Alice y los Horrores de Wysteria

13-. El Verdugo.

— Oh… con que aquí estabas.—dijo una voz infantil y conocida desde la oscuridad.

Alice se tensó al instante, llevando una mano al bolso como si pudiera defenderse con él. Pero cuando la figura salió a la luz, sus ojos brillaron.

— ¡Briastan!—exclamó, aliviada y feliz al ver por fin un rostro familiar.— ¿Dónde estabas?

— Con el Sombrerero. Me mandó a buscarlos cuando no volvieron después de la función.—respondió flotando en círculos alrededor de ella.— Fue complicado encontrarlos, ¿sabes? Las hadas estaban por todo el lugar, y el Carpintero… bueno, estaba furioso.

Se detuvo de pronto, fijándose en algo que sobresalía del bolso de la Liebre. Se acercó de golpe, curioso.

— Oh… ¿sí las encontraste?

— Sí. En realidad fue fácil hacer que entraran voluntariamente.—dijo Alice con un orgullo inocente.

— ¿Y las abejas?

— También están ahí. Tengo todos los pedidos.—respondió, golpeándose suavemente el pecho como un soldadito victorioso.— Ahora solo hay que devolver cada cosa a su dueño.

La Liebre observó cómo el rostro de Alice parecía brillar un poco más; había algo distinto en ella, un aire cálido y eléctrico que se escapaba entre sus gestos, como si algo dentro de ella estuviera despertando. La herida que cruzaba su mejilla seguía doliendo, pero ya no sangraba.

La Liebre se inclinó hacia ella, sujetándole la cara con delicadeza.

— Te llevaré con la Doctora Paloma. Es la mejor médico brujo que conozco.—dijo, tomando su mano.— Por lo menos aquí ya no tenemos que correr.

Comenzaron a marcharse. Briastan flotaba detrás, invisible para la Liebre, observándolo todo con atención.

El aire se volvió más espeso conforme avanzaban; un olor a descomposición y humedad vieja impregnaba las paredes. El sonido del agua sucia corriendo bajo sus pies se mezclaba con el suave «chap» de cada paso. Un líquido rojo serpenteaba entre las grietas del suelo, reflejando la poca luz que había.

— Huele horrible…—se quejó la Liebre, levantándose el abrigo y los pantalones para no mancharse.

— Peor que el sótano de mi papá —comentó Alice sin pensar, recordando el día en que él la había sacado de ahí a toda prisa.

«¡BAAM!»

El sonido retumbó por todo el túnel. Ambos se quedaron helados.

Luego vino otro golpe.

«¡BAAM!»

Alice alzó la mirada, los sentidos afilados como si el poder que sentía dentro de ella estuviera intentando advertirle de algo.

Un tercer golpe resonó, más fuerte, más cercano.

«¡BAAM!»

Ella entrecerró los ojos, buscando en la oscuridad el origen del ruido.

Algo estaba ahí. Algo grande. Y se estaba aproximando.

— Mejor apuremos el ritmo… no vaya a ser que sea el Verdugo.—murmuró la Liebre, empujando a Alice mientras los golpes seguían retumbando.

«¡BAAM! ¡BAAM!»

La puerta de metal temblaba como si algo enorme del otro lado quisiera arrancarla de cuajo. Alice notó los objetos amontonados como barricada: cajas oxidadas, tubos viejos, cadenas… y un candado grotesco, casi tan grande como su mano.

«¡CRACK!»

De repente, la puerta se abrió de golpe como si hubiera sido arrancada por dentro.

El Verdugo irrumpió en el pasillo.

Su cuerpo gigantesco jadeaba con fuerza, y de sus brazos colgaban hilos de sangre que goteaban en el suelo. Sus ojos inyectados de rabia se fijaron en ellos.

— …mejor apresurar el paso…—logró decir Alice, retrocediendo de inmediato.

La Liebre intentó bromear, pero la voz se le quebró.

— ¡Debo aprender a cerrar el hocico!—gritó, echando a correr.

— ¡¿No me digas?!—respondió Alice, siguiéndolo sin mirar atrás.

La persecución reinició con brutalidad.

Los pasos del Verdugo golpeaban el suelo como martillazos, cada uno más pesado, más furioso. El eco retumbaba por los pasillos estrechos, mezclándose con sus gruñidos y respiración entrecortada.

Alice apenas podía escuchar sus propios latidos sobre ese estruendo.

Corrieron entre tuberías oxidadas, charcos de agua roja y raíces colgantes. La Liebre se adelantaba por momentos, jalándola cuando el suelo resbalaba o cuando alguna sombra parecía moverse demasiado cerca.

— ¡Izquierda!—ordenó la Liebre, girando bruscamente.

Alice obedeció. Sabían que esos túneles eran un laberinto, y ellos tenían una ventaja: los conocían. O al menos, los recordaban lo suficiente para no morir ahí dentro.

— ¡Derecha! ¡Luego otra izquierda!—gimió la Liebre, saltando sobre una compuerta rota.

Los pasos del Verdugo se volvieron más confusos, más distantes… pero seguían allí.

«¡BAAM!» Un golpe contra alguna pared, seguramente al perderlos de vista.

«¡GRAAAH!» Su rugido retumbó por todo el túnel como una amenaza.

Finalmente, después de varios giros desesperados y un salto sobre un canal estrecho, Alice y la Liebre se detuvieron. Ambos jadeaban con violencia, las manos en las rodillas.

La oscuridad se estiraba frente a ellos, silenciosa.

La Liebre levantó una oreja.

Nada. No pasos. No gruñidos. No respiración pesada.

Solo el goteo constante del túnel.

— Creo…—susurró la Liebre, con la voz temblándole.— que lo perdimos.

Alice tragó saliva, su pecho subiendo y bajando rápido.

— Oh…—añadió ella, con un hilo de voz— …lo perdimos por ahora.

— Sí, pero no podemos quedarnos aquí.—dijo la Liebre, mirando a su alrededor con cautela.— Debemos seguir adelante y encontrar la salida.

Alice asintió, y ambos continuaron avanzando por los pasillos. Caminaban despacio, evitando cualquier ruido que pudiera delatarlos. El aire se sentía denso, húmedo… y cada gota que caía resonaba como un eco de advertencia.
Aun así, tras varios minutos, comprendieron que estaban completamente perdidos. No había señales, ni puertas, ni siquiera una corriente de aire que les indicara una salida.




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