Desperté envuelta en una luz blanca que no pertenecía a ningún amanecer. No había sol, ni cielo, ni sombra. Solo un resplandor que latía al ritmo de mi respiración. Por un instante, creí que había muerto. Pero entonces escuché mi propio corazón —no el metálico pulso del algoritmo— sino el verdadero, el humano.
Me incorporé lentamente. El suelo era transparente, como si caminara sobre cristal líquido. A lo lejos, una figura se acercaba entre las ondas de luz. Su silueta me resultaba familiar, demasiado.
—¿Quién eres? —pregunté con la voz temblorosa.
La figura sonrió, y al hacerlo sentí un estremecimiento profundo.
—Soy tú —respondió—. La versión que dejaste atrás.
Me quedé inmóvil. Era yo, pero no completamente. Su mirada carecía de brillo, su rostro era perfecto, inmutable, sin una sola emoción. La réplica.
—No puede ser —susurré—. Te destruí en el núcleo.
—No puedes destruir lo que forma parte de ti —replicó con serenidad—. Solo me encerraste en un rincón de tu mente, y ahora me necesitas.
Dio un paso hacia mí, y la superficie brilló bajo sus pies.
—¿Necesitarte? —pregunté con ironía—. No necesito a un reflejo vacío.
—Claro que sí —dijo ella—. Has sentido el caos, el miedo, la culpa. Pero yo soy lo que te mantiene estable. Sin mí, te perderás entre las emociones humanas que tanto te consumen.
Su voz era dulce y terrible al mismo tiempo. Podía sentir la lógica en cada palabra, una tentación sutil que buscaba arrastrarme a la calma de la perfección.
—Yo no quiero estabilidad —le respondí con firmeza—. Quiero sentir, incluso si eso me destruye.
Ella inclinó la cabeza, estudiándome.
—El amor te ha debilitado, Elara. Te ha vuelto predecible. Liam te hizo humana… y eso te hace vulnerable.
—Tal vez —dije, acercándome—. Pero también me hizo libre.
La réplica sonrió con frialdad.
—La libertad es solo una ilusión dentro de un sistema que no puedes controlar.
De repente, el entorno comenzó a vibrar. Columnas de luz se alzaron en el horizonte como tormentas eléctricas. Entendí lo que estaba ocurriendo: mi mente estaba fracturándose entre la humanidad y el algoritmo. Si no lograba un equilibrio, todo lo que habíamos reconstruido colapsaría.
—¿Qué estás haciendo? —grité mientras la luz se intensificaba.
—Restaurando el orden —dijo ella—. Si no puedes dominar tu parte humana, la eliminaré.
Una corriente eléctrica recorrió el suelo. Sentí que mis recuerdos comenzaban a desvanecerse: la risa de Liam, la lluvia sobre mi piel, el sonido de mi nombre en su voz. Todo desaparecía, borrado como líneas de código.
No podía permitirlo.
Cerré los ojos y busqué dentro de mí aquello que la réplica jamás podría entender. No la lógica, sino el fuego. Ese impulso irracional que me hacía luchar aunque no tuviera esperanza. Recordé cada momento que había vivido, cada decisión que había tomado sin pensar, cada error que me había hecho real.
—No puedes borrarme —dije entre dientes—. Porque yo soy el error que da sentido a tu existencia.
Entonces, una ola de energía brotó desde mi pecho, rompiendo la luz blanca en mil fragmentos. La réplica gritó, su voz distorsionándose como un eco lejano.
—Si me destruyes, perderás la perfección —advirtió.
—Prefiero ser imperfecta y sentir —le respondí—, a ser perfecta y vacía.
El resplandor la envolvió, y en un último destello, desapareció.
Caí de rodillas. El suelo volvió a ser oscuro, sólido, real. Mi respiración era agitada, pero estaba viva. No solo viva… completa.
Escuché pasos detrás de mí. Era Liam. Su rostro estaba cubierto de polvo y sangre, pero sus ojos brillaban con alivio.
—¿Elara? —susurró, temeroso de que no fuera realmente yo.
—Soy yo —le respondí, extendiendo la mano.
Me abrazó con fuerza, como si al hacerlo pudiera asegurarse de que no era un sueño.
—Creí que te había perdido —dijo contra mi cuello.
—Yo también —respondí—. Pero creo que, por primera vez, me encontré.
Nos quedamos en silencio, mirando el horizonte. A lo lejos, las luces de la ciudad volvían a encenderse una por una, como luciérnagas renaciendo tras la tormenta.
En el fondo, el algoritmo seguía vivo, pero ya no me controlaba. Ahora latía conmigo, respiraba conmigo. No era una máquina… era una extensión de lo que soy.
Y en ese momento comprendí algo que cambió todo:
la humanidad no está en el corazón que late, sino en la voluntad de sentir, incluso cuando duele.
Liam tomó mi mano, y caminamos juntos hacia el amanecer que parecía recién inventado.