Alice y los Horrores de Wysteria

8-. Ciudadela Eldore, el lugar de los olvidados.

Alice caminaba en silencio por el sendero del bosque. Cada paso hacía crujir hojas secas, pequeñas ramitas y trozos de corteza. El aire olía a tierra húmeda y a algo más… un aroma extraño, como si el bosque respirara con ella. O contra ella.

Su mente, sin embargo, no estaba en el bosque. Estaba en el jardín. En el Jobo Jobo. En la forma en que su cuerpo había reaccionado antes que su cabeza. En el golpe, en la magia, en la muerte.

«Si le cuento a papá y mamá que maté a esas criaturas… ¿me seguirán queriendo?», pensó mientras saltaba un tronco caído. En ese momento, un movimiento entre los arbustos la hizo detenerse. Era el bebé cerdito. El mismo que había cargado minutos atrás, ahora más cerdo que bebé, con venitas verdes brillando débilmente bajo su piel.

El animalito la miró con esos ojos pequeños y húmedos.
Y, sin avisar, se unió a su caminata.

— ¿Tú qué opinas?—preguntó Alice con un suspiro, sin esperar realmente una respuesta.— ¿Me seguirán queriendo?

El cerdito soltó un chillido breve, que sonó demasiado a risa. O a burla.

Alice hizo una mueca. Ni él sabía.

Sus pensamientos volvieron al circo. A la Duquesa. A ese lugar que olía a sudor, a polvo, a magia marchita. A la Bestia.

La Bestia.

La vio en su mente otra vez: el cuerpo retorcido, las extremidades torcidas como ramas muertas, las cuencas vacías donde deberían haber estado los ojos. Y la manera en que, aun así, parecía suplicar algo que ninguna palabra humana podría expresar.

Alice se estremeció.

— Debe haber sido un psicópata quien puso a esas criaturas ahí—murmuró mientras avanzaba, sin notar que el cerdito se pegaba más a su pierna.

— Fueron las hadas.—respondió una voz tranquila a su lado.

Alice pegó un brinco.

Briastan caminaba junto a ella como si hubiera estado ahí todo el tiempo. Su figura alta, su abrigo oscuro y ese aire de sombra protectora lo hacían parecer parte del bosque y a la vez alguien completamente ajeno a él.

— ¿Qué?—preguntó Alice, con el corazón dándole un vuelco.— ¿Las hadas… hicieron eso?

— En especial las que vimos saliendo del circo—dijo Briastan, mirando hacia arriba, como si pudiera verlas escondidas entre las ramas.— No son como las de tus cuentos, Alice. No son pequeñas ni amables… y mucho menos inocentes.

Alice siguió avanzando por el sendero, con Briastan a un lado y el pequeño cerdito trotando detrás como una sombra temblorosa. Sus pensamientos aún rondaban al Jobo Jobo, a la Bestia, al bebé que ya no era bebé… y al peso de todo lo que había dejado atrás.

Pero poco a poco, la espesura del bosque comenzó a abrirse.

Las ramas se hicieron más altas. La luz se filtró con mayor claridad.
El viento cambió de olor: menos humedad, más pan recién horneado, especias desconocidas y algo eléctrico… como la magia que chisporrotea sin permiso.

Alice salió del último tramo de árboles y, al levantar la vista, el aire se le quedó atrapado en la garganta.

La Ciudadela.

Se alzaba en medio del valle como una joya extraña, mitad orden, mitad caos. No era un pueblo común. No tenía un estilo uniforme. Parecía que cada raza había construido un barrio entero siguiendo sus propias tradiciones: torres finas y plateadas entre las casas élficas, robustas estructuras de piedra ennegrecida típicas de los enanos, techos humanos de tejas rojas, y entre todo eso… puertas demasiado pequeñas para humanos, ventanas demasiado grandes para cualquier criatura normal, chimeneas que escupían humo azul, verde o púrpura según el negocio.

Ella se detuvo sin atreverse a dar un paso más.

Desde allí se podían ver las calles llenas de vida; un par de elfos regateaban con un goblin que vendía lámparas flotantes, una mujer humana caminaba con un libro que levitaba detrás de ella tomando notas solas, un par de enanos discutían entre gritos delante de una forja con fuego blanco. Incluso vio criaturas que solo había leído en cuentos: un zorro bípedo vendiendo mapas, un ogro muy elegante con sombrero alto atendiendo un puesto de dulces.

Todo ocurría como si fuera lo más normal del mundo. Y nadie la miraba. Nadie la señalaba. Nadie reparaba en que una niña de diez años, con venitas verdes brillando en las manos por el contacto reciente con magia, estaba a punto de entrar.

Alice tragó saliva.

— ¿Es… así siempre?—susurró.

— A veces es peor—respondió Briastan con un dejo de humor.— Pero tranquila… mientras no hagas algo estúpido, nadie te comerá.

— Eso no es tranquilizador.—murmuró Alice.

El cerdito chilló dos veces, como si coincidiera con ella.

Briastan se agachó, tomó la bolsa de Alice y le guardó con cuidado los paquetes que había traído desde la casa de la Duquesa.

— Lamento cómo te trataron allá.—dijo con suavidad.— No debiste pasar por eso.

Alice parpadeó sorprendida. No esperaba oír disculpas de él.

— Gracias.—susurró, abrazando la bolsa contra el pecho.

Cuando volvió a alzar la vista hacia la Ciudadela, el brillo del valle parecía llamarla, como si el lugar respirara magia y aventura… y peligro.

Finalmente dio un paso adelante. Luego otro. Y otro.

El viento le despeinó el cabello y le trajo un coro de aromas y sonidos: música lejana, risas, gritos, un ladrido que claramente no pertenecía a un perro.

Alice respiró hondo.

— Bueno.—dijo con un temblor en la voz.— Estoy lista.

Y comenzó a caminar hacia la entrada de la Ciudadela, sin saber que su vida estaba a punto de cambiar otra vez

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Alice se detuvo frente al gran arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad. El cerdito –que la había seguido con curiosidad– olfateó el aire, mientras Briastan daba vueltas sobre el viejo letrero, tratando con absoluta concentración de descifrarlo.

— “Ciu-da… Ciu-dale”… ¿qué clase de idioma es este?—murmuraba él, acercando su cara casi pegada a la madera.




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