El sol mañanero baño mi rostro y la habitación. Era un día despejado y algo caluroso, di vueltas en mi cama intentando quitar la pereza. Amybeth, una de las sirvientas de la casa, me dedico una sonrisa mientras acomodaba las cortinas.
Podría decir que no solía verla como una sirvienta ya que había pasado toda mi vida bajo su cuidado y de su mano. La podría ver como una hermana mayor, aunque ella no era tan adulta sino mas bien de una complexión fina y joven. Había entrado a trabajar en la mansión unos dos años después de que yo nací, en ese momento ella tenía unos 16-17 años.
—Buenos días, Alice— camino hacía mi armario.
—Buen día, Beth — bajé de mi cama y me dirigí hacia ella. Mientras escogía un vestido, yo me quitaba el camisón despacio—¿Sabes qué día es mañana, no es así? — lavé mi cara y me acomodé el pelo tras la oreja.
—Depende— Sentí su voz divertida.
—¿Sí?— me coloque el corsét con su ayuda.
— Cumples dieciséis—respondió.
Y estaba en lo correcto. Mañana era mi cumpleaños, uno más pero no uno cualquiera.
—Estoy algo nerviosa.
Arreglo mi vestido lentamente y me acerque al tocador mirando directamente al espejo.
—Yo también suelo estarlo en mis cumpleaños —tomó el cepillo y empezó a peinarme lentamente.
—Y miedo. Tengo miedo — suspiré
—Estoy segura que lo que sea que tu padre haya dejado para ti, no es algo por lo cual debas tener miedo.
Me di vuelta hacía ella mientras jugaba con mis dedos.
—La verdad es que, he esperado esto por años y quiero, más bien anhelo, saber que es—sonreí tranquila.
Hace ya unos años, en mi cumpleaños número ocho, mi Tía me reveló que mi padre me había dejado algo especial, exactamente para mi cumpleaños número dieciséis. No tengo detalles exactos de que era ni que podría ser, lo único que tenía es saber que le pretencio a él y eso, era algo especial para mí. Tal vez ese mismo hecho era el que me generaba ansiedad. Tener algo de mi papá, algo suyo que ahora sería mío.
Beth terminó de arreglar mi cabello y tome camino hacía el comedor. Bajé los escalones algo perezosa y cuando crucé el pasillo, Tía estaba ahí sentada mientras ojeaba un periódico nuevo.
—Buenos días, Tía— me senté junto a ella.
—Buenos días— sin sacar su vista de su lectura.— Es un día bastante cálido.
— Ciertamente.
El desayuno siguió con una plática ligera sobre el clima, últimos chismes de la ciudad y uno que otro comentario sobre el baile Otoñal.
—Tía, sobre mañana, la verdad es que yo...
—¿No vas a cancelar la fiesta de cumpleaños que te he preparado, verdad?— pregunto, dejando su periódico de lado.
—Tú sabes que...— respolé y me deje caer más en mi silla— Sabes que no tengo amigas, amigos. No se que tan necesario es hacer una fiesta.
—No tienes amigas porque no quieres tenerlas, Alice— me reclamó.
—Lo he intentado pero no lo he logrado— me defendí.
Ella había organizado una celebración con gente conocida, como era demasiado importante y solo se cumplía dieciséis una vez en la vida según sus palabras, decidió que daríamos un banquete sencillo.
—Mañana es un buen día para que vuelvas a intentar— me pidió, algo que sentía que fue una orden.
—Muy bien, esperemos que esta vez encuentre alguien que comparta mi forma de pensar— solté con la voz ronca mientras jugaba con la cuchara sobre mi té frío.
—Tengo que ir a atender unos asuntos para mañana, como estoy segura de que no quieres ir, no te ofreceré una invitación a la ciudad.
—Correcto— la mire amigable.
Ella correspondió mi gesto.
—Disfruta el día, vuelvo para la cena— me informó.
Ella se marchó hacía sus quehaceres y yo decidí ir hacía los míos. Mi tía me daba bastantes libertades pero dentro de ellas existían las obligaciones también. Clases de lengua, idioma, piano. Una de mis obligaciones favoritas era el piano. Amaba tocarlo. Conocía cada tecla a la perfección, cada vez que me sentaba frente a uno podía expresar lo que pensaba mediante la música, las melodías.
A media tarde, decidí salir a tomar un poco de aire de campo. Nuestra mansión estaba bastante alejada de la ciudad, a unos quizá veinte o treinta minutos a carruaje. Por un lado nos rodeaba el inmenso y hermoso bosque. Por el otro, los campos de trigo, flores y maleza.
Caminé por el jardín hacía el muro de piedra cobriza que rodeaba la casa. Lo crucé y sentía como la maleza alta cosquilleaba entre mis piernas. El cielo estaba de un celeste intenso y sin ninguna nube estorblandolo.
Me recosté en el césped cuidadosamente mientras perdía mi mirada hacía arriba. El sol incandilaba mi vista haciéndome entrecerrar los ojos. Los pensamientos vagos sobre mi padre me visitaron. Solía recordar las tardes en el campo, las cabalgatas por el arroyo o su voz tarareando esa vieja canción una y otra y otra vez. Me preguntaba por qué no pude tener suficiente tiempo con él, un poco más, para entenderlo todo.
Siempre había sido esclava de la arrogancia pero la verdad era que yo solamente era una casi huérfana sin un padre y sin una madre. No tengo recuerdos de mi madre, tampoco retratos de ella. Mi padre solía decir que pasaron demasiado tiempo entre sus barcos y el mar por lo que no tuvieron oportunidad de plasmar su belleza en algún cuadro. Por supuesto que me hubiera encantado conocer más sobre mi madre, su rostro, su cariño. Me debía conformar con que mi padre me decía que mi rostro le recordaba tanto a ella. Que era su retrato vivo. Ese era uno de mis mayores consuelos.
El viento soplo y se sintió algo fresco. Mire hacía un lado y decidí retomar el camino a la mansión. Me levante del suelo y me sacudí acomodando mi cabello.
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Editado: 31.07.2026