Algún día estaremos juntos

Capítulo10-Límites prohibidos-

Ya era bastante tarde cuando llegué a casa del paseo. Estaba tan cansada, tanto física como mentalmente, que solo quería ir directa a la ducha y quitarme todo el estrés acumulado.

Entré en la ducha, abrí el grifo y me metí directamente. En cuanto el agua tocó mi cuerpo, poco a poco me fui desconectando, notando cómo mis músculos tensos se relajaban.

El vapor llenaba toda la habitación. Estaba tan tranquila que apenas era consciente de lo que pasaba a mi alrededor. Solo se escuchaba el agua correr y yo, metida en mis pensamientos.

Cuando salí de la ducha me coloqué una toalla y empecé a secarme cuidadosamente. La dejé a un lado y me puse una camiseta de tirantes y unos shorts de rayas azules.

Nada más ponerme los shorts, la manija de la puerta se abrió de repente y entró Liam de golpe.

Liam levantó la vista y me vio a medio vestir.

En ese momento cogí la toalla e intenté taparme como pude, pero entre los nervios y que era demasiado pequeña, no ayudaba mucho.

—¡Pero a ti qué coño te pasa! —dije alzando la voz mientras tapaba lo que podía.
—¿No te han enseñado a llamar o qué, joder?
—Joder… perdón, perdón —dijo él, dándose la vuelta rápido y cerrando la puerta.

Cuando se fue, cerré la puerta con seguro y me apoyé en ella, completamente bloqueada.

Joder… acaba de verme ese idiota a medio vestir, o mejor dicho, prácticamente desnuda. Y ahora no sé ni cómo mirarlo a la cara.

¿Por qué siempre tengo que tener esta mala suerte? Es como si tuviera una maldición. Y encima el muy cabrón diciendo “perdón”, como si eso me fuera a tranquilizar.

Me había visto como llegué al mundo. Como vuelva a pasar, le tiro el jabón a la cara.

Me cambié rápido y me miré al espejo, con la cara completamente roja.

—Le voy a matar tarde o temprano —murmuré, intentando calmarme.

Respiré hondo varias veces, pero cada vez que lo hacía era peor. No podía dejar de pensar en él. Me eché el pelo húmedo hacia atrás y suspiré.

Decidida, desbloqueé el cerrojo y salí de la habitación. Bajé las escaleras con cuidado, notando aún la tensión de hacía unos minutos.

El sonido de mis pasos resonaba por todo el salón.

Al llegar abajo, miré alrededor buscando su presencia, pero no había nadie. Solté un suspiro pesado.

En ese momento quería encerrarme en mi habitación y no salir, pero algo dentro de mí me decía que tenía que afrontarlo. Evitarlo no tenía sentido.

Así que fui yo la que dio el paso.

Recorrí la casa entera, pero no había rastro de él. Probablemente se había ido a dar una vuelta… o a evitarme.

Aunque tampoco era como si hubiera pasado un drama de infidelidad o un divorcio con hijos. Solo un pequeño accidente porque soy despistada y no cerré bien la puerta.

Para la próxima me lo apunto.

Caminé hasta el jardín buscando aire fresco. Las estrellas brillaban en el cielo, tranquilas, mientras yo intentaba calmar el nudo que tenía en el pecho.

Solo quería despejarme… dejar de pensar en lo que había pasado.

La luna llena iluminaba el jardín con una claridad incómoda, como si no hubiera ningún sitio donde esconderse.

Me acerqué al porche junto a la piscina mientras la brisa de la noche me ayudaba a calmarme un poco.

Hasta que lo vi.

Liam estaba apoyado en la barandilla del porche de madera. La luz de la luna le iluminaba el rostro con una claridad suave. Tenía los brazos cruzados y la cabeza ligeramente baja.

Me acerqué con cautela. Mis pasos resonaban sobre la madera. Me coloqué a su lado, mirando al horizonte.

Sin mirarlo directamente, hablé:

—¿Ahora eres Batman? —reí ligeramente.

Como no respondió, dejé las bromas a un lado.

—Oye, Liam… lo de hace un rato… —empecé, pero me interrumpió.

—No tienes que dar explicaciones —dijo, mirándome un momento antes de apoyar mejor los brazos en la barandilla—. Yo entré sin llamar.
—Y yo no cerré con pestillo —me encogí de hombros.

—Así que estamos en las mismas —dije cruzándome de brazos.

—No es lo mismo —respondió, con una tensión en la voz que hizo que el ambiente se volviera más incómodo.

—Claro que lo es —dije sin dudar.

—Así estamos en paz —murmuré en voz baja, mientras el silencio volvía a caer entre nosotros.

—Eres increíblemente testaruda —murmuró, como si ya no tuviera fuerzas para discutir.

—¿Y qué? —dije—. Así soy.

—Ya… eso explica muchas cosas —dijo, ladeando la cabeza.

—Qué gracioso eres, Liam Miller.

—Siempre reaccionas igual —dijo, mirándome fijo.

—Oh, ya empezamos —dije, rodando los ojos.

—Te conozco —dijo con una media sonrisa—. Siempre empiezas tú.

—Te crees muy gracioso —dije, acercándome casi sin darme cuenta. Cuando bajé la mirada un segundo, ya no había espacio entre nosotros.

Di otro paso hacia él sin pensarlo. Cuando me di cuenta, estaba demasiado cerca.

Levanté la cabeza porque él era más alto, y mis ojos se encontraron con los suyos.

No aparté la mirada.

Hubo un silencio raro. De esos en los que no hace falta hablar.

Sus ojos no se movían. Los míos tampoco.

Sin saber por qué, mi mirada bajó lentamente hacia sus labios. Me quedé ahí un segundo de más, como si el tiempo se hubiera detenido.

Luego reaccioné, volviendo a sus ojos demasiado rápido, sintiendo cómo el silencio entre los dos se volvía más intenso.

El silencio se alargó.

No dije nada. Él tampoco.

Liam no apartó la mirada. Se quedó quieto, como si esperara a ver qué hacía yo.

Me di cuenta de lo cerca que estábamos demasiado tarde. Mi respiración se detuvo un segundo.

Él bajó la mirada apenas un instante hacia mí, y volvió a mis ojos sin prisa.

Tragué saliva y aparté la vista un segundo… pero él no se movió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si entendiera todo sin necesidad de palabras.

Y el silencio lo dijo todo.

Hasta que Liam acortó la distancia que quedaba entre nosotros.



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En el texto hay: humor, verano, romance

Editado: 03.05.2026

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