Algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo violento.

CAPÍTULO 3: Sopa de sentimientos (4)

CAPÍTULO 3: Sopa de sentimientos

PARTE 4 de 5

Pasados varios minutos el grupo se volvió a reunir en la mesa.

—¿Ha sido divertido? —les preguntó Mike levantándose del asiento.

— Y tanto, qué pena que te lo hayas perdido. —Le respondió eufórico, Oscar.

—¿Cuánto hace que os conocéis? — trató de indagar Anna al ver la afinidad de los amigos de Andrés con Micaela—. Parecéis muy cercanos.

— Quiero decir, hablaba con Andrés. Que es una pena que se lo haya perdido. —Rectificó Oscar rascándose la cara.

— Sí, sí. Ya será la próxima. —Añadió Andrés golpeando la espalda de su compañero con una sonrisa extremadamente amplia, pero forzada.

—¿Dónde queréis ir ahora? —les consultó Anna.

— Yo tengo una idea. —Levantó la mano Emily.

Momentos más tarde, toda la banda se había detenido delante de un puesto dónde, con una escopeta, se debía conseguir tirar todas las bolas colocadas en dos columnas. Tanto Emily como Anna que jugaron varias veces, juntas, solo consiguieron darles a tres de ellas, rindiéndose en el tercer intento.

— Si ya lo dicen que en manos de mujeres adineradas un arma es inservible. —Mencionó Johnny con media sonrisa.

— Más bien en las chicas en general. —Reformuló la frase Oscar dándoselas de entendido.

—¿Pensáis que lo haréis mucho mejor que nosotras? —los miró con inquina, Emily.

—Jaaa, quédate ahí y observa. —Pasó Oscar justo al lado de Emily colocándole una mano en el hombro complacientemente mientras se dirigía a coger la escopeta seguido de Johnny por detrás.

Después de varios intentos, tanto Johnny como Oscar, solo consiguieron derribar la mitad de las filas para vergüenza de ellos. Con la mirada baja se acercaron a sus compañeros que los recibieron con abucheos y bromas.

—¿Qué decías exactamente de las mujeres? ¿Me lo podéis repetir, agentes 007? —les preguntó Anna con un tono burlón.

—Déjalos, uno solo sabe usar el arma de su entrepierna y al otro le falla la vista, aunque lo compensa con una buena retórica que luego en la realidad deja mucho que desear. —Se mofó de ellos, Emily—. Aunque en serio, es una pena. Tenía muchas ganas de tener ese muñeco.

—¿Tanto te gusta? —le consultó Diana viendo a Emily que confirmaba con la cabeza su respuesta.

— Cuando era pequeña mis padres y yo solíamos venir los fines de semana. Mi padre disparaba conmigo solo para conseguir un muñeco parecido. Al final lo conseguimos, pero lo perdí…—le dijo su amiga mirando al gran oso.

Diana conocía a la perfección a Emily y aunque exteriormente pareciera una chica caprichosa, sin consideración hacia la gente, solo era una niña con falta de amor.

Principalmente, el tema de sus padres, para ella era verdaderamente espinoso y si se empeñaba en un objeto tan simple como ese, pudiendo obtener cualquiera, sabía que debía de ser muy importante para su amiga.

Con cuidado de no ser descubierta, Diana se introdujo la mano en uno de los bolsillos para comprobar cuánto dinero tenía.

— No me queda mucho dinero. Pero por esta vez no pasa nada. —Se dijo a sí misma justo antes de salir disparada en dirección a la parada—. ¿Cuántas bolas necesito tirar para conseguir ese muñeco?

— Tres columnas, eso serían unas veinticuatro bolas. —Le respondió el feriante.

— Deme veinticuatro balines, entonces. —Dejó Diana el dinero sobre la barra.

— Vas demasiado segura. —Le advirtió Oscar con intención de picarla.

Sin embargo, Diana ya estaba sumergida, completamente centrada en su objetivo.

— No me distraigáis. —Le respondió la joven sin mirarlos, sacándose la chaqueta y recogiéndose el cabello.

El aura que desprendía Diana era tan fuerte que se podía palpar la tensión con la mano. Sus compañeros estaban tan intrigados que no eran ni capaces de pronunciar ni una sola palabra.

Y como si fuera grabado a cámara lenta, sus amigos vieron como Diana cogía un balín, cargaba la escopeta con seguridad y disparaba directo al blanco. Veinticuatro balines, veinticuatro aciertos. Uno detrás de otro, sin dudar, sin inmutarse… Pareciera que les hubieran cambiado de Diana en algún momento del día.

Al terminar, se desató el cabello, volvió a colocarse la chaqueta como si nada y recibiendo el gran oso de mano del feriante, se dirigió a Emily con una enorme sonrisa.

— Aquí tienes.

— Gracias Diana, eres la mejor amiga que he tenido. —Le agradeció Emily llanzándose encima de su compañera de su compañera mientras Anna, aunque intentaba ocultar la expresión, las miraba con rabia.

En tanto, los chicos, que estaban colocados en fila uno al lado del otro, estaban boquiabiertos.

— ¿Soy el único al que le ha puesto super cachondo? —les preguntó Johnny cuando todos, incluso Mike disfrazado de Micaela, le respondieron al unísono negando con la cabeza.

— ¿Ahora dónde vamos? —expuso Oscar a todos, cuando escucharon el chirrido de un vagón raspando los raíles.




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