Alice y los Horrores de Wysteria

1-. La Madriguera del Conejo.

Alice contaba aburrida las hojas que había escrito ese día totalmente aburrida. La biblioteca en sí era aburrida

— 26… 27… 28… 29…—se detuvo al notar la ausencia de una sola, la cual se había caído a la alfombra a causa de la brisa qué daba la noche luego de dejar su ventana abierta.— 30, son todas… espero, tengo mucho sueño para darme el lujo de quedarme despierta hasta más tarde.

Dejando todo en la mesa se regresó de vuelta a su cuarto, bien en claro le había dicho si padre que no se quedara sola a altas horas de la noche en la biblioteca porque podría lastimarse y que debía apagar la chimenea, para evitar que ocurrieran accidentes, porque sería difícil reconstruir una mansión tan antigua Cómo en la qué vivían y las cosas de valor sentimental se perderían con las llamas. Asegurándose qué el fuego se hubiera extinguido en su totalidad, lanzó un tronco completamente nuevo y apagado a la chimenea para que fuera encendido al día siguiente. Había lugares fríos como la biblioteca qué debían mantenerse calientes para que ella y su mamá pudieran estar sin problemas.

Miró la oscuridad del pasillo qué solo era iluminado por la luna qué entraba por la ventana, pareciera que le daba la bienvenida para que fuera a aventurarse en su interior, que viera los horrores qué se ocultaban ahí.

Trago un poco mientras se armaba de valor y avanzaba rápidamente por las largas escaleras qué daban directo a donde estaba su cuarto, el cuál era el único con la puerta abierta. Agudizó su oído tratando de asegurarse qué sus padres se mantuvieran dormidos para que no la vieran despierta y la regañaron por desvelarse la última vez.

«Ya tuve suficientes regaños.—pensó Alice—, solo quiero irme a mi cama y dormir como un tronco»

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Se quedó mirando el techo un largo rato mientras tenía las cobijas cubriendo hasta la barbilla, con sus pies fríos y la nariz de igual manera. No podía prender la chimenea porque no se calentaba lo suficiente en las noches y el calor no llegaba a donde ella estaba.

Así que mejor se levantó a buscar otra cobija para cubrirse sus fríos pies qué le recordaban a las estacas de hielo del invierno.

— Y aun estamos comenzando El otoño, es injusto, ¿verdad Mr.Twilight?—preguntó a su fiel amigo qué se hallaba sentado en un mueble y que la veía fijamente con unos ojos rojos. Mr. Twilight era un adorable conejo de peluche totalmente blanco con un mono rojo que lo había resaltar, un regalo de su padre cuando cumplió 3 años de vida, desde ese entonces lo ha cuidado como si fuera su propia vida.— ¿Dónde guardan las cobijas?—se preguntó mientras abría un mueble encontrando una hecha con lana de oveja cupido cuerno. Volvió corriendo a su cama mientras se cubría hasta la cabeza nuevamente, solo sacando su mano para agarrar a su conejo y meterlo con ella.

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«Alice…»

Se removió en sueños mientras abría sus ojos de forma perezosa, aunque volvió a cerrarlos por el sueño qué tenía encima.

«Alice…», de nuevo esa fastidiosa voz llamándole, abrió sus ojos asomándose un poco viendo la oscuridad de la habitación, volviendo a acomodar su cabeza en la almohada dispuesta a seguir durmiendo. «Alice…», enojada volvió a mirar para ver quien era el chistoso en hablarle en plena madrugada y arruinarle su corto horario de sueño. Dio un salto fuera de su cama mirando por todos lados sin ver al culpable, hasta escuchar la puerta abrirse silenciosamente, aunque rechinó un poco, acercándose temerosa, miró por el oscuro pasillo nuevamente. Ambos lados se veían varios, aunque al ver el lado izquierdo notó una figura dar saltos rápidos, así qué decidió seguirla por todo el lugar, pisando la alfombra para no causar ruido alguno para no despertar a sus padres qué dormían puertas alejadas a la de ella.

Miró las grandes escaleras que daban a la entrada y a la pequeña figura saltar al exterior, así que se armó de valor y corrió a perseguirlo.

— ¡Miren qué tarde es, me voy me voy!—Alice llegó ante él jadeando cansada, antes que le acercaran el reloj a la cara.— ¿No ves, no ves? ¡Ya son más de las 3! ¡Me voy, me voy, me voy! ¡Qué tal, adiós, adiós!—y lo vio correr rápidamente al interior del bosque.

— ¿Un conejo con un reloj? ¿Porque se le hace tan tarde?, ¡Señor conejo!—comenzó a perseguirlo al interior mientras alzaba la falda de su pijama por todo el lugar, hasta verlo entrar a una madriguera.— ¡Señor conejo, esperame!

— ¡No, no, no. Yo ya me voy, sin nada yo ya estoy! ¡Si llego tarde, su majestad se enfadara!

— ¡Señor conejo!—gritó Alice al verlo entrar y salir nuevamente a despedirse.— ¡¿Puede decirme al menos a donde va?!

— ¡Con su majestad, la reina!

— ¿La reina?—preguntó confundida, aunque no pudo llegar lejos cuando cerró una pequeña puerta frente a su cara.— Pero qué conejo más grosero, no me dijo a dónde iba, ¿Y si lo acompañó a verla?

— ¿Acompañar a quien?—Una voz tenebrosa habló detrás de ella, cosa que la hizo dar un pequeño brinco antes de que la elevaran y tuvieran en brazos, no opuso resistencia, ya que sabía quien era.

— Al señor conejo, pero ya se fue.—explicó Alice al hombre que la tenía ahora en brazos mientras lo volteaba a ver, sabía quien era, creció viendo ese rostro que se mostraba siempre amable con ella y su madre.— ¿Te desperté, papi?—preguntó viendo al hombre.

Aunque se encogió de hombros al ver la expresión qué él tenía ahora mismo, no estaba para nada contento al verla despierta a esas horas de la noche y más que nada en la entrada del bosque.

— ¿Se puede saber qué haces aquí afuera, sola?—le preguntó en un tono firme qué Alice interpretó como un regaño severo.— Mas importante, ¿Porque ibas a entrar al bosque sola?, ya te hemos dicho miles de veces que no puedes entrar a menos que vayas acompañada.

— Pero… El señor conejo.




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