Alice y los Horrores de Wysteria

6-. El Acto Final, La Bestia.

Alice no sabía cuántos días habían pasado desde que llegó al circo. Tal vez semanas… tal vez más. El tiempo ahí dentro parecía respirar distinto, como si cada amanecer fuera una repetición deformada del anterior. Pero entre todo lo extraño, había algo que la atormentaba más que nada: Lyra.

La bailarina ya no era la joven luminosa que la había recibido con una sonrisa amable. Su piel, antes suave y radiante, ahora tenía un tono pálido enfermizo, casi translúcido, como cera derretida. Manchas oscuras habían comenzado a formarse en sus mejillas y alrededor de los ojos, dándole un aspecto cadavérico que Alice no podía dejar de mirar con preocupación.

Y no era solo el aspecto.

Lyra había desarrollado una inquietante obsesión por la carne cruda. La devoraba con las manos temblorosas, dejando hilos de sangre correr por sus dedos mientras gruñía si alguien intentaba acercarse o hablarle. A veces mostraba los dientes, afilados… o tal vez solo era la sombra, pensaba Alice, tratando de convencerse.

Pero lo peor era la piel.

Se le desprendía en fragmentos. Pequeños al principio —como si hubiera tomado demasiado sol y se descarapelara—, pero pronto empezaron a caer trozos más grandes y húmedos, dejando ver áreas grisáceas y blandas debajo. Un olor nauseabundo la rodeaba, mezcla de humedad, carne vieja y algo extraño, como tierra podrida.

Aun así… aun así la obligaban a bailar.

El Maestro de Ceremonias no aceptaba excusas. Y Lyra, temblorosa, envuelta en vendas frescas que no duraban limpias ni un solo acto, seguía moviéndose en el escenario. Paso tras paso, giro tras giro… dejando una estela de piel suelta y gotas oscuras que las otras artistas limpiaban de inmediato para no ganarse un castigo.

Alice observaba desde las sombras, con la garganta apretada y los ojos húmedos.

Algo terrible le estaba pasando a Lyra.
Y en el Circo Maldito, lo peor de todo era saber que nadie, absolutamente nadie, parecía encontrarlo extraño.

Blinky también estaba cambiando.

No era una enfermedad normal, Alice lo sabía. Su piel se había vuelto grasosa, brillante como si estuviera cubierta por una capa de aceite rancio, y desprendía un olor a podredumbre que le retorcía el estómago. Más de una vez tuvo que contener la respiración para no vomitar cuando él se acercaba demasiado, sonriendo con esos dientes manchados que parecían hundirse en su carne enfermiza.

Pero lo peor no era el olor. Era la forma en que su piel… se deshacía.

A diferencia de Lyra, que perdía trozos pequeños, Blinky dejaba manchas completas de carne blanda allá por donde pasaba, como si alguien hubiera arrojado pedazos de una vela derretida sobre la carpa. A veces, cuando se reía, la piel de sus mejillas se abría un poco más, dejando ver un destello gelatinoso debajo. Y aun así, seguía actuando, seguía riendo, seguía fingiendo normalidad.

Alice comenzó a evitarlo tanto como podía.

En medio de ellos, el hombre del costal parecía… sano. Demasiado sano. El costal que llevaba en la cabeza estaba sucio, sí, lleno de tierra y manchas de grasa, pero no tenía rastros de la sustancia viscosa que cubría a Lyra o al payaso. Su ropa tampoco mostraba signos de deterioro. Caminaba lento, silencioso, con pasos pesados pero firmes, como si la enfermedad del circo no pudiera tocarlo.

Quizá por eso nadie lo detuvo cuando, una mañana, simplemente… se marchó.

Alice lo vio desde el borde de las carpas, mientras él atravesaba la salida trasera del circo cargando un pequeño saco al hombro. No dejó notas. No se despidió. No miró atrás. Solo se adentró en el bosque, atravesando la bruma espesa, hasta que su figura se disolvió por completo.

Nadie preguntó por él. Nadie pareció notarlo. El circo se tragó su ausencia como si nunca hubiera existido. Pero Alice sí lo recordaba. Y cada día que pasaba, se preguntaba si él había huido… o si había sabido algo que los demás no.

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— No sé qué tenga, perdón… —murmuró Alice, inquieta, mientras dejaba la ropa húmeda en una cuerda improvisada.

— Yo sí.—respondió Briastan de pronto, acomodándose a su lado como si siempre hubiese estado allí.— Mi mamá hablaba de eso… siempre.

— ¿De la enfermedad?—preguntó Alice, deteniendo su movimiento.

— Sí.—asintió él, con un gesto inusualmente serio.— Es rara… muy rara. Peligrosa también. Y fea, muy fea.

Antes de que Alice pudiera pedirle más detalles, Tweedledee apareció cargando una cubeta de agua que casi era más grande que él y una escoba desgastada.

— ¿Qué pasa aquí?—preguntó, mirando el desastre de trapos, agua jabonosa y la mitad de las pertenencias de Lyra desparramadas en el suelo.

Alice reaccionó al instante.
Briastan, como siempre, no existía para Tweedledee.

— Estamos limpiando los camerinos.—explicó ella, tomando una prenda y estrujándola con torpeza.— Lyra está enferma… así que estoy haciendo sus actividades.

Tweedledee frunció el ceño con preocupación sincera.

— Pobrecita…—murmuró.— Ojalá se recupere pronto.

Luego miró a Alice:

— ¿Necesitas algo?

— Sí, gracias—.respondió ella, aprovechando la oportunidad.— Podrías ayudarme a limpiar las jaulas.

Tweedledee asintió enseguida.

— Claro. No quiero que Blinky se acerque a ti mientras estén sucias…—escalofrío.— ya ves cómo se pone cuando todo está revuelto.

Alice tragó saliva; recordaba perfectamente el temperamento del payaso.

Mientras Tweedledee se adelantaba para preparar los cepillos y las llaves, Briastan se inclinó hacia ella, hablando muy bajo, como un susurro que el viento se tragaba antes de llegar a otra persona:

— No te acerques a Lyra por ahora. Ni a Blinky.

La enfermedad no debería estar aquí… y si está avanzando tan rápido…

— ¿Qué significa eso?—preguntó Alice en un susurro.

— Que no es una enfermedad.—Los ojos de Briastan brillaron un instante, tensos.— Es otra cosa. Y no deberías verla.




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