Alice y los Horrores de Wysteria

10-. El Espectáculo del Carpintero.

Estaba en su hogar. Su verdadero hogar.

El calor de la manta. El aroma de la madera vieja. Los brazos de su madre rodeándola por la cintura. El pecho firme de su padre a su espalda, respirando tranquilo.

Ese lugar era invulnerable. Ese sitio, pequeño y tibio, era todo lo que Alice recordaba como seguridad. Aquí no había monstruos, ni hadas hambrientas, ni reinas crueles, ni bosques que se torcían por capricho.
Aquí no había miedo.

Solo sus padres. Solo amor.

Y entonces la escuchó.

«Aquí estás a salvo», susurró una voz.

No era la voz de su madre, ni la de su padre. Era suave, desconocida, como un eco dentro de su propio pecho. Pero no le dio miedo. Al contrario, se acurrucó más, buscando la calidez que tanto extrañaba.

Abrió los ojos apenas lo suficiente para ver la penumbra de su habitación, el hueco iluminado por la luna que entraba por la ventana. Todo estaba exactamente como debía estar. Todo como lo había dejado atrás cuando cayó en Wysteria.

— Mmm…—murmuró, somnolienta, moviéndose un poco para acomodarse entre ellos.

No había pesadillas. No había voces susurrándole que corriera. No había sangre en el agua ni dientes afilados esperando en la oscuridad. Ese horrible peso que le oprimía el pecho siempre que intentaba dormir… no estaba. Por primera vez en mucho tiempo, su mente estaba en calma.

La mano de su madre le acarició la cabeza –suave, cálida.– justo donde tenía su mechón blanco. Alice suspiró. No quería abrir los ojos de verdad. No quería pensar. No quería que nada irrumpiera en esa paz que tanto había deseado.

«Descansa», volvió a susurrar aquella voz que no era humana, que no pertenecía a ningún recuerdo.

Pero en el sueño… en el sueño no importaba.

Alice se hundió más en la almohada, sintiendo que los brazos de sus padres la envuelven con más fuerza.

Rezaba, con el corazón encogido pero esperanzado, que ese sueño jamás tuviera final.

Porque, aun dentro de la calidez perfecta…

En lo más profundo de su alma…

Sabía que, tarde o temprano, tendría que despertar.

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Pero todos los sueños tenían final para su mala suerte, abrió sus ojos cansada mirando a su alrededor, encontrándose en una habitación, con una sola ventana donde entraba la luz de la luna.

Aun tenía su vestido puesto y no veía alguna otra señal extraña. Salió de esta dando un salto mientras abría la puerta, viendo el largo y extraño pasillo, donde los cuadros cambiaban de fotos y las flores cantaban, a su vez que los muebles flotaba a centímetros del piso, mientras las puertas tenían nombres de sus respectivos dueños, pero no vio la del Sombrerero en ningún lado.

— Al fin despiertas, dormiste dos días.—habló la Liebre, quien parecía estar en pijamas sosteniendo una taza llena de leche y un plato de galletas.— El desayuno esta listo, hicimos panqueques.—fue su única respuesta mientras la guiaba hacia donde se encontraban reunidos, ella recordó la mesa de té, miró por una ventana al exterior y ahí seguía, con todo aun encima, pero esta vez se veía normal.

Miró la peculiar sala, similar a la que había en su hogar para recibir a los invitados especiales, pero más pequeña y con unos sillones de calidad simple, junto a una mesa pequeña donde una taza y tetera bailaban entre ellas.

Miró un estante con uno que otro libro que cambiaban constantemente de lugar. La puerta estaba cerrada y mostraba una apertura para ver el exterior. Al igual que el piso de arriba, habían flores cantando.

En el piso estaba el Liron bebiendo una taza de café.

Entraron al comedor, el cuál mostraba conexión con la cocina, la cual se veía en mejores condiciones qué la cocina de la Duquesa. No había cerditos o algún animal encerrado a parte de los que viven en la casa, aunque vio a la Liebre batallar en meter al Liron a un florero y este no oponía resistencia. Prefirió ignorarlos y concentrarse en sus alimentos antes que se enfriaran y pierdan su sabor.

Para su mala suerte, ninguno la dejó satisfecha.

El panqueque sabía demasiado dulce, la miel demasiado amarga, y el té… bueno, el té sabía a té, pero a un té que llevaba demasiadas horas preguntándose a sí mismo si debía existir. Alice apartó el plato con un suspiro resignado.

— ¿No te gustó?—preguntó el Lirón desde dentro del florero, con un hilillo de voz amortiguado por los pétalos.

— No es eso…—Alice masajeó su frente.— Creo que mi paladar aún está dormido.

— O quizá tú estás dormida.—opinó la Liebre mientras volteaba una crepa en el aire y la atrapaba con precisión exagerada.— A veces pasa. A veces la gente se despierta solo un poquito, lo justo para caminar, pero no para saborear.

Alice frunció el ceño.

— No estoy dormida.—aseguró, aunque la sensación de peso en los párpados no la ayudaba a confirmar sus palabras.

— Claro que no,—dijo una voz detrás de ella.— solo hambrienta de comida real.

Briastan se sentó a su lado –o fingió sentarse, ya que la silla no reaccionó a su peso espectral.– y dejó caer la cabeza en la mesa con dramatismo.

— Llevo dos días en esta casa y no he visto nada que la gente viva pueda llamar “comida”—dijo, aunque nadie más pareció escucharlo.— Vamos a morir. Bueno… tú. Yo ya me adelanté.

Alice le lanzó una mirada exasperada y luego volvió a la Liebre.

— ¿Dónde está el Sombrerero?

La Liebre se quedó quieta, la espátula aún en alto, como si la pregunta hubiera detenido su cerebro a mitad de un salto.

— Mmm…—ladeó la cabeza.— En su cuarto, creo. O en su taller. O quizá afuera, hablando con el viento, ya sabes cómo es.

— Pero su puerta no está.—señaló Alice.— El pasillo tiene todas las otras, excepto la suya.

La Liebre parpadeó, sorprendida.

— ¿Seguro? Su puerta siempre está ahí… excepto cuando no quiere estar, claro.




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