El carro entró a la marquesina a la una y diez de la noche. Cuando entraron a la casa por la puerta de ese lado, encontraron a su madre despierta y sentada en el desayunador.
La puerta de la marquesina quedaba al lado de la cocina, más específicamente detrás de ella. Pasaron por el pequeño pasillo y llegaron hasta donde estaba Sonia.
—Llegaron.
—Sí, cielo. Ya vamos a dormir —contestó Sebastián.
—¿Cómo la pasaste en la fiesta? —preguntó Sonia a su hija mientras caminaban hacia las habitaciones.
—Nada fuera de lo…
Sierra hizo una pausa.
—Ah, me encontré con Joe.
—Otra vez.
—Siempre me lo encuentro, mamá. Pero esta vez se puso medio impertinente porque estaba ebrio y se peleó con un chico que me estaba acompañando.
Cruzó los brazos.
Sierra había terminado con Joe precisamente por eso. Él no tenía control cuando bebía. Cuando eran novios, pasaba gran parte del tiempo bebiendo con el novio de Maya y sus otros amigos.
A Maya no parecía molestarle que su novio bebiera, pero Sierra era diferente. Ella quería una persona que no solamente estuviera estudiando en la universidad, sino que también tuviera los pies sobre la tierra.
Algo que Joe nunca había tenido.
—De verdad que no se cansa ese muchacho. Ustedes terminaron hace un mes y todavía sigue molestando.
—¿Lo sabías también? Vale, me siento ofendido —murmuró Sebastián.
El detective se dirigió hacia su habitación.
—Tendrás que volver a hablar con sus padres, Sebastián.
Sonia hizo una pausa.
—¿Sebastián?
No obtuvo respuesta.
—Se fue a dormir. Déjalo, está cansado. No te preocupes, yo hablaré con él cuando regrese a la universidad.
—Pero ya todos hemos hablado con él, excepto tu padre.
—Mirza todavía no lo ha puesto en su lugar.
—Entonces que lo ponga en su lugar. No me gusta nada que esté insistiendo tanto.
—A mí tampoco. Buenas noches.
—Buenas noches, cariño.
Sonia le dio un abrazo y entró a su habitación.
Sierra terminó de llegar a la suya. Se quitó la ropa y, apenas se dejó caer sobre la cama, el cansancio se apoderó de ella.
Al día siguiente, su padre no fue a trabajar.
Había pedido el día libre para disfrutarlo con su esposa e hija.
Aquella mañana se levantaron más temprano de lo normal para salir de viaje a un lugar parecido a un bosque o, más bien, a un enorme jardín. Lo que más abundaba allí eran las flores que cubrían el pasto.
El lugar no era demasiado espeso porque no tenía tantos árboles. Era un sitio que muchas personas visitaban durante los días soleados y calurosos para pasar el día, hacer picnics y compartir con sus familias o parejas.
Era perfecto incluso para una primera cita, que era uno de los usos más comunes que le daban.
Y lo mejor de todo era que la entrada era gratuita.
—Llegamos —anunció Sebastián.
No le había dicho a Sierra adónde iban cuando subieron al carro aquella mañana. Su esposa ya lo sabía porque habían visitado el lugar anteriormente.
Llegaron casi al mediodía, pues el sitio estaba bastante alejado de su comunidad, pero el viaje había valido la pena.
—Wow, papá. Esto es impresionante —exclamó Sierra mientras sacaba su mochila del carro.
—Aquí fue nuestra primera cita —comentó su madre mientras caminaban buscando un lugar donde sentarse—. Luego vinieron otras más, ¿verdad?
—Luego nació tu hermano —respondió Sebastián mientras miraba a Sierra.
Ella negó con la cabeza.
—Tenía que dañar su felicidad.
Sus padres soltaron una carcajada.
—¿Por cierto, a qué hora vienen?
—No, ninguno de ustedes nos dañó la felicidad. De hecho, fue todo lo contrario. Nos trajeron más —respondió su madre.
—Ellos vienen para acá. Ya salieron hace rato de la universidad. Les mandé la ubicación. Pasan por esta calle cuando entran a este lado del condado.
Sebastián se detuvo unos segundos, buscando un lugar específico donde instalarse.
—Sí, pensé que iban a llegar a la casa.
Después de caminar varios minutos, se detuvieron debajo de un árbol enorme.
Había varias personas alrededor, sobre todo parejas jóvenes y una que otra pareja casada con hijos pequeños.
—Les dije que podían irse a la casa y esperarnos allá, pero no quisieron. Quieren disfrutar un momento en familia. Y bueno, bienvenidos sean. Hace tiempo que no hacemos esto.
Su padre extendió unas sábanas verdes sobre el suelo.
—Hay que disfrutar la vida. Es muy corta —comentó Sierra mientras se sentaba.
—¿Por qué dices eso? —preguntó su madre.
—Es una frase que Helena dijo una vez. Esa vez yo no quería salir de una fiesta, entonces dos viejos empezaron a pelearse.
La joven comenzó a contar la historia mientras sacaba una cámara fotográfica de su mochila.
—Uno de ellos le dio una puñalada al otro y, bueno, creo que murió el que estaba herido. Después de eso, ella dijo esa frase.
Su madre abrió los ojos sorprendida.
—¿Ustedes estaban en un lugar donde había personas peleándose con armas blancas? ¡Eso es peligroso, por Dios!
—Nos fuimos en ese momento.
—¿Te has sentido en peligro alguna vez? —preguntó su padre, interrumpiendo la conversación.
—Pues… ¡aaah!
Sierra gritó cuando, de repente, alguien la sorprendió por la espalda.
Se volteó rápidamente y le dio un manotazo a la persona responsable de aquel susto.
—¡Idiota!
—¡Alex! Ya te he dicho que no le hagas eso a tu hermana —lo reprendió su madre con el ceño fruncido.
El joven abrazó a su hermana entre risas.
—Hola, Sierra —saludó su otro hermano tranquilamente.
Se acercó para abrazarla y después saludó a su padre, mientras Alex seguía abrazando a su madre.
—Ya, despégate de mí, que tengo calor —se quejó Sonia con su hijo—. Y no te lo voy a volver a repetir. No quiero que sigas haciendo eso a tu hermana. ¡Le puedes causar un infarto!
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Editado: 28.08.2026