Sierra se levantó bostezando. Ese día solo tendría tres materias y, al final de la jornada, educación física. Una de esas clases era Economía, que compartía con todas sus amigas, aunque esta correspondía a la segunda hora.
La chica caminó hasta la mesa donde estaba su laptop, se sentó en la silla giratoria y abrió la pantalla. Después de teclear su contraseña, observó que tenía un nuevo mensaje en Gmail.
Siempre revisaba sus mensajes, ya que a través de aquella aplicación mantenía la comunicación con su padre, el detective Gómez, además de su madre y sus hermanos. También recibía allí las calificaciones de cada materia.
Hizo clic en el mensaje.
Al abrirlo, se dio cuenta de que el remitente era un desconocido.
«ERES HERMOSA COMO LA LUNA. ME ENCANTARÍA ESTAR SOBRE TU PIEL».
Sierra giró los ojos.
—Qué asco.
Comenzó a escribir una respuesta.
«JÓDETE, JOE» —acompañó el mensaje con el emoji del dedo medio.
Al instante de enviarlo, recibió otra respuesta. Sierra se sorprendió de que Joe hubiera contestado tan rápido, sobre todo porque él casi nunca utilizaba la mensajería de la laptop.
«TE ADORO».
La chica leyó el mensaje y pensó que probablemente se trataba de una broma, quizá del novio de Maya. Por eso decidió no responder.
Borró los mensajes, bloqueó al usuario, cerró la laptop y caminó hasta la ducha.
Era bastante temprano, así que se tomaría su tiempo. Esta vez no mojaría su cabello; quería cuidarlo y esa era una de sus prioridades. Sin embargo, también le gustaba sentir el agua caer sobre su cabeza como una lluvia artificial.
Cuando terminó, salió de la ducha y comenzó a secarse el cuerpo. Al levantar la cabeza, se encontró con Mirza, quien estaba medio dormida.
La chica bostezó.
Sierra bostezó inmediatamente después.
—¿Ves? —murmuró Mirza con los ojos entrecerrados.
—Ya levántate, cerda. Me estás pegando tu flojera.
Sierra la tomó por un brazo y trató de levantarla, pero Mirza se dejó caer nuevamente sobre la cama.
—Hoy es un día tan… tan… no sé.
—Tan nada. Floja, levántate.
Sierra caminó hasta la cama de Maya y le dio una nalgada. La chica se levantó de golpe, todavía somnolienta y con la mirada perdida.
Luego Sierra caminó hasta la otra habitación. Subió la pequeña escalera y le dio una nalgada a Helena.
La chica no reaccionó.
Continuó dormida como si nada hubiera ocurrido.
Sierra bajó de la cama, se puso la ropa interior y volvió a subir. Se sentó encima de Helena y comenzó a saltar suavemente sobre el colchón.
—¡Despierta, Helena! ¡Anda, despierta!
—No creo que lo haga —dijo Mirza, levantándose lentamente de la cama—. Esa chica tiene el sueño más pesado que la flojera que tengo en este momento.
Caminó hasta el armario y tomó una toalla para entrar a la ducha.
—Yo estoy defecando. ¿Me dejas terminar? —preguntó Maya mientras miraba su celular, sentada en el inodoro.
—Pero yo no usaré el inodoro, ¿me captas? Solo usaré la ducha. Aunque, por otro lado, si no entro pronto, moriré de asfixia.
—No quiero que andes quejándote del olor de mi mie…
Mirza la interrumpió.
—¿Olor? O sea, ¿tu mierda tiene olor?
Abrió la ducha y comenzó a enjabonarse.
—Cállate, zorra. Yo defeco bizcochitos. ¿Quieres ver?
Maya corrió la cortina para enseñarle el inodoro.
Mirza, horrorizada, se llevó rápidamente el jabón a los ojos.
—Prefiero quedarme ciega antes que ver eso. ¡El diablo me libre!
Entró bajo el agua para quitarse el jabón del rostro.
—Es en serio, Maya. ¡Baja la caca!
Maya soltó una carcajada y tiró de la cadena del inodoro. Después roció ambientador mientras continuaba riéndose.
—Este espacio está tenso. Este olor no es normal.
—¡Baja, Maya! ¡BAJA!
Mirza salió de la ducha sin haber terminado de bañarse, envuelta en una toalla, y abandonó el baño entre carcajadas.
—Sí, escuché ese pleito extraño —dijo Helena, que se encontraba de pie frente a ella.
Mirza la miró sorprendida.
—Oh. Lo lograste.
—A esa perra la voy a matar si sigue despertándome tan temprano —murmuró Helena mientras entraba al baño.
—Maya se está bañando.
—Yo voy a usar el inodoro, no la ducha.
Sierra terminó de acomodar los libros y cuadernos en su mochila. Después sacó la tarea que debía entregarle a la maestra y la sostuvo en sus manos para asegurarse de no olvidarla.
—¿Te vas ya? —preguntó Mirza mientras terminaba de vestirse.
—Debo ir al salón de maestros a entregar este trabajo.
—Sí, es verdad. Vete antes de que empiece la primera tanda.
Sierra salió de la habitación a las siete y cuarenta y cinco.
Caminó rápidamente, pues la primera tanda comenzaba a las nueve. Por suerte, el salón de maestros no quedaba demasiado lejos de las habitaciones de los estudiantes. Aquello tenía sus ventajas y sus desventajas.
Cuando llegó, abrió la puerta y sintió de inmediato el frío del aire acondicionado.
La maestra Lora se encontraba acomodando sus cosas, probablemente preparándose para salir a su clase.
—¡Maestra Lora! —gritó Sierra.
Su voz llamó la atención de varios maestros.
Entre ellos estaba el profesor González.
El hombre admiraba a Sierra no solo por su inteligencia, sino también porque la consideraba una de las chicas más bonitas de su clase.
—¿Trajiste la tarea? —preguntó la maestra después de escucharla.
Sierra asintió enérgicamente. Pasó a su lado, abrió la mochila y sacó el portafolio.
—¿Entregando tareas tardías? —preguntó González mientras pasaba junto a ella.
—Sí, profesor González. Puro inconveniente.
—De seguro que sí. Puede que llegues algo tarde a algunas de mis clases, pero sé que eres muy responsable con las tareas.
El hombre sonrió.
Sin embargo, no apartaba la mirada de Sierra.
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Editado: 22.07.2026