Ya había pasado una semana desde aquel día en el barco.
Lo habíamos pasado increíblemente bien. Por un lado, yo estaba feliz porque había podido compartir un rato a solas con Asher.
Pero, por otro… digamos que salí bastante humillada.
Yo, la supuestamente más inteligente del grupo, resulté ser la única que tenía miedo al mar y a todas esas tonterías que aún no he conseguido superar… y que probablemente nunca supere.
En fin.
Lo importante es que todo salió bien.
Estaba tumbada en el sofá leyendo un libro, mientras Abby corría por toda la casa medio vestida, buscando algo que ponerse.
O, como diría yo, actuando como una desesperada por llamar la atención de un italiano que, sinceramente… tampoco estaba nada mal.
No la juzgaba.
Porque, siendo realistas, yo estaría igual de desesperada… pero por Asher.
Aunque, si soy sincera, a mí me bastaría con una simple mirada suya.
—¡Mia! —gritó Abby desde el pasillo—. ¿Este vestido es demasiado pasado de moda o demasiado provocador?
Levanté la vista por encima del libro.
—¿Quieres mi humilde opinión? —arqueé una ceja.
—Obviamente. Sé lo más sincera que hayas sido en tu vida.
Solté una pequeña risa.
—Parece el vestido que llevaría tu madre en su primera comunión.
Abby frunció los labios.
—Creo que no debería haberte preguntado.
—Tú has pedido sinceridad.
—Pero no de esa forma, idiota.
—Bueno, he sido honesta y no me arrepiento —añadí sonriendo.
—Típico de ti, Mia —rodó los ojos.
Miró el reloj del salón y soltó una maldición en voz baja.
—Mierda… no tengo tiempo para discutir.
Salió corriendo y el silencio volvió a apoderarse de la casa.
Regresé a la lectura, dejándome absorber por la historia durante unos minutos.
Entonces escuché de nuevo sus pasos acercándose.
—¿Y ahora qué te parece este look? —preguntó acomodándose el vestido.
Cerré el libro lentamente.
—¿Puedo ser otra vez honesta o esta vez me tirarás una silla?
Entrecerró los ojos.
—Depende.
—Prométeme que no habrá violencia.
Suspiró.
—Vale… lo prometo.
La observé unos segundos antes de estallar en una carcajada.
—Pareces… un condón humano.
—Vete a la mierda, Mia —murmuró apretando la mandíbula.
—Lo digo con cariño.
—A veces me pregunto cómo sigo soportándote.
—Porque soy la única que aguanta tus dramas matutinos.
Resopló, pero terminó sonriendo.
—¿Sabes qué? Paso de volver a cambiarme. Si no le gusta, que se joda..
—Esa es la Abby que conozco —respondí orgullosa.
Cogió su bolso y se dirigió a la puerta.
—Y no me destroces la casa mientras no estoy.
—Confía en mí. La cuidaré como si fuera un tesoro.
—Por primera vez voy a creer en ti —dijo antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, solté un suspiro.
Estaba sola en una casa en Italia… sin tener ni idea de qué hacer.
Caminé de un lado a otro del salón hasta que se me ocurrió una idea.
Tal vez podría cocinar algo.
Un bizcocho… o galletas.
Aunque la última vez que intenté cocinar casi tuve que llamar a los bomberos.
Y todo por no leer las instrucciones de unos simples fideos instantáneos.
Negué con la cabeza.
—Vale… esta vez saldrá bien.
Caminé hasta la cocina y abrí los armarios, rebuscando algo que pudiera usar.
—Vale… algo sencillo —murmuré para mí misma—. Un bizcocho de chocolate no puede ser tan difícil.
Saqué un bol, una varilla y mi móvil. Después empecé a buscar una receta para principiantes.
La mayoría parecían demasiado complicadas para alguien como yo, pero finalmente encontré un vídeo que parecía fácil de seguir.
—Perfecto… esto sí que puedo hacerlo.
Empecé siguiendo los pasos del vídeo: harina, levadura, un poco de leche…
Hasta ahí todo iba sorprendentemente bien.
O eso creía yo.
Porque en menos de diez minutos la cocina parecía una zona de guerra.
Harina por toda la encimera.
Levadura en el suelo.
Y un pequeño lago de leche extendiéndose por la vitrocerámica.
—Abby me va a matar…
Suspiré y continué con la receta.
Llegó mi parte favorita: el chocolate.
Cogí el bote y le eché la cantidad que indicaba el vídeo…
Bueno.
Eso fue lo que intenté hacer.
En realidad terminé echando casi todo el bote.
—A ver… así se nota más el sabor.
Vertí la mezcla en el molde y lo metí en el horno durante cuarenta y cinco minutos.
Ahora solo quedaba limpiar el desastre.
Abrí el armario de la limpieza y saqué la fregona.
—Esto es demasiado aburrido… necesito música.
Miré hacia el altavoz inteligente que Abby tenía en la cocina.
—¡Alexa, pon música!
Hubo unos segundos de silencio.
—Lo siento, no he entendido tu solicitud.
—¡Alexa, pon música! —repetí frustrada.
Después de varios intentos fallidos, por fin comenzó a sonar algo.
De repente la cocina se llenó con “The Fate of Ophelia” de Taylor Swift.
Sonreí al instante.
—Ahora sí…
Comencé a fregar el suelo mientras movía la fregona al ritmo de la música.
—¡Alexa, más alto!
La canción subió de volumen y no pude evitarlo más.
Solté la fregona y empecé a cantar a pleno pulmón mientras giraba por la cocina.
—¡Esto es increíble! —grité entre risas.
Canté el fragmento que más me gustaba mientras giraba por la habitación:
"All that time, I sat alone in my tower
You were just honing your powers
Now I can see it all… see it all."
Por un momento me sentí completamente libre.
Como si el mundo entero desapareciera y solo existiera la música.
Salté, giré y reí como una loca mientras cantaba.
—¡Más alto! —grité otra vez—. ¡Que lo escuche todo el vecindario!
Cuando la canción terminó, me dejé caer contra la encimera, respirando con dificultad.
Editado: 17.03.2026