Lejos del circo, a horas de distancia quizás, algo avanzaba lentamente por el jardín. Pasaba entre las hadas sin que estas prestaran verdadera atención, como si su presencia estuviera envuelta en una capa de indiferencia forzada… o miedo.
— ¿Es un hada enferma?—preguntó una pequeña, inclinando la cabeza mientras se acercaba con curiosidad.
La criatura no la miró siquiera. Solo extendió una mano grisácea y temblorosa y, con una suavidad casi antinatural, apartó a la niña de su camino. Siguió avanzando, cojeando, dejando una estela de líquido oscuro que goteaba desde su pierna herida.
Entonces lo vio.
El cuerpo de Jobo Jobo yacía inerte en el suelo, ya en las primeras fases de la putrefacción. La piel se había vuelto amoratada y verdosa, hinchada en algunas zonas, hundida en otras. Moscas negras revoloteaban sobre las heridas abiertas, y el olor a descomposición impregnaba el aire como un manto asfixiante.
La sangre coagulada formaba un charco espeso y oscuro alrededor de la herida fatal.
Y allí, como un estandarte macabro, la lanza seguía clavada en el cráneo del monstruo, su asta salpicada de manchas secas y grietas teñidas de rojo oscuro.
La criatura se inclinó.
Un sonido húmedo y viscoso acompañó la extracción del arma.
Tomó la lanza entre sus dedos deformados. La madera aún estaba tibia. Aún guardaba un eco… un pulso... un residuo mágico.
La criatura cerró los ojos, concentrándose.
Y lo sintió.
Una vibración suave, como un soplo de viento en una tumba abierta.
Una magia neutral, indómita. Nueva. Inesperada.
Bruja. Era la magia de una bruja.
No de las antiguas. No de las perdidas. No de las caídas.
Una magia joven. Fresca. Cruda. Potencialmente devastadora.
La criatura abrió los ojos, que brillaron con un reconocimiento antiguo.
— Luego de muchos milenios…—susurró con una voz que sonaba quebrada, como si saliera de un pecho lleno de agua— …una messiah ha nacido.
Dejó caer la lanza, que cayó al suelo con un golpe seco y hueco.
Y siguió avanzando, arrastrando su pierna rota, mientras las hadas la observaban desde la distancia, sin atreverse a acercarse.
═══════ ≪ •❈• ≫ ═══════
El Rey de Alcathassia llevaba días sin dormir. Su mirada, enrojecida y hundida, revelaba la mezcla corrosiva de ira y desesperación que lo consumía. Los salones del castillo se habían vuelto silenciosos, y los sirvientes evitaban cruzarse en su camino; sabían que cualquier palabra mal dicha podía encender su furia.
El agujero en el jardín aún seguía allí, cubierto ahora por telas y sellos mágicos colocados por los magos del reino. Pero ni la magia ni la fuerza habían servido de nada. Alice había desaparecido sin dejar rastro.
Las sirvientas repetían una y otra vez la misma historia. Que la niña estaba jugando entre las flores esperando a sus padres, que la niñera se distrajo apenas unos segundos, que la tierra se abrió como si respirara, que una mano en forma de raiz la arrastró hacia la oscuridad.
Y luego, nada.
El Rey sostenía entre sus manos el peluche favorito de su hija, un conejo blanco con rubíes. Era lo único que tenian para poder encontrarla. Lo apretó con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron mas blancos de lo que su pálida piel se encontraba.
— Él…—susurró con voz casi quebrada, llena de furia.— Solo él sería capaz de algo tan vil.
El consejero mayor, que lo observaba desde el umbral, tragó saliva.
El nombre del sospechoso no fue pronunciado, pero un escalofrío recorrió el salón. Aquello era algo de lo que nadie quería hablar, algo que muchos creían que solo existía en historias para asustar a los niños.
Pero el Rey no tenía dudas. Sabía a quién buscaba. Sabía quién habria roto la paz de Alcathassia. Sabía quién podría tener a su hija.
═══════ ≪ •❈• ≫ ═══════
— Les dije que dejen de intentar matarse.—dijo el hombre con una mirada severa, observando a los dos jóvenes que jugaban con las herramientas del campo, dejándolas caer con descuido.
— ¡Ella empezó! —se defendió uno de los jóvenes señalando a su compañera, quien lo volvió a amenazar con el puño en alto..
— No me importa quien empezó —interrumpió el hombre con firmeza—. Pónganse a trabajar antes de que me enoje.—les advirtió fríamente, mientras ambos se ponían manos a la obra con rapidez.
El sol comenzaba a descender en el horizonte, proyectando una luz dorada sobre el extenso campo de cultivo. La tierra estaba llena de vida, con montones de vegetales de tamaño considerable que se elevaban hacia el cielo. Flores de colores vibrantes salpican el paisaje, y un pequeño grupo de tulipanes naranjas se destacaba en particular, su belleza contrastando con la rudeza del trabajo en el campo.
Perfectamente ordenados en lo que se podía interpretar como una tumba.
— Juro que si vuelven a empezar voy a…—antes de siquiera poder terminar la frase algo lo había derribado, causando el gritó de pánico de ambos jóvenes.
— ¡Señor Caín!—gritaron asustados. Habían logrado identificar la silueta, cosa que les causó más miedo y sin saber cómo reaccionar.— El Empalador.—murmuraron asustados mientras se abrazaban.
“Vlad el Empalador" era un hombre alto, delgado y con musculos notorios, con ojos rojos y penetrantes que parecían ver a través de aquellos que se le acercaban. Su rostro era pálido y afilado, con una nariz larga y una boca fina que parecía estar siempre fruncida en una expresión de desdén. Llevaba el cabello negro y largo, que caía sobre sus hombros como una capa de noche. Su presencia era imponente y aterradora, y aquellos que se le acercaban no podían evitar sentir un escalofrío de miedo.
Pero ahora mismo ardía en furia, si no fuera porque Caín logró detenerle el brazo la situación hubiera acabado peor a ojos de ambos jóvenes que no podían hacer mucho.
#2501 en Fantasía
#572 en Fanfic
hadas y brujas, alicia en el pais de las maravillas, sombrerero
Editado: 25.01.2026