La bahía de carga estaba sumida en penumbras, iluminada apenas por las luces parpadeantes de los paneles de control. El olor metálico de aceite y ozono aún flotaba en el aire después del combate. Grievous permanecía sentado en el borde de una de las plataformas, revisando las abolladuras de su armadura y el zumbido irregular de sus respiradores. Marina lo observaba en silencio, con los brazos cruzados, intentando ignorar el peso helado que se había instalado en su pecho desde la aparición de Lord Sidious.
—Grievous… —su voz sonó baja, insegura, como si temiera que las paredes pudieran escucharla—. Él no se va a detener. Si no hago lo que quiere, vendrá por ti.
Los ojos ambarinos del cyborg se alzaron hacia ella con un destello de irritación y algo más difícil de definir.
—No vuelvas a hablar así—gruñó—. Sidious no tiene poder sobre ti… ni sobre mí.
Ella forzó una media sonrisa.
—Si me entrego y finjo estar de su lado, puedo evitar que te destruya. Ya sabes… la heroína trágica que salva al general de metal malhumorado.
Grievous se irguió de golpe, avanzando hacia ella.
—No necesito que me salves. Y mucho menos de mí mismo. No soy débil.
—Tal vez no —replicó ella, encogiéndose de hombros—. Pero a veces parece que sí necesitas una niñera para que no te metas en problemas.
Un brillo de enfado cruzó los ojos del general, aunque su voz se mantuvo controlada.
—No necesito niñera. Necesito un segundo capaz de anticipar mis movimientos en combate, alguien que cubra mis flancos sin que deba ordenar cada paso. Eso no lo reemplaza nadie.
—Así que me quieres cerca por mis reflejos. Me siento halagada.— Marina levantó una ceja con una sonrisa burlona en su rostro.
Él no respondió de inmediato. La miró en silencio, con esa forma suya de analizar más allá de las palabras, como si pudiera atravesar la coraza de humor que ella interponía.
—Conmigo no tienes que fingir que no tienes miedo —dijo finalmente—. Ya lo he visto antes…
—Tal vez… pero si voy a caer, que sea con una buena broma.
Grievous soltó un leve resoplido metálico, una mezcla de fastidio y resignación.
—Eres imposible.
—Y tú gruñón, hacemos una buena dupla ¿no?
(...)
La figura imponente de Lord Sidious
contemplaba la conversación entre Marina y Grievous a través de la holotransmisión oculta. Un destello de interés cruzó su rostro mientras la joven sugería entregarse a él para proteger a su general. Sus dedos enguantados se entrelazaron con lentitud, casi con deleite.
—Así que está dispuesta… —murmuró, más para sí que para el droide a su lado.
Giró hacia la sombra que lo acompañaba.
—Conde Dooku.
—Mi señor —respondió el Sith con una reverencia.
—Dale a Grievous una misión. Que ataque la base en el sistema Dagobah. Los Jedi han enviado refuerzos allí. Me informaron que el maestro Yoda en persona la dirige.
—¿Quieres que Grievous ataque a Yoda? ¿Es una orden de destrucción o...?
—No. No quiero que destruya nada. Solo que atraiga a los Jedi lo suficiente… para que capturen a Marina.
—¿Quieres entregársela a los Jedi?
—Por supuesto que no —dijo Sidious con una sonrisa gélida—. Pero sé que no pueden matarla. La quieren como pieza de equilibrio. Creen que ella puede restaurar el desorden. Están convencidos de que, si está bajo su custodia, el Lado Oscuro se verá privado de su poder. Que la retengan, que la contengan… y eso solo la quebrará más rápido.
—Y Grievous…
—Se volverá una bestia sin control cuando vea que se la arrebatan. Su ira lo llevará a donde yo quiero. Después, tú le ofrecerás una opción.
—¿Aliarse con Rhexan?
—Exactamente. Que sepa que solo con él podrá recuperar a Marina. Que sepa que los Jedi la tratarán como una máquina. Pero yo… yo respeto el poder. Él lo sabrá.
(...)
El cielo pantanoso de Dagobah se iluminó con fuego. Las naves separatistas descendieron como rayos envenenados. El General Grievous lideraba la ofensiva, abriéndose paso entre los clones con una ferocidad descomunal. Mas atrás, Marina disparaba con su blaster.
—¡Yoda está aquí! —rugió Grievous—. ¡Encuéntrenlo! ¡Y destrúyanlo!
Pero pronto comprendió que algo no estaba bien. La formación Jedi no retrocedía… avanzaban, cerrando el círculo. Era una trampa.
Un escuadrón de élite se deslizó entre las raíces gigantes del lugar, y uno de los clones disparó un dardo envenenado directo al cuello de Marina. Ella cayó de rodillas, aturdida, antes de que Grievous pudiera llegar.
—¡MARINA! —bramó, activando sus cuatro sables con una furia incontrolable. Derribó a los soldados a su alrededor, pero los clones ya se la estaban llevando en una nave de transporte.— ¡NO!
Desde un risco lejano, Yoda lo observaba. Su mirada no era de odio, sino de profunda compasión.