Alice y los Horrores de Wysteria

3-. Oda a la Madre Circense.

«Tweedledum y Tweedledee, la estrella gemelar de nuestro circo», leyó Alice el panfleto qué había entrado por la ventana del tren en movimiento, soltó un largo suspiro, ya llevaba 3 horas de viaje y el Castillo de la Reina parecía lejano. Se levantó dispuesta a buscar algún aperitivo, pero terminó dando un grito cuando una cara familiar apareció frente a ella.

— ¡Briastan!

— Niña enserio, necesitas acomodar tu bolsa, mis restos están incómodos.—se quejó Briastan, quien atravesaba el asiento del tren y salía, estirandose.— Me debiste esperar, no sabes llegar al castillo de la reina y si te encuentras al Señor Rojo, vas a perder la cabeza, ese tipo no es alguien paciente y mucho menos con niños como tú.

— Cómo si necesitará tu ayuda, gracias, yo solita puedo llegar a con la Reina y evitar a ese dichoso rey.—dijo cruzándose de brazos e ignorándolo. Mientras avanzaba en busca del extraño comedor del tren, los rieles pasaron a máxima velocidad bajo el suyo, dando un brinco para dar al siguiente vagón y ver a varias hadas comer. Se sentó en la más alejada de todos mientras leía el menú.— La mayoría es comida de mi mundo… Oh, siempre he querido probar la sopa de cerdo, jamás me han dejado comerla.—dijo en cuanto mencionó el platillo, este apareció frente a ella, al Igual que una nota que dejaba en claro cuántas monedas debía dejar.

Alice abrió la bolsita, sorprendiendose al ver cómo eran las monedas en sí, parecían gemas, pero las tallaron de dicha forma hasta darles formas de moneda y hasta sus propias imágenes tenía.

Las monedas eran grandes y pesadas, con un brillo suave que parecía emanar de dentro. Cada una tenía un rostro tallado en relieve, con máscaras de plumas y coronas que parecían danzar en la luz.

La primera moneda mostraba el rostro de un hombre con una sonrisa enigmática, su máscara de plumas parecía estar a punto de volar. La segunda moneda presentaba el rostro pacífico de una mujer, su máscara de plumas parecía estar en armonía con su sonrisa serena.

La tercera moneda era diferente, mostraba el rostro desquiciado de una mujer, su máscara de plumas estaba cubierta por un velo que parecía ocultar un secreto. La última moneda mostraba el rostro de un hombre sonriente, cargando a un bebé envuelto en sus brazos, su máscara de plumas parecía estar bailando con alegría.

— ¿Puedes escucharme?—preguntó Briastan volviendo aparecer a lado de ella, asustándola al grado de casi tirar sus monedas.

— No, no voy a ser tu sirvienta en ayudarte a Recoger quien sabe cuantas cosas para que luego no me lleves a la reina, así me niego rotundamente.—dijo firme Alice recibiendo su platillo luego de dejar la cantidad de monedas de la nota, empezando a comer. Podía sentirla grasosa y también muy suave los vegetales qué eran escasos.— Me quemé la boca.—dijo con la boca abierta mientras hacía lo posible para no lastimarse con lo caliente, incluso soplando.

— Bien, prometo que no voy a tratarte como sirvienta o desecharte una vez tenga mi cuerpo completo, si llego a romper mi palabra… me das un golpe.

— ¿Lo prometes?—preguntó Alice casi a la mitad de su plato, girándose a verlo «¿Y cómo voy a golpearlo?», pensó eso último confundida, mientras se estiraba un poco.

— Lo prometo.—Lo juro, fue así que estrecharon sus manos, aunque para Alice fue sorpresa ver un lazo dorado envolver ambos brazos, como si hubieran hecho un pacto prohibido.

— Bien, ¿Pero si me ayudas?—preguntó Briastan de nueva cuenta.— Sabes algo, Olvida el peluche, solo ayúdame a reunir las partes de mi cuerpo, metí los huesos dentro, solo Necesitamos las demás y se donde pueden estar.

— ¿Cómo lo hiciste sin qué me diera cuenta?

— Cuando te estabas despidiendo de las hadas y varias te interrogaban, mira te explico…—Pero antes que Briastan empezará a hablar, el tren frenó de golpe haciendo a varias hadas y a Alice caer al piso, golpeándose de forma brusca.

Todo mundo se quejó ante el golpe mientras se ponían de pie escuchando los chirridos del tren en frenar lo más pronto posible. Escuchó el alboroto del otro vagón, así que se puso de pie sacudiendo su vestido, el cuál volvió a ponerse para no andar en ropa interior. Avanzó con paso firme tomando su bolso rápido al ver la escena de unos actores de circo, parecían famosos por el lugar, ya que las hadas se veían emocionadas al verlos.

Podía ver payasos de circo, un hombre que era fuerte, una bailarina qué siempre permanecía de pie en las puntas de sus dedos. Todos actuaron con cautela y precaución, hasta que un payaso se le acercó a la cara, dándole un boleto.

— ¿Qué…?—leyó el boleto entrecerrando sus ojos ante la letra tan pequeña qué era.

— No entiendo nada.—dijo Briastan sin ser capaz igual de leer la letra. Aunque Alice gritó cuando un payaso en específico se le acercó demasiado, tenía la piel más pálida qué jamás haya visto, era similar a la piel de su padre, aunque como si la hubieran mezclado con algo más. Miró mejor al payaso y este era de su misma altura, la cara de un hombre de unos 50 años y no tenía pelo más que dos cejas muy tupidas.

La ropa era una camisa de rayas rojas y un overol verde, además de unos zapatos exageradamente grandes con un gorrito con banderita al principio.

— Es horrible…—murmuró a Briastan, agradeciendo qué el payaso no la había escuchado.

—Me llamo Tweedledum—dijo el hombre, su voz gruñona pero con un toque de formalidad.— Y tú, ¿quién eres?

Alice se sintió un poco sorprendida por la presentación de Tweedledum, pero intentó mantener la calma.

—Yo soy Alice—respondió, tratando de sonar amistosa. Tweedledum la miró con curiosidad, su expresión gruñona suavizando ligeramente.

—Alice, ¿eh?—repitió.—No conozco a ninguna Alice por aquí.

De repente, un hombre idéntico a Tweedledum apareció a su lado, aunque éste era más flaco y con cabello en la cabeza, además un overol con los colores invertidos.




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