Alianza inesperada

Capitulo 8

El eco metálico de las compuertas resonó. Marina se irguió al instante, dejando a Grievous en la camilla de reparación automatizada. El sonido de botas resonando por los pasillos marcaba la llegada de alguien que no necesitaba presentación.

Dooku emergió de entre las sombras de la compuerta principal. Su túnica ondeaba con cada paso, y sus ojos brillaban con un juicio helado, como cuchillas afiladas.

—Así que... esto es lo que queda de una operación sorpresiva —dijo con tono seco, mirando de reojo los restos humeantes de algunos droides inutilizados.

—No fue una operación, cualquiera —espetó Marina sin disimular su indignación—. Los Jedi nos atacaron sin previo aviso.

—¿Y no se suponía que debías prever ese tipo de movimientos? —la interrumpió Dooku con tono cortante—. ¿O tu atención estaba demasiado enfocada en otras cosas?

Grievous gruñó, intentando incorporarse. Aunque el sistema de soporte lo mantenía en pie, aún se notaba la lentitud en sus movimientos. Su pecho exhibía marcas de corte y metralla fundida.

—Si estás aquí para darnos lecciones, Dooku, ahórratelas. El ataque fue coordinado por Kenobi y Skywalker. No había forma de anticiparlo, a menos que tengas una visión profética.

Dooku se volvió lentamente hacia él. Su mirada se suavizó apenas, como quien tolera a un perro fiel herido.

—Lo que me preocupa es tu reacción, Marina.

La joven se tensó. Su mandíbula se contrajo. No desvió la mirada, la tenía fija en Dooku analizando sus expresiones.

—Perdí el control, sí —admitió—. Vi a Grievous caer, pensé que...

—Pensaste como una Jedi —la interrumpió con voz grave y profunda—. Te dejaste llevar por tus emociones. Lo que presencié en los sensores fue un estallido de Fuerza pura. Una onda expansiva que destrozó tres de nuestras propias unidades. Algo... primitivo.

Grievous frunció su ceño mecánico, mirando de reojo a Marina, que mantenía los puños apretados.

—No permitiré que me acuses de traición —dijo ella con voz firme—. No me alineo con la República ni con los Jedi. Defiendo a quienes me importan.

—Ese es tu error, niña —gruñó Dooku—. El apego es debilidad. La lealtad a individuos... te vuelve manipulable.

Hubo un silencio denso. Marina respiró hondo, pero no cedió terreno.

—Si lo que quieres es echarme, hazlo. Pero no esperes que me disculpe por defender a Grievous.

Dooku la contempló largamente, luego bajó la vista hacia el general herido. Su expresión se endureció de nuevo.

—Te necesito funcional, Grievous. Pero más aún... necesito que la controles. No podemos permitir otra escena como esta. El Consejo Jedi ya ha tomado nota.

—Ella me salvó —intervino Grievous con un tono gutural y decidido—. Si no hubiera intervenido, estaría muerto. Prefiero lidiar con su temperamento que reemplazarla por otro títere sin voluntad.

—Entonces la protegerás... hasta que yo diga lo contrario.

Se dio media vuelta, avanzando hacia la salida. Pero antes de cruzar la compuerta, se detuvo.

—Lord Sidious ya sabe lo ocurrido. Y ha tomado... interés. Espero que sepas qué significa eso, Marina.

Y se fue.

La puerta se cerró tras él con un susurro siniestro.

Grievous se giró lentamente hacia ella.

—Eso no sonó a advertencia... sonó a sentencia.

Marina bajó la cabeza por un instante, con los ojos ardiendo de furia contenida y temor.

—Entonces mejor me preparo para enfrentar al infierno... porque no voy a dejar que me separen de vos.

Grievous no dijo nada. Pero por un instante... sus ojos brillaron más suaves.

2 días después

Una grieta luminosa corto el vacío estelar. Del interior emergio una nave negra. La sola presencia de ese vehículo altera la energía del entorno. Los sistemas de defensa automática de la base de Grievous detectaron la intrusión... y luego colapsaron. No hubo alarmas. Solo se sintio una presión invisible, asfixiante, que se apodero de todo el lugar.

Marina se estremecio al sentir que la fuerza se agitó en su interior. Grievous, aún con el cuerpo parcialmente reparado, se irguió de su trono metálico y se aproximo a una consola para identificar al invasor.

—No puede ser… —gruño con un deje de molestia y miedo—. Sidious ha venido en persona.

—¿Eso es… malo? — pregunto Marina, aunque su corazón ya conoce la respuesta.

—Sidious no se mueve sin razón. Si está aquí… es porque ha decidido que es momento de actuar.

La atmósfera se plego sobre sí misma. Una energía oscura inundo la sala. La puerta principal tiemblo con un sonido sordo… y luego se abrio sola.

La figura de Lord Sidious atraveso la bruma. Su rostro estaba cubierto por una máscara elegante. A su lado, una figura encapuchada lo escoltaba en silencio: su aprendiz, Darth Rhexan. De su cinturón colgaba un sable doble, pero sus manos permanecian quietas.




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