La noche antes de la boda fue la última en que Alice se vistió con la pesadez de su vida anterior. El corsé apretado, la mirada en el espejo, todo le parecía irreal. No estaba allí, no en ese vestido blanco que se suponía debía ser su "gran día", sino en los brazos de Edward, en un futuro donde nada ni nadie la obligara a vivir según las expectativas de otros.
A las 11 de la noche, cuando la mansión Montclair se sumía en el silencio, Alice se deslizó por los pasillos, esquivando a los sirvientes y asegurándose de que nadie la viera. La casa era su cárcel, y esa noche, finalmente, ella escapaba.
Se encontró con Edward en la entrada trasera. Él la esperaba, vestido de manera sencilla, pero con esa mirada decidida que solo los que han tomado una decisión irrevocable poseen. "Es hora", dijo con voz grave, extendiéndole la mano.
Alice la tomó sin dudar, y juntos caminaron por la oscuridad de la noche londinense, rumbo al coche que los llevaría lejos. La ciudad parecía estar en silencio, como si supiera que algo importante estaba sucediendo. Una vida de secretos y noches apasionadas se había convertido en su refugio, y ahora, era el momento de vivirlo plenamente.