Algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo violento.

CAPÍTULO 3: Sopa de sentimientos (5)

CAPÍTULO 3: Sopa de sentimientos

PARTE 5 de 5

— Relaja el cuerpo y deja que yo te guíe. —Le comunicó Mike llevando las manos, después de colocarla en buena posición, a las suyas para lanzar con ella la pelota de básquet y encestando limpiamente.

Todos los tiros siguientes, más relajada y con la vergüenza de tener a Mike tan cerca controlando, fueron metidos con una facilidad abrumadora.

— Cuando mi padre se entere de que tiene que pagar el viaje de todos vosotros va a matarme. —Se lamentó Oscar por haber perdido llevándose las manos a la cara.

—¿Así que todo era cuestión de números? —se jactó Johnny con expresión pícara.

— Y de tener coordinación en el cuerpo. —Prosiguió Anna.

— O no tener dos manos izquierdas. —Añadió Emily con las manos en las caderas riéndose.

—¿Quién diría que Micaela y Diana sacarían la mejor puntuación? —preguntó sorprendido Andrés mientras los dos mencionados se miraban chocándose las manos en señal de victoria.

—¿Ahora dónde vamos? —les consultó a todos Adrián cogiendo de la cintura a Emily que se sintió incómoda al estar frente a Andrés.

— A ver los delfines. —Respondió Emily alejándose sutilmente de Adrián.

—¿Delfines? —Repitió Andrés.

— Sí. Hay una especie de piscina abierta donde hay delfines y los puedes ver. —Les informó con una sonrisa de par en par seguida por el mismo gesto del resto de mujeres del grupo, a las que se les iluminó la cara al escuchar la descripción de su amiga.

— Pues vamos a ver a los delfines. —Les indicó a todos Johnny llevando la delantera.

Rumbo a la piscina, cada uno caminaba a su ritmo; Emily, Diana y Adrián iban los primeros; Anna, que miraba con expresión molesta a sus amigas, iba detrás acompañada de Oscar y Johnny, que conversaban entre ellos; y finalmente, Andrés y Mike cerraban la fila.

— Veo que cada vez eres más cercano a ella. —Le comunicó Andrés mirando a Diana.

—¿Sabes? Me he dado cuenta de que todos estos años solo me gustaba una imagen superficial de ella. —Le respondió Mike después de afirmar con la cabeza—. Pero ahora que empiezo a conocerla… creo que lo que siento es mucho mayor, cada pequeño gesto, cada pequeño acto, por muy extraño que parezca, me encanta y hace que mi corazón se acelere como nunca me he sentido antes.

— Estás hecho todo un romántico. Lo agarró por la cabeza rascándosela con cuidado de no despeinarlo para después soltarle y quedarse por unos segundos en silencio mirándolo—. Mike… gracias por aguantar todos mis caprichos.

— Tú también tienes que aguantar los míos. Por algo somos amigos ¿no?

— Cuando llegue el momento, no dudes en confesarte. Parece una chica interesante.

Conforme escuchaba el consejo de su amigo, Mike miraba desde la distancia a Diana. Él no se había dado cuenta de que una sonrisa asomaba de su cara cada vez que hablaba, pensaba y estaba con ella. Mientras la observaba se percató de que Diana no caminaba bien pero cuando quiso acercarse a ella ya habían llegado al destino.

Quince minutos pasaron entre risas, comentarios curiosos sobre los delfines y algún que otro chascarrillo observando de pie, al lado de la piscina, a esos magníficos mamíferos que todo el mundo amaba por diferentes motivos. Comenzaba a atardecer y la hora de cierre se aproximaba.

— Bueno… es una pena. Pero ¿no va siendo hora de que nos vayamos? —les comunicó Oscar.

— Podríamos ir a tomar algo antes de ir…—sugirió Diana llevándose inconscientemente la mano sobre el bulto que solía generar el collar que siempre llevaba escondido debajo de la ropa, sin embargo, esta vez no lo encontró—. ¿Dónde está? ¿Mi collar? ¿Dónde está mi collar?

— Cálmate, Diana. —Intentó Emily relajar a su amiga.

— Sabes que ese collar es muy importante para mí.

—¿Es este? —le mostró Anna después de sonreír maliciosamente y sacarse el collar del bolso—. Se te cayó cuando bajábamos de la montaña rusa. Pensé en dártelo, pero luego se me olvidó.

— Sí, es ese.

Respondió Diana con una gran sonrisa y con los ojos como platos de Andrés al ver el adorno de la gargantilla. Cuando la joven se disponía a cogerlo, Anna estornudó con fuerza soltando el collar y cayéndose dentro de la enorme piscina.

— Ostras, lo siento muchísimo, Diana. —Se disculpó poniendo una expresión afligida con su dulce rostro.

No obstante, nadie se esperaba la reacción que tendría la joven de piel de ébano, que segundos después se lanzó a la piscina determinada a coger su cadena.

Tras el accidente que tuvo de niña, el único objeto que le permitió recordar pequeños fragmentos de su pasado fue esa “lágrima” por la que, sin saber el motivo, su corazón se oprimía si se alejaba de ella. Su madre le dijo que ese collar fue un suvenir conformado por dos partes que regaló al niño que todos los años iba a veranear a Gers, pese a ello, el verano en el que no fue al pueblo, ese mismo invierno, Diana tuvo el accidente.

Para ella, ese collar, ese objeto, era como un talismán que la mantenía vinculada a su pasado perdido. Por lo que no era capaz de verse sin él, de ninguna de las formas.




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