Alice y los Horrores de Wysteria

12-. Área Prohibida (parte 2)

En cuanto las puertas del elevador se abrieron, ambos salieron casi de un salto. La Liebre temblaba tanto que parecía que sus huesos vibraban por dentro. La segunda planta fue como un golpe de aire frío y limpio en comparación con el sótano sanguinolento del que habían escapado.

El contraste era casi cruel.

El espacio se extendía amplio, luminoso, impecable: paredes blancas, suelo de madera pulida que reflejaba la luz de unas lámparas suaves; plantas verdes en macetas de cerámica y cuadros abstractos que parecían flotar en la serenidad del lugar. Todo era demasiado tranquilo. Demasiado perfecto.

Demasiado falso.

Alice apretó un poco más la antorcha, –que ahora parecía fuera de lugar.– mientras su corazón insistía en que algo no cuadraba.

La Liebre, atrapada en sus propios pensamientos, señaló una puerta al fondo del pasillo, apenas audible:

— El otro ascensor está… por ahí…

Pero antes de que pudieran avanzar, una voz familiar atravesó la quietud como un cuchillo suave:

— Querida niña… ¿a dónde crees que vas?

La Liebre dio un brinco tan grande que dejó caer la antorcha. Alice la atrapó al vuelo, tambaleándose pero sin dejarla caer.

El gato de Cheshire estaba sentado en el suelo, como si hubiese estado allí desde siempre, sonriendo con esa sonrisa que nunca alcanzaba a sus ojos.

— Minino de Cheshire…—murmuró Alice, recuperando el aliento.

— A sus servicios.—respondió él con una leve inclinación de cabeza.

—¿Qué haces aquí?—preguntó ella.

— Buscándote, por supuesto. La Duquesa quedó encantada con lo que hiciste. Desea que vuelvas para repetirle la receta.

Alice parpadeó, confundida.

— Pero… si la receta la sabe la Sirvienta y el Lacayo Rana.

— Ah.—Cheshire ladeó la cabeza.— Ellos intentaron prepararla, sí. Pero no quedaba dorada como cuando tú la hiciste.—Sonrió más, si eso era posible.— Y a la Duquesa no le gusta cuando las cosas no quedan… perfectas.

La Liebre y Cheshire se encontraron la mirada. Fue un microsegundo de tensión pura.

Luego ambos se alejaron uno del otro como si el otro fuera un objeto peligroso.

— ¡Ay, un gato!—gritó la Liebre, erizando los pelos.

—¡Ay, una liebre! —respondió Cheshire, erizando los suyos… aunque mantuvo la compostura.— Pero dejando de lado nuestras diferencias culinarias y zoológicas.—continuó, volviendo a Alice— ¿Cumplirás el deseo de mi señora?

La sonrisa del gato no era amenaza.

Era invitación.

Y eso era peor.

— Sí… pero antes debo salir de aquí. ¿Qué es este lugar ahora?—preguntó Alice, aún sujetando la antorcha.

— Es el área de los actores.—respondió Cheshire con una sonrisa ladeada.— La zona prohibida. Aquí les dan sus cuartos… para que “descansen”.

Su tono no ayudó en nada.

De repente, una voz profunda, tronante, masculina, retumbó desde algún punto del pasillo, haciendo que Alice y la Liebre dieran un pequeño brinco.

— ¿Quién está ahí?

Cheshire desapareció al instante, como si nunca hubiera estado ahí.

Alice frunció el ceño; «Maldito gato.»

Las pisadas se hicieron más claras, resonando pesadas, arrastradas… como si quien se acercaba cargara algo enorme. O arrastrara cadenas. Las sombras se deformaron en las paredes del pasillo curvo hasta que una figura emergió de ellas.

El hombre apareció iluminado únicamente por la tenue luz de una linterna que sostenía. Su abrigo negro estaba completamente desgastado, cubierto de barro seco; parecía como si lo hubieran tirado durante horas contra el suelo húmedo y él no hubiera tenido oportunidad de limpiarse jamás. De sus hombros colgaban cadenas espesas, igualmente sucias, que golpeaban su espalda a cada paso. Los eslabones se mecían como si tuvieran vida propia.

Pero lo que más atrapó la atención de Alice fueron sus ojos.

Un guinda oscuro, casi marrón. Los mismos ojos del hombre del sótano.

El escalofrío que recorrió su espalda era imposible de ignorar.

Aquel hombre tenía la misma mirada: apagada, hueca, resignada. Como alguien que ya no espera salvación… ni la busca.

La Liebre se pegó a Alice instintivamente, temblando.
El hombre se detuvo frente a ellos sin mostrar emoción alguna. Su rostro demacrado, su piel pálida, las profundas ojeras… todo en él hablaba de agotamiento, desesperanza y décadas de encierro.

— ¿Quién eres?—preguntó Alice, tratando de que su voz no sonara tan frágil como se sentía.

El hombre no respondió. Solo mantuvo esa mirada fija en ellos, como si los analizara. Como si intentara recordar algo que había olvidado hacía tanto tiempo que ya no sabía si realmente había existido.

El silencio se alargó. Pesado. Sofocante.

Finalmente, el hombre abrió la boca:

— Soy…

Pero la palabra murió antes de nacer. Algo cruzó fugazmente su rostro: miedo, reconocimiento… o dolor.

Se dio media vuelta y comenzó a alejarse, arrastrando las cadenas sin prisa, como si supiera exactamente a dónde tenía que ir.

Alice no lo pensó.

— Lo seguiré.—decidió en voz baja.

— ¡¿Qué?! ¡Alice, no, no, no! Este lugar ya me quitó años de vida, por favor, no lo sigamos.—susurró desesperada la Liebre, aferrándose a su brazo.

Alice no la escuchó.

O tal vez sí, pero no le importó. Algo en aquel hombre, en esos ojos… algo la llamaba.

La Liebre tragó saliva, aterrorizada. Miró a su alrededor: el lugar era demasiado pacífico para ser real, demasiado silencioso para resultar seguro.

Y lo peor: quedarse solo aquí era todavía más aterrador que seguir a Alice.

— ¡Ay, Santos Sombrereros… está bien! ¡Pero si morimos, le voy a gritar desde el más allá!—susurró frenéticamente.

Y, pegada a Alice, temblorosa y sudando frío, la siguió hacia las sombras a donde se había perdido el hombre encadenado.

═══════ ≪ •❈• ≫ ═══════

Tras seguir al hombre durante varios minutos por pasillos interminables, llegaron a un área distinta. El contraste era tan abrupto que Alice se detuvo en seco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.