Algún día estaremos juntos

Capítulo 7:Miedo profundo

Me levanté de la cama dispuesta a prepararme. Abrí el cajón y busqué algún bikini que fuera sencillo, pero que llamara un poco la atención.

La verdad era que estaba nerviosa. Era de las primeras veces que iba a subir a un barco. Siempre había pensado que montar en uno era peligroso, que podía hundirse o, peor aún, que podían aparecer tiburones. Nunca había tenido la oportunidad de superar ese miedo.

Pero hoy había llegado el día.
Y estaba decidida a hacerlo.

Fui al armario y escogí unos shorts y una camiseta blanca de tirantes para ponerme encima, a juego con el bikini.

Entré en el baño, me puse el típico maquillaje waterproof y me hice un moño rápido.

Cuando salí de la habitación y bajé las escaleras, encontré a Abby mirando el móvil. Levantó la cabeza al verme.

—Eres más lenta que mi abuela… y eso que tiene setenta y cinco años —comentó, mirándome de arriba abajo.

—Vete a paseo —respondí rodando los ojos.

—En serio, hasta ella te ganaría en una carrera —añadió entre risas.

—¿Nos vamos ya o vas a seguir burlándote de mi existencia? —crucé los brazos.

—Vaya… parece que alguien se ha levantado con el pie izquierdo hoy —dijo apoyándose en la pared y ladeando la cabeza.

—Sí, sí, muy graciosa, Abigail —murmuré frunciendo el ceño.

—¡Vámonos ya! Nuestros hombres nos están esperando —añadió guiñándome un ojo.

Salimos de casa y comenzamos a caminar por las sofocantes calles de Italia. Abby iba pegada al móvil, revisando la ruta en Google Maps. El “pelo surfero” le había enviado la ubicación del barco.

Ninguna de las dos conocía la ciudad, así que me tocaba soportar la vocecita del asistente repitiendo instrucciones sin parar mientras el calor empezaba a desesperarme.

De pronto, Abby se detuvo en seco.

—¿Pero qué…? —murmuró mirando al frente.

Observé el lugar y fruncí los labios.

—Espera… ¿me estás diciendo que ese maldito asistente nos ha traído a un parque?

—¡Hemos perdido veinte minutos caminando con este calor infernal para acabar aquí! —exclamó alzando la voz.

Solté un suspiro cansado mientras miraba alrededor.

Después de discutir un rato, Abby reinició la aplicación y volvimos a ponernos en marcha.

Media hora más tarde, yo ya estaba a punto de desmayarme en mitad de la calle. El calor era insoportable y empezaba a sentirme algo mareada. Abby tampoco estaba de mejor humor; no paraba de maldecir al móvil mientras caminábamos.

Finalmente, la asistente dejó de hablar y levantamos la mirada al mismo tiempo.
Esta vez sí.

Frente a nosotras se extendía un puerto lleno de embarcaciones: motos de agua, lanchas modernas y barcos de todos los tamaños.

Y entonces los vimos.

Estaban sentados en la cubierta de un barco, con cervezas en la mano, tomando el sol como si nada.

El chico del pelo surfero levantó la vista y nos sonrió.

—¡Eh! ¡Por fin aparecéis!

—Ya estábamos a punto de mandar un equipo de rescate —añadió divertido.

Caminamos hasta el barco y Abby lo fulminó con la mirada.

—La próxima vez manda bien la dirección. Hemos hecho casi un maratón.

—Lo siento —respondió él con una sonrisa ladeada—. Prometo que la próxima vez seré vuestro guía oficial.

—Idiota —murmuró Abby cruzándose de brazos.

Él le tendió la mano para ayudarla a subir.

—Vamos.

Abby dudó un instante, pero finalmente rechazó su ayuda y subió sola con gesto orgulloso.

El chico la observó divertido antes de girarse hacia mí.

—¿Y tú, piccola?

Extendió su mano. Dudé unos segundos, pero terminé aceptándola.

—Vale…

Me ayudó a subir con facilidad y sentí un ligero rubor al soltar su mano.

En ese momento noté una mirada intensa sobre mí.
Al levantar la vista, me encontré con los ojos de Asher.

Por un instante todo lo demás desapareció.

—¿Alguien quiere una cerveza? —preguntó el chico del pelo surfero, rompiendo la tensión.

—¡Aquí! —respondió Abby arrebatándole una y tumbándose en una hamaca.

—Yo también quiero una —añadí.

Mientras Abby y yo nos acomodábamos en las hamacas, Asher y Alessandro se dirigieron hacia la zona de mando del barco.

—¡Agarraos fuerte! —gritó Alessandro con una sonrisa traviesa.

El motor arrancó y el barco comenzó a deslizarse suavemente sobre las olas.

Observé de reojo a Abby. Al principio parecía concentrada en el mar, pero poco a poco su expresión se suavizó y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Esa camiseta… —murmuró pensativa—. Le queda bastante bien.

La miré arqueando una ceja.

—Eres una pervertida, Abigail.

—Es verdad —respondió encogiéndose de hombros—. ¿O tú no te fijas en cómo conduce Asher?

Mi mirada se desvió sin querer hacia él. Estaba sujetando el timón con seguridad, concentrado en el horizonte. Sentí cómo mis mejillas empezaban a arder.

—¡Lo sabía! —exclamó Abby, riendo como una loca.

Ambos chicos se giraron al escucharla. Alessandro soltó una carcajada mientras Asher nos observaba de reojo antes de volver a mirar al mar.

Solté una risa nerviosa y desvié la vista.

—¿Todo bien por ahí, chicas? —preguntó Alessandro.

—S-sí… todo perfecto —respondí intentando parecer tranquila.

Le di un codazo suave a Abby para que colaborara.

—Claro —añadió ella con una sonrisa cómplice.

Unos minutos después, Alessandro se acercó y se sentó junto a nosotras.

—Al final sobrevivisteis a la caminata bajo el sol —comentó divertido—. Pensé que abandonaríais a mitad de camino.

—Casi lo hacemos —respondió Abby—. Sobre todo cuando alguien decidió mandar la dirección como si fuera un mapa del tesoro.

Él rió.

—Vale, vale… lo admito. La próxima vez os mando un helicóptero.

Negué con la cabeza, divertida.

—Por cierto… creo que no nos hemos presentado bien. Yo soy Alessandro.

—Mia —respondí señalándome.



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En el texto hay: humor, verano, romance

Editado: 17.03.2026

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