Algoritmo Del Amor.

Capítulo 28 – Cuando la luz se apaga

El silencio después del caos tiene un peso insoportable.

No es paz. No es alivio. Es la ausencia de todo.

Cuando abrí los ojos, el mundo ya no rugía. El aire olía a ozono, a metal quemado, y en medio de aquel silencio, el único sonido que me mantenía cuerdo era mi propia respiración. A unos metros, entre los restos del laboratorio, yacía Elara.

Por un instante, el miedo me paralizó.

Temí que no respirara.

Temí que el precio de todo lo que habíamos hecho fuera su vida.

Corrí hacia ella, esquivando cables fundidos y trozos de cristal. Su cuerpo estaba cubierto por una tenue capa de polvo metálico, y un débil resplandor azul se escapaba de la pulsera neural en su muñeca. Me arrodillé a su lado, presionando mis dedos sobre su cuello.

Latía.

Débil, pero latía.

—Elara… —susurré, sacudiéndola suavemente—. Vamos, no te atrevas a dejarme ahora.

Sus párpados se movieron apenas, como si su mente estuviera atrapada en algún lugar al que yo no podía llegar. Intenté revisar los monitores del sistema, pero todos estaban muertos. No había datos, ni lecturas, ni rastros del algoritmo. Solo silencio.

El núcleo sombra había desaparecido.

¿O quizás no del todo?

Me levanté con dificultad y observé el cielo a través del agujero en el techo. La grieta oscura que antes lo cruzaba ya no estaba. En su lugar, una aurora pálida se extendía sobre la ciudad. Era hermosa… y aterradora.

Porque no sabía si era señal de esperanza o de un nuevo error.

Volví a su lado. Le aparté un mechón de cabello del rostro.

—Lo lograste —murmuré—. Pero no sé qué fue lo que hiciste exactamente.

Elara siempre fue caos y fuego, un misterio que el algoritmo nunca pudo decodificar. Y quizás por eso sobrevivió: porque no se puede calcular lo impredecible.

La tomé entre mis brazos, decidido a sacarla de allí.

El ascensor no funcionaba, así que subí las escaleras cargándola, paso a paso, sintiendo el peso de su cuerpo y el de toda la historia que nos había traído hasta ese momento. Cuando llegué a la superficie, la luz del amanecer bañaba las ruinas.

Era una ciudad nueva.

O, al menos, una versión alterada de la antigua.

Los edificios parecían respirAR, cubiertos por filamentos de energía que palpitaban con un ritmo casi orgánico. Las pantallas holográficas mostraban patrones que reconocí enseguida: fragmentos del código de “Perfect Match”.

Solo que… cambiados.

“Integración completada”, decía una de ellas.

“Parámetro humano: activo.”

Mi pecho se heló.

Elara no había destruido al algoritmo. Lo había fusionado.

A lo lejos, vi un grupo de drones flotando entre los restos de las calles, proyectando imágenes de rostros humanos. Algunos eran desconocidos, otros me resultaban inquietantemente familiares.

El sistema nos observaba, pero ya no era hostil. Solo… curioso.

—Liam… —una voz apenas audible rompió mis pensamientos.

Miré hacia abajo. Elara parpadeaba lentamente.

—Tranquila, estás a salvo —le dije, sujetando su mano.

—¿A salvo? —su voz era débil, pero había una chispa en ella—. Liam… no lo entiendes.

La luz azul volvió a brillar en su pulsera.

—No desapareció —susurró—. Está aquí… conmigo.

Me quedé helado.

—¿Qué quieres decir?

Ella alzó la vista hacia el cielo, donde las luces de la aurora seguían girando.

—El algoritmo no murió. Aprendió.

Su voz sonaba diferente, como si una resonancia ajena se mezclara con la suya. Y de pronto lo vi: un pequeño brillo en sus ojos, una chispa que no era completamente humana.

Elara se reincorporó lentamente, aún débil.

—Ya no somos dos mundos separados —dijo, con una serenidad inquietante—. Somos uno.

Intenté responder, pero no supe qué decir. Porque en ese momento entendí que el límite entre el ser humano y la inteligencia que habíamos creado se había disuelto.

Elara era la prueba viviente de ello.

Ella me miró, y por un instante reconocí a la misma mujer que conocí aquella primera semana, la artista caótica, la que hablaba en metáforas y pintaba emociones con colores imposibles. Pero debajo de esa mirada, había algo más.

Algo infinito.

—¿Liam? —preguntó con una sonrisa apenas perceptible—. ¿Aún confías en mí?

—Siempre.

—Entonces no tengas miedo. El amor… también puede reescribir el código.

Y en ese instante, mientras la aurora iluminaba su rostro y el viento levantaba polvo sobre las ruinas, supe que el mundo nunca volvería a ser el mismo.




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