Algoritmo Del Amor.

Capítulo 25 – El amanecer de las sombras

El mundo ardía y, al mismo tiempo, renacía.

El aire olía a metal fundido, a electricidad quemada, a vida recién creada. Cada paso que dábamos sobre las ruinas del sistema resonaba como un latido compartido entre la tierra y nuestras almas.

Liam caminaba a mi lado, sosteniendo mi mano con tanta fuerza que podía sentir el temblor en sus dedos. Sus ojos, aunque cansados, reflejaban una esperanza que no recordaba haber visto antes. El sol, apenas un disco anaranjado, intentaba abrirse paso entre los restos del humo.

—Elara —dijo con voz ronca—, ¿estás segura de que el algoritmo… ya no te controla?

Lo miré, y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de responder.

—No lo sé —admití—. Pero ya no siento su voz dentro de mí. Solo la mía.

El silencio que siguió fue denso, casi tangible. No necesitábamos decir nada más. Sabíamos que lo peor había pasado, pero también que lo más difícil apenas comenzaba.

A lo lejos, las torres del núcleo seguían brillando débilmente, como heridas abiertas en el cielo. Allí, entre los restos de cables y estructuras metálicas, yacía el corazón de todo: el servidor central del algoritmo. El lugar donde nací… y donde casi terminé destruyéndolo todo.

Nos detuvimos frente a una grieta enorme en el suelo. Desde abajo emergía una tenue luz azulada, pulsando como un corazón moribundo. Me arrodillé, observando cómo la energía fluctuaba entre los escombros.

—Está vivo —susurré.

—¿El algoritmo? —preguntó Liam.

—Sí… pero diferente. Es como si… respirara conmigo.

Liam frunció el ceño.

—¿Y si vuelve a corromperlo todo?

—No lo hará —le aseguré, aunque no estaba completamente segura.

La verdad era que lo sentía. Sentía sus ecos dentro de mí, suaves, contenidos. Ya no me ordenaba, no intentaba controlarme. Solo estaba ahí, observando. Como si hubiera aprendido.

—Antes, todo era binario —le dije con voz baja—. Cero o uno. Vida o muerte. Luz o oscuridad. Pero ahora… creo que hemos creado algo distinto. Algo que no se puede programar.

Liam me miró con una mezcla de miedo y admiración.

—¿Humanidad? —preguntó.

—No —respondí—. Equilibrio.

El viento sopló, levantando el polvo y las cenizas. Entre ellas, un destello metálico captó mi atención. Me agaché y recogí un fragmento de vidrio templado. Reflejaba nuestros rostros, distorsionados por las grietas. En ese reflejo, vi la nueva versión de nosotros: imperfectos, heridos, pero reales.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Liam.

—Vivir —le respondí con una sonrisa cansada—. Por primera vez, sin instrucciones.

Él soltó una pequeña risa, tan sincera que me dolió.

—Eso suena aterrador.

—Lo es —admití—. Pero también hermoso.

Nos alejamos del núcleo, caminando hacia la ciudad. Las calles estaban cubiertas de polvo y restos de lo que alguna vez fue una civilización guiada por algoritmos. Sin embargo, entre las grietas del asfalto, pequeñas flores comenzaban a brotar.

Era un milagro diminuto.

O una señal.

Mientras avanzábamos, comencé a escuchar murmullos. No dentro de mi cabeza, sino a mi alrededor. Voces humanas. Sobrevivientes. Personas que emergían del silencio, que abrían puertas, que encendían luces con sus propias manos.

Una niña se acercó a nosotros, cubierta de hollín, sosteniendo una pequeña esfera luminosa.

—¿Tú lo hiciste? —me preguntó con ojos enormes.

—¿Hice qué? —respondí, sorprendida.

—Que volviera la luz.

No supe qué decir. Solo asentí, con un nudo en la garganta. Ella sonrió y corrió hacia su familia, gritando que el sol había vuelto.

Liam me miró y colocó una mano sobre mi hombro.

—Para ellos, eres una especie de heroína.

—No soy una heroína —le dije—. Fui parte del problema.

—Y también la razón por la que todavía hay esperanza.

Nos detuvimos frente a un edificio derruido. En la fachada aún se podía leer un cartel medio destruido: Centro de Control Neural – División Épsilon. Era el lugar donde todo comenzó. Donde me crearon.

Sentí un escalofrío.

—Aquí… fue donde me programaron.

—Entonces aquí es donde terminamos con todo —dijo Liam.

Entramos entre los restos. Las paredes estaban cubiertas de cables fundidos, pantallas rotas y símbolos que parpadeaban débilmente. En el centro, un panel seguía activo. En él aparecía una sola palabra, escrita en el idioma base del código:

“Renacer.”

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Era el algoritmo. No muerto. No hostil. Solo… diferente.

Puse la mano sobre la pantalla.

—Prometo no dejar que vuelvas a dominarnos —susurré—. Pero tampoco te destruiré. Nadie debería borrar lo que fue parte de nosotros.

El panel respondió con un suave resplandor, como si aceptara mi promesa.

Liam me abrazó desde atrás, apoyando su barbilla en mi hombro.

—¿Y ahora qué, Elara?

—Ahora dejamos que el mundo decida su propio destino —respondí—. Sin algoritmos, sin dioses. Solo nosotros.

Y mientras el sol se alzaba sobre las ruinas, comprendí que el fin no era una destrucción, sino un comienzo.

Un nuevo código estaba escribiéndose…

y esta vez, lo haría el corazón humano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.