negros y un cabello oscuro con puntas azuladas, la joven llamaba la atención de los hombres. No obstante, la única atención que más anhelaba, la de su padre, no la conseguía. Después de que sus padres se separaran, su padre se volcó completamente sobre su trabajo dejando, a desconocimiento de él, a su hija relegada a un tercer plano.

— La vida no se compone solo de ti, Emily. Si vives de forma tan agraciada es por mi trabajo. —Le respondió Alfred cruzándose de brazos.

— Me gustaría saber cómo reaccionaría la gente, si la heredera de la cadena hotelera Leonor, con solo diecinueve años se quedara embarazada… ese chisme serviría para tener tu atención por semanas. —Expuso con una sonrisa maliciosa mirando a su padre y recibiendo ésta como respuesta una bofetada.

— Preparadme el coche. —Comunicó Alfred después de mirar con decepción a su hija y tocar el interfono sobre su mesa.

Y sin dirigirle la mirada, el padre de Emily se colocó la chaqueta para comenzar a caminar hacía la salida, pero antes deteniéndose justo al lado de su hija.

— No has madurado nada, que desengaño. —Le comunicó para después continuar su camino dejando sola a Emily con las lágrimas brotando sobre sus ojos y sujetándose el moflete encendido por el bofetón propinado por su padre.

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Mientras tanto, Mike llegaba a su casa y, a diferencia de otros días, la luz de la oficina de Charles estaba encendida.

— Hola, papá.

— Hola, Mike. ¿Qué tal en clase? —consultó Charles sin apartar la vista de los documentos sobre sus manos.

— Nada nuevo.

— Tienes la cena en el microondas. —Le informó sin mirar a su hijo.

— Gracias. —Respondió Mike tornando la puerta del despacho para dirigirse a su habitación, dejar caer la mochila y desplomarse sobre la cama.

A Mike no le molestaba del todo la actitud de su padre hacía él. Después de la muerte de su madre, Charles, al igual que Alfred, se enfocó en su trabajo y dentro de lo que cabía; intentaba prestar la suficiente atención a su hijo, pero no de las formas más apropiadas.

«Las cosas en vez de arreglarse, se han complicado más» pensó Mike mirando al techo de su habitación recordando la conversación que mantuvo con Diana. «¿Por qué todo me pasa a mí?»

Y conforme pasaban por su mente todos los recuerdos con Diana, su cerebro se detuvo en una imagen concreta, en ese collar que trajo su “creativo” hermano.

— Esa forma… me parece haberla visto en algún lugar.

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La luz de las calles alumbra con fuerza los rincones de la gran ciudad. Todos los focos del lujoso apartamento de Andrés permanecían apagados a excepción de los del baño principal y los de su habitación.

El joven, como la mayoría de las noches, se preparaba para salir de fiesta. Pasando por el vestidor para arreglarse y entrando a su habitación para darse los últimos toques. Se detuvo delante de una de las cómodas para, con delicadeza, coger el pendiente que se encontraba junto a una foto de él cuando era pequeño acompañado de una niña de tez oscura de su misma edad. Antes de colgarse el pendiente rojo, con forma de lágrima curva de jade, lo miró con cariño saliéndole una dulce sonrisa; para seguidamente coger la chaqueta colgada sobre una de las sillas de la estancia y salir de su casa.




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