Alice sintió que caminaba en círculos. Daba igual si tomaba el sendero de la izquierda, el de las flores violetas, o el que tenía huellas de animales: siempre, inevitablemente, regresaba al mismo claro, a la misma roca y al mismo tronco caído. Era como si el bosque la empujara de vuelta, riéndose de ella.
— Con razón lo llaman el Bosque de la Confusión.—comentó Briastan, flotando hacia lo alto e intentando asomarse sobre las copas verdes.— A ver si desde aquí puedo ver dónde demonios estamos…
Alice se dejó caer en el suelo con un suspiro agotado. Se quitó los zapatos y masajeó sus pies doloridos, rojos por tanto caminar. Miró a su alrededor, completamente perdida por tercera… o cuarta vez, ya había perdido la cuenta.
«Mi sentido de la orientación es cada vez peor», pensó frustrada, sintiendo el nudo en la garganta listo para traicionarla. Debería haber prestado más atención en clases, no quedarse dormida como siempre le decían. Pero tampoco era su culpa: las pesadillas no la dejaban descansar y se despertaba agotada. Y sus maestros no ayudaban, obligándola a estudiar sin descanso desde que salía el sol hasta que se ocultaba, como si quisieran convertirla en un adulto antes de tiempo.
«Odio mi vida…» murmuró sin querer, poniéndose de pie otra vez.
Pero antes de dar un paso, un escalofrío le recorrió la espalda.
Estaba siendo observada.
Levantó la mirada y casi dio un grito.
En una rama, como si hubiera estado ahí desde el principio, estaba el gato de la Duquesa. Su sonrisa –demasiado amplia, demasiado afilada, demasiado consciente.– sería capaz de asustar a los soldados más valientes del ejército de su padre. Su pelaje café con rayas azul eléctrico brillaba entre las sombras, y esos ojos del mismo azul que el cielo, tan abiertos y fijos en ella, parecían atravesarla por completo.
La intimidación era inevitable… pero Alice no tenía muchas opciones.
Respiró hondo. Trató de no mostrar que temblaba.
Y preguntó.
— Minino de Cheshire…—empezó Alice con cautela, insegura de si el apelativo le agradaría.
Pero el gato solo ensanchó su sonrisa, como si su boca pudiera estirarse más allá de lo razonable. Aquello bastó para que Alice entendiera que, sí, le gustaba.
— Minino de Cheshire,—repitió con un poco más de confianza— ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para llegar con el Sombrerero?
El gato inclinó la cabeza, dejando que su cola colgara en el aire como un signo de interrogación viviente.
— Eso depende, en gran parte, del lugar al que quieras ir. Si deseas ir con el Sombrerero… o deseas salir del bosque.
— No me importa mucho el lugar.—admitió Alice.
— Entonces tampoco importa mucho cuál sea el camino que tomes.—respondió el gato con total naturalidad.
Alice parpadeó, sin saber si estaba bromeando o si en verdad hablaba en serio.
— …Siempre que llegue a alguna parte.—añadió, intentando aclarar su petición.
— ¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte.—aseguró el gato, mostrando sus dientes puntiagudos en una sonrisa luminosa— ¡Si caminas lo suficiente!
Alice sintió que aquello no la llevaba a ninguna parte, ni literal ni figuradamente, así que decidió cambiar de enfoque.
— ¿Qué clase de gente vive por aquí?—preguntó, esperando que esta vez la respuesta fuera más útil.
— En esta dirección.—dijo el gato, levantando una pata hacia la derecha— vive el Sombrerero, el hombre que buscas.
Luego alzó la otra pata hacia la izquierda.
— Y en esta dirección vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras. Los dos están completamente locos.
Alice tragó saliva. En otro momento quizá habría dudado… pero ya no tenía alternativa.
El gato, como si disfrutara de su inquietud, añadió con un murmullo que parecía acariciar el aire:
— Por supuesto, tú también estás un poco loca… o no estarías aquí.
— Pero sucede que a mi no me gusta tratar con gente loca.—protesto Alice.
— Oh, eso no lo puedes evitar.—repuso el gato— Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tu estas loca.
— ¿Cómo sabes que yo estoy loca?—preguntó Alice.
— Tienes que estarlo,—afirmó el gato— de lo contrario, no habrías llegado tan lejos y rodeada de peligros.
Alice pensó que esto no demostraba nada, pero si le dio un leve temor de que el gato supiera gmtodo lo que ella tuvo que hacer para sobrevivir en Wysteria. Sin embargo, continuó con sus preguntas.
— ¿Y cómo sabes que tu estas loco?
— Para empezar,—repuso el gato— los perros no están locos. ¿De acuerdo?
— Supongo que si.
— Muy bien. Pues en tal caso,–siguió su razonamiento el gato.— ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados y mueven la cola cuando están contentos. Pues bi3n, yo gruñó cuando estoy contento y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
— A eso le llamo ronronear, no gruñir, el familiar de mi mamá me lo explico una vez ahora que recuerdo.
— Llamalo como quieras.—dijo el gato.— ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Señora Oscura?
— Me gustaría conocerla, pero no me han invitado y mi destino es con la Reina Blanca.
— En ese caso nos volveremos a ver.—aseguro el gato y se desvaneció. A Alice no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que sucedieron cosas raras, además que eso mismo hacían los Chatterios* en su mundo. Miraba todavía hacia el lugar en el qué el gato había estado, cuando este reapareció de golpe.
— A propósito, que ha pasado con el bebé?—preguntó— Se me olvido preguntarte.
— Se convirtió en un cerdito.—contesto Alice sin inmutarse, como si el gayo hubiera vuelto de la forma más natural del mundo.
— Ya sabía que acabaría así.—dijo el gato y volvió a desvanecerse.
Alice esperó un momento, por si decidía regresar otra vez, pero el bosque se mantuvo en silencio. Tras uno o dos minutos, se levantó, ajustó su bolso y echó a andar rumbo a la dirección donde vivía el Sombrerero.
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hadas y brujas, alicia en el pais de las maravillas, sombrerero
Editado: 25.01.2026