Sierra se sentó en una silla, cansada de bailar. Tomó el vaso que estaba sobre la mesa y bebió un poco mientras observaba a sus amigas.
La chica que anteriormente había estado bailando con prácticamente todos los presentes comenzó a bailar con Maya, Helena y Mirza, mientras Sierra las miraba y se reía.
—¡¿Cómo te llamas para agregarte en Facebook?! —gritó Helena mientras bailaban.
—¡Julieta Montés! Las conozco. En especial a ti —señaló a Sierra—. Si alguien da un discurso en mi funeral como el que diste aquel día, descansaré en paz.
Aunque el comentario era un tanto extraño, Sierra no pudo evitar reírse y asentir.
—¡Te envié la solicitud! —gritó Helena.
—¡Te la aceptaré más tarde! No traje mi celular. Mis padres me rastrean por él y, si se dan cuenta de que salí, me matan. ¡Piensan que estoy durmiendo en mi habitación!
Las chicas se echaron a reír al escucharla.
Sierra pensó que aquella chica era muy valiente. Ella nunca había sido desobediente con sus padres. Cumplía las reglas y se apegaba a ellas.
Además, sabía que, al acercarse la medianoche, no tendría que llamarlo. Su padre llegaría a recogerla.
Por esa razón llevaba el reloj que él le había dado, guardado en la cartera, la cual nunca se quitaba de encima.
Joe llegó junto a Patrick, ambos gritando y bailando. Se les notaba que habían bebido.
Patrick, al ver a su novia, se acercó a ella y la abrazó por detrás.
Joe, en cambio, vio a Sierra y caminó directamente hacia ella.
La joven no se había percatado de su presencia hasta que él se sentó a su lado y la abrazó con fuerza.
—¿Dónde estabas? ¿Estabas bebiendo? —preguntó Maya al voltear hacia su novio.
Sierra lo apartó y él sonrió.
—Joe me invitó un trago.
—¡¿Joe está aquí?! ¿Para qué lo trajiste?
—¡Amor, es una fiesta para todos!
Maya buscó con la mirada a Sierra y la encontró junto a Joe. Él intentaba abrazarla nuevamente, mientras ella trataba de apartarse.
Maya caminó hasta ellos y le dio un toque en el hombro.
—¿No lo has entendido todavía, idiota?
—¡No te metas, Maya! —le gritó Joe.
Sierra consiguió soltarse de su agarre y salió de la casa.
—¡Déjala en paz! —gritó Maya.
Patrick intentó calmarla, pero ella simplemente se apartó y fue detrás de su amiga.
Las tres chicas salieron a buscar a Sierra.
La encontraron sentada en una esquina junto al chico de cabello rizado que había visto anteriormente.
Joe salió de la casa junto a Patrick y comenzó a caminar hacia ellos.
—¡Tendré problemas por tu maldita culpa si no te calmas, Joe! —Patrick lo detuvo agarrándolo del brazo.
Joe se soltó.
—Entonces déjame solo si no quieres tener problemas. No dejaré que ella se salga con la suya.
Caminó hacia Sierra y, sin previo aviso, la tomó del brazo.
—¿Qué te pasa, idiota? —gritó Mirza.
—¡Suéltame! —vociferó Sierra—. Ya te dije que me dejes en paz. Y deja de enviarme mensajes. ¡Ya es suficiente, Joe!
—Vamos a hablar, por favor.
—¡Suéltame! Te dije que no. No hablaremos de nada.
—¡Ella te está diciendo que la sueltes! —gritó el chico de los rizos.
Joe soltó a Sierra y caminó hacia él.
—¿Quién eres tú? ¡Dime! No te metas en lo que no te han llamado.
El joven de cabello rizado soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Vámonos, Sierra.
El joven extendió la mano hacia ella.
Sierra la tomó.
Aquello pareció enfurecer todavía más a Joe.
—¡Sierra!
Joe la empujó y la joven cayó al suelo.
El chico de los rizos reaccionó inmediatamente. Agarró a Joe y comenzó una pelea.
Varias personas se reunieron afuera y otras salieron de la casa al escuchar el alboroto. Patrick y otro joven, amigo del chico de cabello rizado, intentaron separarlos.
Finalmente, las chicas y el amigo lograron apartar al joven de los rizos, mientras Patrick sujetaba a Joe.
Joe había resultado herido en el rostro, mientras que el otro joven prácticamente no tenía lesiones, aparte de un pequeño golpe.
—¡Es un abusador! ¿Cómo se atrevió a ponerte las manos encima? —exclamó el joven mientras ayudaba a Sierra a levantarse—. ¿Estás bien?
—Sí, pero tú… tienes la mejilla roja.
—No pasa nada.
Sierra lo miró preocupada.
—Ese tipo está loco.
Los seis decidieron alejarse del lugar y caminaron hasta un parque un poco más hacia el centro.
Todavía no eran las doce de la noche y Sierra tampoco quería que su padre llegara a la fiesta y encontrara todo aquel lío.
—Chicas, no le digan nada a papá sobre Joe.
—¿Cómo que no le digamos nada, Sierra? —preguntó Mirza—. Ese chico está muy agresivo. Pudo haberte hecho daño.
—Pero no lo hizo. Todo está bien.
La joven se sentó en un columpio y el chico de cabello rizado comenzó a empujarla suavemente.
—No deberías confiar demasiado en ese loco, Sierra.
Ella lo miró.
—Muchas gracias. Por cierto, ¿cómo te llamas? No me lo has dicho.
—Solo dime Mical. Él y yo somos primos.
Señaló al otro joven, quien estaba muy entretenido conversando con Helena.
A Sierra le pareció extraño, pues Helena tenía novio.
—Sierra, estoy preocupada por ti —comentó Mirza, sentándose en el columpio del medio.
En el tercero estaba Maya, completamente en silencio.
—Estate quieta.
—Terminaré con Patrick —susurró Maya.
Sierra la miró sorprendida.
—¿Pero por qué? Ustedes se quieren.
—Él siempre está con Joe. ¿Viste cómo reaccionó? No me gustó nada. Sy, esos tipos de hombres pueden ser peligrosos. Por favor, ni me pidas que no lo haga.
Maya se levantó al ver el automóvil del padre de Sierra acercándose.
—No tienes que hacerlo. Por favor, piénsalo bien. No destruyas un noviazgo de más de tres años por culpa de un idiota que no me puede superar. Yo me cuidaré lo más que pueda, pero no hagas eso por mí.
#7782 en Thriller
#3390 en Detective
asesinato misterio suspenso, universidad fiestas, secuestro obsesion
Editado: 28.08.2026