Abby me propuso pasar el día fuera, explorando un poco más lo que nos rodeaba en Italia. Acepté sin pensarlo; llevábamos días repitiendo los mismos sitios sin descubrir nada nuevo.
Como buena fan de las excursiones, se pasó la noche entera planeando a dónde iríamos hoy. Abby es la típica persona que no sabe estarse quieta: siempre está planeando una escapada, comparando rutas o buscando cualquier excusa para descubrir un lugar nuevo.
Si algún día vas con Abby a un sitio, procura no dejarla nunca sola, porque podría acabar en otro continente con sus guías de viaje.
Abby llevaba un buen rato despierta, organizando todo lo necesario antes de partir a la aventura. A mí no me quedó más remedio que levantarme de aquella cómoda cama de sábanas de lino.
Me levanté mentalizándome de que tendría que pasar la mañana viendo monumentos bajo este calor sofocante del verano en Italia.
Caminé por el pasillo y miré de reojo la habitación de Liam. Algo me decía que debía entrar y aclarar lo ocurrido en el porche… aquel casi beso que, si no hubiera sido por Abby, quizá habría terminado en algo más.
Por una parte agradecía su interrupción. Porque si aquello hubiera ido a más, luego vendrían las típicas excusas de siempre: que fue un malentendido, que la tentación ganó o que necesitábamos espacio.
En el momento en que bajé las escaleras, Abby iba de un lado a otro como si estuviera en las rebajas del Black Friday, metiendo cosas que, en mi opinión, eran totalmente inservibles.
—¿A dónde vas con ese pasaporte? —pregunté, señalándolo con el dedo desde el último escalón.
—Es para prevenir —respondió, guardándolo en el bolsillo pequeño de la mochila.
—¿Prevenir? Ni que nos fuésemos a las Maldivas —dije riendo.
—Bueno, no es mala idea… así me ahorro verte la cara —añadió con tono sarcástico.
—Muy graciosa estás hoy, Abigail —respondí, rodando los ojos.
—Siempre lo soy, cariño —respondió con una sonrisa confiada.
—No sé por qué te aguanto —murmuré por lo bajo.
—¿Qué has dicho? —preguntó, sin dejar de moverse.
—Qué buen día hace hoy —solté de repente, como si nada.
—Sí… ya —respondió, poco convencida.
—¿Vas a quedarte ahí mirando o piensas ayudarme? —añadió, alzando una ceja.
—Sí, sí, ya mismo voy, mamá —dije con ironía mientras me acercaba.
—¿Qué tengo que hacer? —añadí, apoyándome en la mesa.
—Ve a mi habitación y busca crema solar, no quiero que nos quememos —respondió mientras seguía organizando las cosas.
—A sus órdenes, capitana —dije, haciendo una exagerada reverencia.
Subí las escaleras con pasos rápidos, como si dependiera de mi vida. Entré en la habitación de Abby buscando lo que necesitaba.
Siempre que entras ahí es un desastre. Ropa tirada por el suelo, libros esparcidos por el escritorio y algún que otro snack abierto desde quién sabe cuándo.
La cama estaba deshecha, como si hubiera luchado con las sábanas. Y mejor no hablar de la mesilla de noche… todos sabíamos lo que podía haber ahí.
Seguí buscando entre los cajones y montones de ropa. Solo quería encontrar la crema rápido y salir de allí sin contraer ninguna “radiación”. Si me enfermaba, juro que le pasaría la factura médica.
Después de abrir varios cajones, la encontré debajo de un montón de ropa en la mesa.
Sonreí con satisfacción y salí de aquel lugar.
—¿Te he dado la idea de limpiar ese cuchitril que tienes montado ahí? —añadí, pasándole la crema.
—Está reluciente, exagerada —respondió, mirándome de reojo.
—Qué casualidad… porque cuando entré yo, eso parecía una zona de guerra —dije con ironía.
—O mejor… ¿has pedido ya a sanidad que te fumiguen esto? Igual hasta hay una rata bajo la cama —añadí entre risas.
—Que te den, Mia —murmuró, cogiendo la mochila.
—¿Nos vamos o a la próxima compruebas si de verdad hay ratas bajo mi cama? —dije con sarcasmo.
—Créeme, no hace falta que mire… eso ya parece una colonia entera —respondió con una sonrisa.
Sin decir nada más, salimos por la puerta.
Llevábamos un buen rato caminando bajo el calor sofocante del verano italiano. Odio esta época del año aquí; es tan agobiante que podría desmayarme en cualquier esquina.
Abby, en cambio, iba emocionadísima, como si no notara el calor en absoluto. Estaba tan metida en su papel de guía que parecía que el mundo entero no importaba.
Llegamos al Coliseo Romano. Era un enorme anfiteatro de forma ovalada, construido en piedra. Su exterior estaba formado por filas de arcos superpuestos que rodeaban toda la estructura. El paso del tiempo le daba un aspecto antiguo y desgastado.
Me quedé mirándolo, sorprendida por su tamaño. En fotos parecía mucho más pequeño, pero en persona impresionaba muchísimo.
Abby empezó a hacer fotos mientras yo me acercaba a observarlo mejor.
—¿A que es alucinante? —preguntó entusiasmada.
—Es precioso —respondí en voz baja, sin apartar la mirada.
—Te dije que te encantaría —añadió con una sonrisa.
—Venga, hay que descubrir más cosas, no podemos perder tiempo —dijo animada.
Más tarde llegamos a la Fontana di Trevi, rodeada de gente como si fuera un concierto.
Abby me agarró de la mano y nos abrimos paso entre la multitud.
Al verla, sentí una mezcla de asombro y emoción. Era preciosa.
—Aquí Mia, dicen que si tiras una moneda se cumple un deseo —dijo señalando la fuente.
—¿En serio? —pregunté sorprendida.
—Venga, prueba, ¿por qué no? —bromeó.
Pedimos un deseo y lanzamos la moneda.
—¿Qué has pedido, un sugar daddy o qué? —dijo con ironía.
—Ojalá, estaría forrada —respondí.
—Te habría pedido otro si me lo hubieras dicho —dije con una sonrisa.
—Pues ya sabes, para la próxima pediré cinco —respondió con sarcasmo.
—Hecho —dije sin dudar.
Pasamos el día recorriendo museos y monumentos. Entre el calor y las caminatas, casi se me olvida lo mucho que estábamos viendo.
Editado: 03.05.2026