Durante las primeras noches del viaje, todo fue clandestino. Alice y Edward viajaban por caminos apartados, sin mirar atrás. Pasaban las noches bajo el manto estrellado, y sus cuerpos se encontraban en la intimidad de los pequeños alojamientos, cada encuentro cargado de la emoción de lo prohibido, de lo robado al destino.
Las caricias eran más intensas, los besos más ardientes. Alice nunca había imaginado que la libertad se sentiría tan explosiva, tan llena de posibilidades. Sin embargo, aunque el amor que compartían era su mayor tesoro, el miedo acechaba en cada rincón. Sabían que en cualquier momento, la familia de Alice podría descubrir su huida y desencadenar una persecución que los alcanzaría sin piedad.
Pero mientras las noches pasaban, Alice se sentía más viva que nunca, más conectada con Edward que con cualquier otra persona. En esos momentos a solas, se olvidaba de las leyes del mundo exterior. Solo existían ellos, su amor y la promesa de que nada ni nadie los separaría.
Llegaron a un pequeño pueblo costero, lejos de la pompa y el bullicio de la alta sociedad. Allí, Edward y Alice pudieron comenzar una nueva vida, aunque el eco de su huida nunca dejaría de resonar en sus corazones. Habían encontrado la libertad, pero también sabían que su amor siempre estaría marcado por el riesgo, por las sombras de su pasado.
Cada día era un nuevo comienzo. Alice ya no era la prisionera de su apellido ni de las expectativas de su familia. Era libre para bailar, para amar, para ser quien realmente quería ser. Y mientras Edward estaba a su lado, con su amor y su apoyo, sabía que no importaba lo que el futuro les deparara. Juntos, habían creado un refugio donde podían ser verdaderamente ellos.