Sierra caminaba por los pasillos de la universidad rumbo al patio, donde tendría su siguiente clase. Iba tan concentrada en sus propios pensamientos que no se percató de que alguien la seguía a cierta distancia.
Justo antes de salir de los pasillos, la persona que la perseguía aceleró el paso y se colocó frente a ella, haciéndola detenerse de golpe.
Sierra se sobresaltó, pero, al reconocer al joven que tenía delante, simplemente puso los ojos en blanco.
Era Joe, su exnovio.
Un apuesto joven de veintidós años, alto y de buen porte, con el cabello castaño y unos ojos oscuros que, en ese momento, la observaban con una sonrisa confiada.
—Hola, preciosa.
—¿Qué quieres, Joe? —preguntó ella con desgana.
Desde que habían terminado, el chico no la dejaba en paz. Siempre que tenía la oportunidad insistía en que volvieran, pero Sierra estaba cansada de la situación. No quería regresar con él. Solo deseaba que Joe entendiera de una vez que todo había terminado.
—Quiero muchas cosas —respondió él—. En especial, te quiero a ti.
Sierra volvió a poner los ojos en blanco y continuó caminando.
—Por favor, Sierra. Te extraño. Extraño tus besos, estar contigo como antes… ¿Por qué no aceptas volver conmigo?
Ella suspiró al escucharlo. Siempre repetía lo mismo.
—Mira, Joe. No voy a negar que lo que vivimos fue bonito en su momento, pero ya es parte del pasado. Algo que quedó atrás.
Joe sonrió con ironía. Sin embargo, su expresión cambió al instante siguiente. Dio un paso hacia ella y le sujetó el brazo con fuerza.
—Joe, me estás lastimando.
—¿Te estoy lastimando? —repitió él, frunciendo el ceño—. Tú me lastimas a mí al no querer volver conmigo. Entiende que soy la mejor opción para ti.
—¿Qué estás diciendo? —Sierra frunció el ceño.
—Si digo que vamos a volver, es porque así será. Admítelo. Todavía me amas.
—Suéltame, idiota.
Sierra logró liberarse de su agarre.
—No volvería contigo ni aunque me pagaran un millón de dólares. ¿Me oyes? ¡Jódete y no vuelvas a buscarme!
La joven intentó marcharse, pero Joe volvió a detenerla.
—Tú eres y siempre serás mía.
Sierra lo miró con incredulidad.
—Nunca fui tuya. Que hayamos tenido una relación no significa que yo te pertenezca. Ahora, no vuelvas a joderme la vida, Joe. Hablo en serio. Déjame en paz.
Sin esperar una respuesta, se alejó.
Aquella no era la primera vez que Joe hacía una escena como esa. De hecho, la situación comenzaba a darle miedo.
Sierra continuó caminando hacia el aula. Por suerte, todavía no llegaría tarde. Mientras avanzaba, no pudo evitar reprocharse haber sido capaz de salir con alguien como él.
Sus otros tres exnovios nunca habían sido tan patanes ni insistentes. Nunca había tenido problemas con ninguno de ellos. Pero con Joe era diferente. Con él no tenía un problema; tenía cientos.
Al principio de su relación, las cosas habían sido perfectas. En su primera cita se dieron su primer beso y, después, continuaron saliendo hasta que decidieron iniciar una relación formal.
Sin embargo, al final, las cosas no funcionaron.
Otra relación fallida.
Tres meses fueron suficientes para que Sierra se diera cuenta de que, en realidad, no amaba a Joe. Le gustaba pasar tiempo con él y, por qué negarlo, también le atraía físicamente. Pero no había amor. Solo deseo y una relación que, con el tiempo, dejó de tener sentido para ella.
Cuando terminaron, Sierra pensó que todo había acabado. Creyó que Joe lo entendería y la dejaría tranquila.
Pero no fue así.
Al día siguiente, él comenzó a perseguirla por todas partes, sin darle espacio.
Sierra entró al aula, donde varios alumnos esperaban la llegada del profesor. En aquella clase estaba sola, ya que ninguna de sus amigas compartía esa materia con ella.
Unos minutos después, un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años entró al salón.
Era un hombre robusto, de buen porte, con el cabello castaño salpicado de canas. A simple vista, parecía que años atrás había tenido algunos kilos de más, aunque ahora lucía bastante diferente.
El profesor entró, observó a todos sus alumnos y dejó su portafolio sobre el escritorio.
—Saquen sus libros y ábranlos en la página ciento dos. Comiencen a leer. Después les haré varias preguntas para comprobar si sus cerebros fueron capaces de retener algo de lo que leyeron.
Algunos estudiantes soltaron una pequeña risa.
El profesor se sentó detrás de su escritorio y sacó un libro junto con una libreta, que utilizaba para anotar las calificaciones de sus alumnos.
Durante quince minutos, todos permanecieron leyendo el texto asignado. Después, el maestro los detuvo y comenzó a hacerles preguntas.
A Sierra le correspondieron algunas de ellas y respondió correctamente.
Finalmente, la clase terminó.
La joven recogió sus cosas y se dirigió a la cafetería, donde se encontraría con sus amigas. Solo esperaba que Joe no volviera a aparecer frente a ella para insistirle una y otra vez.
Al llegar, antes de dirigirse a la mesa donde estaban sus amigas, fue a buscar algo para comer. Tomó una bandeja y colocó sobre ella un plato de ensalada y un batido.
Cuando terminó, caminó hasta la mesa donde la esperaban Maya, Mirza y Helena.
Maya era una joven muy atractiva, de ojos azules, cabello rubio y gran estatura. Mirza, en cambio, era más baja que ella, de cabello negro y unos profundos ojos oscuros.
Helena tenía un abundante cabello pelirrojo, era alta y poseía unos llamativos ojos verdes.
Sierra era la única joven de piel bronceada del grupo. Tenía el cabello castaño y unos ojos color avellana. Las cuatro eran, sin duda, jóvenes muy hermosas.
—Hola, chicas —saludó Sierra mientras tomaba asiento.
Helena observó su plato y arrugó la nariz.
—Aún no me explico cómo puedes comer eso.
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Editado: 22.07.2026