Alice y los Horrores de Wysteria

11-. Sotano (planta 1)

Alice sintió que esa caída era peor que la de la primera vez que llegó al País. El viento le arrancaba el aliento, su vestido se rasgaba contra astillas invisibles, y manos –frías, delgadas, sin dueño– salían de las paredes, intentando aferrarse a sus tobillos y muñecas. No lograban atraparla, pero rozaban su piel como si buscaran quedársela.

Intentó mirar hacia abajo para ver cuánto faltaba… pero apenas bajó la mirada, abrió los ojos de par en par, horrorizada por algo que solo ella pudo ver. Un escalofrío le heló la columna.

Y entonces todo fue oscuridad.

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Un golpe seco hizo eco en la carpintería.

La Liebre reaccionó primero, sacudiéndose el aserrín del pelaje. Su nariz tembló al percibir el olor a metal oxidado, madera húmeda… y sangre. Mucha sangre. Miró a su alrededor: instrumentos de tortura colgando como trofeos, mesas manchadas, serruchos todavía goteando, y huellas recientes en el piso.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Entonces la vio: Alice, inmóvil entre el aserrín, como una muñeca rota.

— ¡Despierta, niña! No me asustes…—dijo la Liebre, sacudiéndola con desesperación.

— Es inútil. No va a despertar.

La Liebre dio un brinco, buscando el origen de la voz. Una vieja ostra, arrugada y con un bastón de coral, lo observaba con sus ojos turbios, brillantes de lástima o resignación.

— Ella es la más reciente en caer por esa trampa. Nadie sobrevive a semejante caída.—La ostra movió su bastón, señalando la trampa como quien señala una tumba.— Te sugiero venir conmigo antes de que el Verdugo llegue.

Y se marchó tan silenciosamente como había aparecido, arrastrando su concha por el suelo manchado.

La Liebre comenzó a juguetear nerviosamente con sus manos, su cuerpo entero temblando.

— Bien… debo ser rápido… irme de aquí y…—empezó a murmurar, pero se congeló al ver movimiento.

Alice se incorporó con un quejido, llevándose una mano a la cara. La Liebre soltó un chillido desgarrador.

— ¡AAAAAH!

Alice parpadeó, confundida, mientras se tocaba el rostro. Tenía un moretón enorme que ya empezaba a tornarse violáceo y una herida abierta que cruzaba parte de su nariz. Al limpiarse, la sangre se corrió por sus dedos y se extendió en su ropa, manchándola aún más.

Miró su vestido, rasgado como si manos o dientes lo hubieran arrancado durante la caída, y suspiró con frustración.

— ¡AAAAA-UUUUCH! Duele horrible…—se quejó, tratando de quitarse la sangre sin éxito.

Luego miró a la Liebre, que seguía temblando.

— ¿Por qué gritas?

Pero cuando Alice se dio la vuelta para mirar a la Liebre, se encontró con que ésta se había desmayado. El susto casi le hace olvidar su propio dolor. Se arrodilló a su lado de inmediato, recordando las lecciones del señor Berg.

— Liebre, ¿estás bien?—preguntó, acomodándolo con cuidado.

Buscó dónde colocarle los pies para mejorar la circulación, tal como le habían enseñado, cuando una vocecita la hizo detenerse en seco.

— Oh, mi… ¿estás viva?—preguntó la voz, temblorosa pero curiosa.

Alice giró la cabeza rápidamente, pero no vio a nadie.

— Aquí arriba.—dijo la voz.

Al alzar la mirada, vio a una ostra anciana, en lo alto de una repisa, mirándola como si contemplara un milagro. Sus arrugas eran profundas, su concha estaba partida en varios sitios, pero sonreía con un brillo casi infantil.

Alice se puso de pie, todavía adolorida, y la observó con atención.

— Ese golpe pudo haberte matado.—dijo la ostra, meneando su bastó— ¿Cómo sobreviviste?

Alice se encogió de hombros.

— Creo que se debe a que soy parte vampiro.

La ostra arqueó lo que podría haber sido una ceja.

Alice bajó la mirada, incómoda. La verdad era que no sabía nada con certeza. Todo el mundo parecía tener una idea distinta sobre lo que ella era. Unos decían que no era bruja. Otros insistían en que tampoco era vampiro. Y luego estaban los que la llamaban Nephilim.

Las palabras de Briastan la atravesaron como un susurro persistente:

«Eres una Nephilim, no hay duda.»

Él lo había repetido tantas veces que ya había perdido la cuenta.

Y luego estaba aquella hada bizarra, que esperaba sinceramente hubiera muerto por la patada que le dio:

«¡Maten a la bruja de sangre maldita, que no ayude al Niño de la Sangre Maldita!»

Gruñó un poco. Solo el recuerdo le provocaba rabia… y confusión.

¿Quién era realmente? ¿Qué era?

Había vivido con esa pregunta clavada en el pecho desde hacía años. Y mientras más respuestas le daban, menos entendía. Vampiro. Bruja. Nephilim. Mesías. Monstruo. Salvadora. Amenaza.
La gente la veía de tantas formas que ella ya no sabía cómo verse a sí misma.

Respiró hondo, obligándose a calmarse.

¿Qué sabía con certeza?

Sabía que no era completamente humana.

Sabía que tenía habilidades que podían salvar o destruir.

Sabía que muchos la odiaban sin conocerla.

Y sabía, también, que quienes la querían la consideraban especial, aunque eso tampoco le aclaraba nada.

Pero aquello no la detendría.
Encontraría la respuesta. Y sabía exactamente hacia dónde debía ir para empezar: hacia la Reina Blanca.

Fuera lo que fuera, lo descubriría por sí misma.

La ostra carraspeó.

— ¿Cómo te llamas?

— Alice.

— Bien, Alice. Tienes suerte.—Señaló hacia la penumbra.— Por allá hay una pileta de agua. Te guiaré.

Y sin emitir sonido alguno, desapareció de su vista.

Alice la siguió, avanzando entre montones de herramientas filosas, sierras colgantes y figuras de madera deformes que parecían girar la cabeza para observarla pasar. Cada sombra parecía observar. Cada tablón crujía bajo sus pasos.

La Ostra se movía con sorprendente rapidez, a pesar de su edad, su bastón resonando apenas contra la madera.

Alice tragó saliva mientras la seguía, sintiendo que cada segundo en la carpintería podía ser el último.




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