Algoritmo Del Amor.

Capítulo 30 — Ruido Blanco

(Narrado por Liam)

Nunca había sentido tanto silencio en una ciudad tan viva. Las luces de los drones seguían recorriendo el cielo, pero sus zumbidos parecían ecos lejanos, irreales. Era como si el mundo hubiera sido puesto en pausa justo después de que Elara desapareció entre los destellos del núcleo.

Corrí. No sé por cuánto tiempo. Mis pulmones ardían, mis piernas temblaban, pero lo único que seguía latiendo con fuerza era su nombre, repitiéndose en mi cabeza como un error del sistema: Elara, Elara, Elara…

Cuando llegué al punto donde el núcleo había colapsado, solo quedaba un resplandor azul, flotando sobre el suelo, como una herida abierta en la realidad. No había cuerpo, ni rastro, solo esa energía pulsante que parecía respirar. Me quedé quieto, observando. Cada fibra de mi cuerpo gritaba que ella estaba allí, que aún podía sentirla. Pero la lógica —esa misma lógica que ella juró desafiar— me susurraba que ya era demasiado tarde.

Apreté los puños. No puede ser el final.

El viento traía consigo polvo, fragmentos de código suspendidos en el aire, como si el mundo digital se estuviera desmoronando sobre nosotros. Desde el auricular escuché la voz entrecortada de Isha, la líder de la resistencia:

—Liam… el sistema se reinició. El algoritmo ya no está bajo control.

Cerré los ojos. Sentí el peso de la culpa hundirme el pecho. Ella lo hizo. Elara logró lo imposible… pero el precio fue ella misma.

Mis pensamientos se mezclaban con el ruido del núcleo. Podía oír su voz, juraría que sí.

“Liam… si todo esto termina, prométeme que no dejarás que nos olviden.”

Y esa promesa, que antes sonaba como una metáfora romántica, ahora era una orden grabada en mi piel.

El mundo se estaba fragmentando. En las pantallas gigantes del distrito, los rostros desaparecían, los datos se distorsionaban. Habíamos destruido el sistema, pero también habíamos roto el equilibrio que lo sostenía. Las personas gritaban, los servidores colapsaban. El fin de una era… y el inicio de algo que nadie comprendía.

Di un paso hacia el resplandor. La energía del núcleo me empujó hacia atrás, como si me negara el acceso. “Déjame entrar”, murmuré. Pero no hubo respuesta. Solo aquel zumbido —ese ruido blanco que parecía la voz del universo apagándose.

Entonces lo vi: una figura proyectada brevemente entre las luces, su silueta delineada en azul. Elara.

Su mirada era serena, pero sus labios no se movían. Su imagen se desvaneció antes de que pudiera alcanzarla.

El suelo tembló. Un destello me cegó. Y cuando abrí los ojos… todo había cambiado.

La ciudad estaba en silencio absoluto. Sin drones. Sin luces. Sin conexión.

Solo yo.

Y el eco de su voz, flotando en la oscuridad.

—Elara… —susurré—. No dejaré que te borren.

Encendí mi comunicador manual. En su pantalla rota apareció una línea de texto que no debería existir.

“Archivo restaurado: Proyecto Aurora.”

Mi corazón se aceleró. Esa era su última creación, su intento de reescribir el algoritmo desde cero.

Y si ese archivo aún existía… entonces tal vez ella también.

Respiré hondo. Miré hacia las ruinas del núcleo y sonreí, con los ojos húmedos.

Elara no estaba muerta. Solo estaba… en otra parte.

Mientras las sirenas comenzaban a resonar a lo lejos, supe que ese no era el final.

Era el inicio de la siguiente guerra.

Y esta vez, no lucharíamos contra el algoritmo.

Lucharíamos por ella.




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