Alice y los Horrores de Wysteria

7.- La Duquesa, Cerdo y Pimienta

Alice volvió a salir de la mansión, respirando hondo mientras observaba a su alrededor. Briastan voló cerca de ella unos segundos antes de alejarse para revisar el perímetro.

Sacudió sus muñecas con fuerza, tratando de quitarse las cadenas invisibles. Al verlas caer al suelo como si fuesen simples hilos de luz desgastada, frunció el ceño.

«Son de mala calidad entonces», pensó, casi decepcionada. Mientras esperaba el regreso de Briastan, se tomó un momento para observar la mansión desde fuera. Había tenido una idea desde lejos… pero verla a detalle era otra cosa.

Aparte de ser un edificio grande, ominoso y coronado por torres que parecían tocar el cielo, la fachada de piedra mostraba grietas y musgo que parecían heridas antiguas. Las ventanas, estrechas y oscuras, tenían la expresión vacía de ojos que habían visto demasiado. Y las puertas de madera, hinchadas por la humedad, estaban tan torcidas que parecía que un suspiro más bastaría para hacerlas caer.

El jardín… era lo peor.

Lo que alguna vez debió ser hermoso ahora era un sitio seco, grisáceo, como si el abandono lo hubiera devorado por completo. Las flores estaban marchitas como pergamino quebradizo, los árboles retorcidos como si hubieran tratado de huir de algo… y perdido.

Y entre todo ese deterioro…

Expansiones de carne rosada, pálida, húmeda… creciendo entre las piedras, trepando por los muros, respirando.
Pulsando.
Como si la mansión estuviera viva y hambrienta.

— Qué miedo…—murmuró Alice, apretando su bolso contra el pecho mientras avanzaba por el camino polvoriento hacia la parte trasera.

Cuando llegó al jardín posterior, el contraste la dejó sin aliento.

Aquí las flores –algunas conocidas, otras imposibles– crecían con una vitalidad extraña. Colores hipnotizantes. Pétalos que brillaban como si capturaran la luz que el resto de la mansión devoraba. El aire estaba cargado de un perfume tan intenso que mareaba, pero sin dejar de ser dulce.

Alice lo siguió, guiada casi como por un hilo invisible, hasta encontrar una mesita de té en un rincón del jardín. Perfectamente puesta. Perfectamente ajena al entorno decadente.

La mesa era tan alta que parecía hecha para gigantes. Alice tuvo que ponerse de puntas para alcanzar un pastelito que lucía delicioso. Y con mucho esfuerzo… logró darle una gran mordida.

El sabor explotó como fuego artificial en su lengua. Rico. Jazmín y miel. Algo más, indescriptible.
Y entonces…

Un tirón en su columna. Un crujido. El jardín haciéndose más pequeño. No, ella haciéndose más grande.

Un quejido escapó de sus labios mientras todo su cuerpo dolía y se expandía. En segundos, la mesa estaba a su altura.

— Mucho mejor.—dijo, estirando los brazos al recuperar su tamaño normal.— Ya no soportaba ser tan pequeña.

Justo entonces, una voz grave y misteriosa resonó en el jardín.

— ¿Qué eres tú? —preguntó la voz.

Alice dio un ligero brinco al girarse y ver quién hablaba. Se encontró con dos mujeres que la miraban con curiosidad. La primera tenía la piel rosa pálida y un aire de ser una dama con educación. Su piel parecía haber sido cosida entre sí, como si la hubieran despedazado como una muñeca rota y vuelto a coser. Llevaba un bello vestido adornado con plata y perlas, y su cabello blanco trenzado y adornado con flores. Sus orejas eran más grandes que las de Briastan, y sus ojos dorados brillaban con una luz misteriosa.

La segunda mujer tenía una apariencia más tosca. Sus ojos dorados parecían llorar un líquido negro, y su piel era pálida como el papel. Llevaba un simple vestido verde con azul, y guantes blancos manchados de sangre. En sus brazos sostenía a un bebé feo, que lloraba con un sonido horrible. El bebé tenía venas verdes marcadas, orejas alargadas y una apariencia que hacía que Alice se sintiera incómoda.

Alice cubrió sus oídos ante el llanto del bebé, y se preguntó qué significaban los ojos dorados que parecían ser una característica común entre las criaturas que había conocido en este lugar.

— ¿Yo?

— Si, tu…—dijo la mujer de aspecto intimidante.

— Duquesa, por favor, debe mejorar sus modales frente a… visitas inesperada

— Pues que ella Responda que es…—volvió a ver a Alice, meciendo bruscamente a su bebé, quien solo incrementó su llanto.

— La Verdad no se…—dijo Alice, más cansada y sin ánimos de querer responder preguntas, sentándose en el piso, aún con su bolso.— Vengo Huyendo de un circo infernal en donde estuve días y casi me devora la atracción principal, vengo de un jardín qué fue aterrorizado por el Jobo Jobo.

— ¿Cómo saliste viva?—preguntó el hada rosa viendo a Alice.

— Le lance un arma al Jobo con mi magia y a la Bestia también.—dijo como si nada, aunque su mente aún luchaba por procesar todo lo que estaba viendo en ese extraño lugar.— ¿Puedo tomar té?—preguntó Alice, al tiempo que le extendían una taza, la cual al olfatear le llegó el agradable aroma a menta. Al dar el primer sorbo casi quería escupirle, pues pudo sentir las hojas trituradas.

— ¿Mataste al Jobo Jobo?—preguntó el hada rosa viendo a Alice, dejando la taza en la mesa.— ¿Y a la Bestia del circo también?—estaba segura que el hada se veía emocionada y con una pizca de esperanza en su voz, cosa que se le hizo raro a Alice, pues solo eso escuchó de los demás habitantes del jardín.— Esto debe saberlo Ethyur.—levantándose se fue de la fiesta de té de la mujer, quien seguía meciendo bruscamente a su bebé.

— Mocosa, ve a ver como va la cocina, Ahora.

— Pero no trabajo aquí.

— Si haces unos trabajos por mí, te pagaré.—dijo como si nada. Aunque eso podría servirle a Alice para comprarse algo decente de comer, lleva tiempo sin tener alimento en su estómago.

— Bien, ¿dónde queda la cocina?

— Por ahí…—señalo detrás suyo, Cuando iba a avanzar, escuchó estruendos desde el interior.

Aunque se agachó ante los instrumentos qué salieron volando de la ventana qué odia hacer fácilmente una larga Lista; hierros de chimenea, lluvia de cacharros, platos y trastes.




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