Tres años habían pasado desde que Alice y Edward huían juntos, dejando atrás una vida llena de expectativas y obligaciones. Su amor, que una vez fue un secreto prohibido, ahora era su mayor tesoro, un refugio que construyeron con esfuerzo y dedicación. Habían encontrado la paz en un pequeño pueblo costero, donde la gente los conocía solo por su nombre y no por su pasado.
La vida era tranquila, pero no menos emocionante. Alice había comenzado a enseñar ballet en una escuela local, algo que nunca imaginó que haría, pero que le permitió compartir su pasión de una forma sencilla y genuina. Edward, por su parte, había encontrado su lugar en la comunidad como profesor de danza y, a veces, como coreógrafo para producciones teatrales pequeñas. Juntos, formaban una pareja respetada, no solo por su talento, sino por la calidez con la que trataban a todos los que los rodeaban.
Un soleado día de verano, Alice y Edward se encontraban en la orilla, caminando con sus manos entrelazadas. El sonido de las olas y el aroma a salitre llenaban el aire mientras el sol comenzaba a ponerse en el horizonte.
"¿Recuerdas cuando huimos?", preguntó Alice, mirando a Edward con una sonrisa melancólica.
Él la miró, la misma sonrisa tierna en su rostro. "Lo recuerdo como si fuera ayer. Nunca supe si estábamos huyendo o buscando algo, pero lo que encontré fue más de lo que esperaba."
Alice suspiró, feliz, pero también pensativa. "Y aquí estamos. No podría haber imaginado una vida mejor."
Edward la abrazó, besando su frente con suavidad. "¿Me dejas hacerla aún mejor?"
Alice lo miró, sorprendida y llena de emoción. "¿Qué quieres decir?"
"Quiero casarme contigo, Alice. No solo porque lo desee, sino porque quiero prometerte, cada día, que siempre seré tu refugio, como tú has sido el mío."
Sus palabras, llenas de sinceridad y amor, hicieron que los ojos de Alice se humedecieran. Con una sonrisa, asintió, sin dudar ni un segundo. "Sí. Sí, Edward, quiero casarme contigo."
La boda no fue grandiosa ni ostentosa, pero fue perfecta para ellos. Se celebró en un jardín cerca del mar, rodeados de algunos amigos cercanos, quienes los habían apoyado durante su huida y su nueva vida. Alice llevaba un vestido sencillo, blanco, hecho a mano por una modista local. Edward, con su traje oscuro, parecía más apuesto que nunca, su sonrisa brillando al ver a Alice caminar hacia él.
El sí de Alice fue seguido por un beso apasionado, y así, sellaron su amor frente a los pocos que sabían lo que realmente había costado llegar hasta allí. Fue un momento de pureza, una promesa renovada de amor y compromiso.