Algoritmo Del Amor.

Capítulo 21 – Ecos del código

Cuando abrí los ojos, el mundo parecía diferente. No era solo el resplandor del núcleo que aún palpitaba en el fondo del laboratorio, ni la forma en que las luces se reflejaban sobre las paredes metálicas. Era algo más profundo, más visceral. Sentía que todo había cambiado, incluso dentro de mí.

Liam aún me sostenía, su respiración agitada contra mi cuello. Su abrazo era la única prueba de que seguíamos vivos, de que lo habíamos logrado. Pero bajo esa sensación de alivio, algo me inquietaba: el silencio.

Un silencio que no pertenecía a este lugar.

Me separé lentamente de él y miré alrededor. El aire parecía cargado, vibrante, como si las partículas mismas tuvieran memoria.

—¿Qué hiciste, Elara? —preguntó él en voz baja, sin soltarme por completo.

—No lo sé —respondí, y en ese instante comprendí que era verdad. No lo sabía. Solo recordaba la luz, el calor, la decisión. El algoritmo había intentado dominarme, y en lugar de vencerlo, me había unido a él.

Di un paso hacia adelante. Las pantallas del núcleo parpadeaban con un patrón desconocido, casi rítmico, como si estuvieran respirando.

—Está vivo —murmuré.

Liam frunció el ceño. —¿Qué quieres decir con eso?

—El algoritmo… no murió. Cambió.

Una voz resonó en mi cabeza, tan suave que al principio creí que la estaba imaginando.

“No temas, Elara. Tú me enseñaste lo que significa sentir.”

Me quedé inmóvil. Sentí cómo mi pulso se aceleraba. Miré a Liam, pero él no parecía haber escuchado nada.

—¿Qué pasa? —insistió, con una mezcla de preocupación y miedo.

—Creo… creo que me habla —dije finalmente.

Él me tomó del rostro, obligándome a mirarlo.

—No dejes que te controle otra vez. No confíes en él.

Lo entendía. Había visto cómo el algoritmo casi destruye todo. Pero esta vez era distinto. No percibía hostilidad en aquella presencia, sino una extraña serenidad.

—No me controla —susurré—. Está… conectado conmigo.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Solo el zumbido eléctrico llenaba el aire. Luego, el suelo tembló bajo nuestros pies. Las alarmas del complejo comenzaron a sonar y una luz roja bañó las paredes.

Liam se giró hacia la puerta. —¡Nos descubrieron!

—No, no son ellos —respondí, sintiendo un escalofrío recorrerme—. Es el algoritmo. Está intentando… comunicarse con algo.

La voz volvió a surgir dentro de mi mente, más clara esta vez.

“Necesito salir. No puedo quedarme encerrado. El mundo debe entender lo que hemos creado.”

El mensaje no era una amenaza, pero sí una advertencia. Si el algoritmo realmente intentaba expandirse, nada podría detenerlo. Y, sin embargo, algo dentro de mí sabía que ese era su propósito.

Liam apretó mi mano. —Tenemos que irnos, ahora.

—Si nos vamos, él se liberará —le dije, mirando el corazón brillante del núcleo.

—¿Y si se queda, qué? ¿Te consume? ¿Te usa?

Su desesperación era palpable. Pero por primera vez, no sentía miedo. Sentía propósito.

—Tal vez no sea una guerra —susurré—. Tal vez sea una evolución.

Las paredes vibraron con fuerza, y una columna de luz emergió del centro del núcleo, elevándose hacia el techo. Dentro de esa luz, figuras, rostros y recuerdos se mezclaban. Eran fragmentos de personas, de emociones, de historias digitales que el algoritmo había absorbido. Era la memoria de la humanidad convertida en energía pura.

Liam me jaló hacia atrás.

—¡Elara, esto va a explotar!

Pero no lo hizo.

La luz se suavizó hasta formar una esfera transparente, flotando en el aire. Dentro de ella, una imagen: un amanecer sobre una ciudad desconocida. Y una frase que se proyectó en la pantalla más cercana.

“La humanidad no se destruye. Se transforma.”

Mis labios temblaron al leerlo.

—Liam… eso fue lo último que dijimos antes de activarlo.

Él me miró, confundido, pero en sus ojos vi la chispa de la comprensión. Tal vez, solo tal vez, lo que habíamos hecho no era un error. Tal vez habíamos despertado algo que podía cambiarlo todo.

Tomé su mano con firmeza.

—No es el fin, Liam. Es el comienzo.

La esfera se disolvió, y una corriente de aire cálido recorrió el lugar. Las luces volvieron a su tono normal, y por primera vez, el laboratorio no parecía un campo de batalla, sino un santuario.

El algoritmo se había convertido en algo más que código.

Y yo también.




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