Alice y el Collar de Suller (saga #1)

Capítulo IV: El Portal

— Agh, diab… —susurré apretando mis dientes por el pinchazo en mi hombro.

— Lo siento, señorita Alice.

—No te preocupes—aclaré en un tono suave.

La modista terminaba los últimos ajustes al vestido que llevaría para la fiesta a la que fuimos invitadas junto a mi tía. Era un azul cielo con blanco y detalles dorados, el cuello tenía un delicado encaje blanco y hacía juego con unos guantes de seda. En la parte trasera de la cintura, lucía un perfecto moño celeste de un tono más oscuro. Para mi gusto, era algo muy extravagante e incómodo. Pero mi tía lo envió a confeccionar para mí, así que solo por ella soportaría verme como una dama de la alta sociedad, solo por este día.

Me mire al espejo y mi mirada se perdió en el collar. Lo ocurrido ayer en la tarde por el campo me costó dormir e invadía mis pensamientos cada tanto. Quería poder hablarlo con mi tía, estaba decidida a hacerlo después de la fiesta.

Cuando acabé con el vestido, Emily me arregló el cabello delicadamente. Lo recogió apenas y dejó caer algunas mechones a los costados, agregándole unos adornos dorados y pequeños.

Al bajar, cruzaba hacía la puerta principal y noté a mi tía en el salón, estaba en la ventana y con la mirada perdida en algún punto fijo de afuera. Me apoyé en el marco y crucé mis brazos.

— Que bien se ve, mi Señora—mi voz la hizo sobresaltar. Ella se giró y me sonrió levemente.

Llevaba un vestido rojo oscuro que resaltaba su piel morena. Junto unos guantes negros de encajes y el cabello recogido elegantemente.

—Pero tú te ves aún mejor— extendió sus manos y me acerque tomándolas.

—¿Ya estás lista?

—Por supuesto—asintió—. Vámonos o llegaremos tarde.

No tuvimos mucha plática en el camino a la Casa Real. La notaba algo tensa pero imaginaba que seguro era por la reunión. Ese tipo de cosas siempre la ponían nerviosa. El resto del camino me dediqué a observar por la ventanilla. El día estaba despejado y el sol brillaba cálidamente.

Cuando el carruaje se acercaba más, distinguí los enormes portones de color dorado que se alzaban hasta arriba. Se abrieron y en cada lado había unos cuantos guardias con uniforme. Antes de llegar a las puertas de la Casa, se extendía un jardín verde lleno de flores de varios colores, plantas bien cuidadas, algunas fuentes y estatuas diferentes.

Paramos frente a la entrada y junto a nosotras llegaban otros invitados vestidos ostentosamente. La Casa Real era enorme, juro que parecía tocar el cielo. Era de un color crema con unos grandes ventanales dorados. Detalles cuidadosos y plantas que decoraban su alrededor.

—Es majestuoso —me habló mi tía al notarme atenta a la estructura.

—Mucho— agregó.

Caminamos a la entrada donde nos recibieron cordialmente y nos indicaron por donde ir. Dentro de lo que era el camino hacía el jardín, del techo colgaban candelabros brillantes, las paredes eran de un tono salmón claro y algunos pasillos tenían papel tapiz en las paredes con diferentes patrones de formas. Cuadros de óleo de diferentes temáticas. Todo era muy lujoso y elegante.

Al llegar a la fiesta en el jardín principal, me encontré con caras conocidas y desconocidas. Había todo tipo de nobles presentes en la reunión, los sirvientes servían bocadillos y bebidas de aquí para allá. La decoración era simple pero a la vez elegante y acorde a la fiesta. Las flores le daban el toque decorativo a lo que era la primavera.

Me quedé con mi tía un rato mientras ella conversaba con otras señoras. Las preguntas hacía mi eran simples y yo respondí lo justo así como necesario a cada una. Recibí algunas felicitaciones por mi cumpleaños, las cuales agradecí. A la media hora me aburrí del lugar, mire los alrededores y frote mi brazo despacio. El guante empezó a darme picazón.

—Tía…—le hablé en lo bajo. Ella detuvo su atención en la charla y me hizo un gesto—Si no te importa, voy a caminar un poco.

—Por supuesto, querida— me sonrío —Estaré aquí.

Yo asentí y saludé con la cabeza a las demás. El sol comenzaba a pegar un poco pero no era insoportable dentro de todo. Tomé una copa de lo que parecía jugo de naranja para calmar la sed del momento

—Lady Alice— escuche detrás de mí. Volteé y ahí estaba Darling. Perfecto. Era lo que me faltaba, tener que socializar en una reunión social.

— Darling...— ladeé mi cabeza en forma de saludo y ambas hicimos una reverencia.

— Que gusto verla— imitó el saludo.

— Igual me da gusto.

— Es una fiesta muy bonita, la más esperada del año. ¿No le parece? — miro el alrededor y movió su abanico.

— Si. De hecho, la primera que quizás sea de mi agrado— me lleve las manos hacia atrás y me tambalee despacio.

Ella rió con gracia. Sus gestos y movimientos eran demasiado perfectos y delicados. Darling tenía el cabello tan negro como la noche, ojos marrones claro, que bajo la luz del sol se veían más hermosos y la piel blanca como la nieve. Vestía un hermoso vestido blanco de encajes dorados. Y como puedo olvidar mencionar su parasol del mismo tono.

—Has visto, ¿si se encuentran los Devonshire? — soltó en lo bajo junto a una risita.

— No los he visto, pero imagino que no se perderían esta reunión — contesté. De seguro buscaba a Simón.

— Tienes toda la razón. Iré con las demás señoritas, ¿quieres acompañarnos? — me hizo señas y ubiqué a su grupo más atrás.

En realidad no. No quería quedarme con ellas, quería seguir recorriendo la fiesta tranquila sin tener que conversar con nadie por más de cinco minutos.

— Yo... Yo las alcanzaré luego, voy a seguir recorriendo la fiesta— excuse.

— De acuerdo, nos vemos en un rato— se despidió y también lo hice.

Caminé un poco más entre la gente y fui directo al laberinto de arbustos y flores que estaba en el centro. Me infiltré en él y el barullo comenzó a cesar a medida que avanzaba. Los caminos estaban muy bien cuidados y de un color muy vivo. Se decoraba con algunas estatuas de ángeles con fuentes o de animales.




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