Algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo violento.

CAPÍTULO 3: Sopa de sentimientos (1)

CAPÍTULO 3: Sopa de sentimientos

PARTE 1 de 5

— Negra, lárgate de nuestro pueblo. —Le recriminó un niño de unos nueve años a una Diana de la misma edad estirándola del pelo.

— No queremos gente como tú aquí. —Gritó el compañero del niño que molestaba a Diana.

—¡Mi abuelo nació aquí, tengo el mismo derecho que vosotros! —respondió ella intentando quitárselo de encima.

— Como no atiendes a las buenas, tendremos que obligarte a ti y a tu madre. —Le amenazó estirando con más fuerza de su cabello.

—¡Suéltame! —Chilló de dolor cerrando los ojos cuando la angustia desapareció de golpe.

Al abrir los ojos, vio que el niño que la sujetaba del pelo se encontraba tendido en el suelo agarrándose un lado de la cara con lágrimas en los ojos.

— No volváis a ponerle la mano encima. —Un tercer niño, que se puso entre Diana y ellos, les llamó la atención.

Cuando el que observaba a su compañero abusar de Diana se lanzó sobre el protector de Diana para darle un puñetazo, éste se agachó esquivándolo para, desde abajo, golpearle una patada en dirección a la barbilla cayendo directo al suelo.

— Pero ¿qué haces? ¿No sabes quién es? Pertenece a los Lambard. ¿Quieres que te maten? —agarró el niño, a su compañero, antes de que volviera a ir a por él—. Mejor vámonos de aquí.

—¿Estás bien? —le preguntó Diana al niño que la salvó levantándose del suelo.

— Sí.

—¡Te sangra el labio! ¡Y eso no es de ahora! —le gritó la joven acercándose a su amigo.

— No es nada.

— Por muy bien que se te de pelear, no siempre es el mejor camino.

—¿En qué película has escuchado eso?

—¿Película? Ninguna, es mío. —le respondió avergonzada porque la había pillado—. Lo que quiero decir es que no me gusta verte pelear y me gustaría que me prometieras que, a no ser que sea completamente necesario, no levantarás tu puño.

— No es tan fácil.

— Prométemelo. —Levantando el meñique, se aproximó todavía más a él.

— De acuerdo. —Después de un gran suspiro, esquivando la mirada de Diana, confirmó el juramento su amigo; cuando de golpe sintió el cuerpo de su compañera sobre él; envolviéndolo con los brazos hasta caer los dos sobre el terreno.

— Por fin tienes vacaciones. Te he echado mucho de menos.

— Y yo a ti, Diana.

Cuando un sonido repetitivo y varios destellos despertaron a Diana del sueño profundo, vio a su hermano con cámara en mano.

—¿Se puede saber qué haces? —le interrogó la joven de melena azabache abriendo un ojo.

— Me has pillado.

—¿Otra vez sacándome fotos mientras duermo?

— Culpable. Es que eres muy bonita, hermana. —Se aproximó a ella Zedd para enseñarle las fotos que había tomado—. No entiendo por qué no te has hecho modelo.

— Hermanito, aparte de belleza se necesita altura, cosa de la que carezco.

— No solo existen las modelos de pasarelas también puedes ser de fotografía. Algún día me convertiré en modelo y seré conocido mundialmente así, con lo que gane, os podré comprar todo lo que queráis a ti y a mamá.

— Eso si llegas al metro ochenta mínimamente, aunque con la genética de mamá…—se detuvo a mitad de frase al ver los ojos cristalinos de su hermano—. Era broma, era broma. Seguro que lo conseguirás.

Terminó animando a su hermano cuando los profundos y oscuros ojos de Diana se le llenaron de lágrimas. Cuando Zedd la vio supo, tristemente, el motivo de su angustia.

—¿Has vuelto a soñar con ese chico?

— Sí. ¿Cómo lo sabes? —le preguntó limpiándose las lágrimas.

— Siempre que sueñas con ese chico, te despiertas triste.

— El accidente me hizo olvidar cosas importantes. —Le respondió ella después de un largo silencio con la mirada sobre el vacío—. Cada vez que sueño con él siento que me duele el corazón.

— Si no nos hubiéramos mudado a la ciudad después de eso, habría posibilidades de que ese chico te reconociera.

— No lo sé. Han pasado muchos años desde entonces.

— Por cierto, el chico del otro día. Ese que parecía un fantasma con el pelo en la cara. —Le indicó Zedd haciendo gestos con las manos después de sentarse junto a su hermana en la cama—. ¿No era el chico del que nos hablabas tanto?

— Sí, era él.

—¿Por fin sois amigos? Dice mamá que desde que llegamos nunca has hablado de chicos hasta que lo conociste. Ella piensa que te gusta y sinceramente… yo también lo pienso. Aunque sé que puedes encontrar un mejor partido porque ahora que lo conozco, no sé, hermanita… es un poco rarito.

— No te preocupes. Por mucho que quisiera algo con él, jamás tendría posibilidades a no ser que fuera un chico.

—¿Un chico?

— Sí, un chico.

—¿ES GAY?

—¿Por qué gritas? —le tapó la boca Diana con nerviosismo.




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