A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza insoportable y una resaca del diez. Abrí los ojos con dificultad y me arrepentí al instante: la luz me atravesó como un cuchillo. Sentía el cuerpo pesado, torpe, como si no me perteneciera del todo, como si diez camiones me hubieran pasado por encima sin compasión. Cada movimiento era un error. Al girarme un poco, el estómago protestó y tuve que quedarme quieta, respirando despacio, esperando a que el mareo cediera. Tenía la boca seca, la garganta ardiendo y, para colmo, ese sabor persistente a ginebra barata seguía pegado a mi lengua, recordándome la mala mezcla de la noche anterior.
Quería olvidar todo lo que había pasado, fingir que no había sido real, que solo había sido una borrachera y un desastre de noche. Pero no podía. Los recuerdos seguían rondándome la cabeza, apareciendo sin permiso, una y otra vez: la música demasiado alta, las luces de colores, el alcohol barato que quemaba la garganta y esa sensación en el pecho que no se me iba por mucho que bebiera.
Asher. Su nombre apareció en mi mente antes incluso de que pudiera evitarlo. Su imagen en la pista de baile, tan cerca de ella, tan ajeno a mí, volvió con una claridad cruel. Y para colmo, no era solo un recuerdo: Asher estaba en Italia. La idea me golpeó casi tan fuerte como el dolor de cabeza. No había sido una casualidad de una noche ni algo que pudiera enterrar con una resaca y un par de aspirinas. Estaba aquí. En el mismo país. Tal vez en las mismas calles. Tal vez demasiado cerca.
Cerré los ojos con fuerza, deseando que el dolor físico fuera lo único que tuviera que soportar esa mañana. Pero no. La resaca no era solo de alcohol. También era de miradas, de silencios… y de todo lo que aún no había pasado.
Me levanté de la cama, salí de la habitación y bajé las escaleras. En la cocina me encontré a Abby haciéndose un café matutino. Abby se dio la vuelta y me miró.
—Vaya, vaya, parece que la bella durmiente ya se ha querido despertar —dijo con esa cara despreocupada, divertida.
—Me encuentro como una mierda —murmuré entre dientes, apoyándome en la encimera.
—Se te nota, tienes un aspecto de mierda, pareces sacada de la película del Exorcista —bromeó, tratando de no reírse.
Todavía sentía ese sabor horrible a ginebra barata pegado a la lengua, un recuerdo amargo de la mala mezcla de la noche anterior.
—Sí, sí, muy graciosa, Abigail —dije con la voz cansada.
—Es verdad, eres igualita a la protagonista de El Exorcista. Y más con ese pelo alborotado —añadió Abby, burlona.
—Joder… ¿no tendrás una aspirina por ahí, verdad? —me llevé una mano a la cabeza, haciendo una mueca de dolor.
—Claro, tengo una en el armario —se dio la vuelta, abrió un cajón y me pasó la pastilla.
—Dios, la resaca es una mierda —murmuré mientras me metía la aspirina en la boca, bebía un trago de agua y la tragaba.
Abby me observó unos segundos en silencio, apoyada en la encimera, y luego negó con la cabeza.
—Conclusión científica: ginebra mala + mala noche = tú ahora mismo.
Puse los ojos en blanco y solté un suspiro.
—No me mires así… —murmuré—. No fue mi mejor decisión.
Abby suspiró y cambió de tema, más seria ahora:
—Oye… ¿hay algo que te preocupa, Mia? Ayer bebiste demasiado y tú nunca sueles beber tanto.
Me encogí de hombros y sonreí forzadamente:
—Nah… estoy bien, solo una resaca enorme, nada más.
Abby frunció el ceño, con cara preocupada.
—¿Segura?
Asentí rápidamente:
—Sí… sí, segura.
Abby me observó unos segundos más y luego chasqueó la lengua.
—Vale, decisión tomada —dijo—. Para quitarte esa resaca vamos a pasar el día en la playa.
Fruncí el ceño.
—¿En la playa? Abby, me duele hasta respirar…
—Precisamente —me interrumpió—. Un poco de sol, aire y mar te van a venir de lujo. Y además… —me señaló la cara— estás tan pálida que pareces Casper. O peor, su hermana.
Solté un bufido.
—Gracias por el apoyo emocional.
—De nada —sonrió—. Vístete, que en veinte minutos salimos.
Subí las escaleras hasta mi habitación y abrí el armario en busca de algo que ponerme. Opté por un bikini rojo, unos shorts vaqueros y una camisa blanca de tirantes. Me cambié con movimientos lentos y fui al espejo. No suelo maquillarme, pero ese día las ojeras y el cansancio eran imposibles de disimular. Apliqué un poco de corrector y nada más. No tenía fuerzas para algo más.
Luego me di la vuelta y empecé a preparar la bolsa de la playa: una toalla, crema solar, el móvil y, por último, unas cartas del UNO para jugar después con Abby. Cuando terminé, cogí la bolsa y salí de la habitación. Bajé las escaleras intentando ignorar esa extraña sensación en el pecho que no sabía explicar.
Nada más bajar, me encontré a Abby esperándome en la puerta.
—Hombre, ya era hora. Pensaba que te habías vuelto a desmayar ahí arriba. Por fin la lenta de turno decide honrarnos con su presencia —dijo con una sonrisa burlona.
Rodé los ojos y suspiré.
—Sí, sí… la heroína ha descendido finalmente —murmuré, apoyándome en el marco de la puerta—. Pero no esperes aplausos, todavía estoy intentando sobrevivir a esta resaca.
Abby me observó unos segundos, ladeó la cabeza y soltó otra carcajada.
—Te estás poniendo pálida, ¿eh? Casper estaría orgulloso. Pero bueno, nada que un poco de sol y mar no arregle. Vamos, que la playa no se va a visitar sola.
Me forcé a sonreír y tomé mi bolsa: toalla, crema solar, móvil y cartas del UNO, listas para la batalla.
—Vale, vale —dije, poniéndome los shorts—. Solo espero que el sol no me deje más como un tomate.
Abby me empujó suavemente hacia la puerta.
—Vamos, que necesito ver si esta resaca tuya es capaz de ganar a tu pereza histórica.
Salimos juntas, y el aire de la mañana me golpeó como un recordatorio de que, por mucho que quisiera, no podía escapar de ese día… ni de lo que estaba por venir.
Editado: 14.03.2026