Alice y los Horrores de Wysteria

14-. La Carrera Loca.

Alice avanzaba por el sendero mientras Briastan flotaba a su lado, caminando sin caminar, como solo él sabía hacerlo. El fantasma la miraba con una mezcla de diversión, exasperación y ese aire de “ya sabía que esto pasaría”.

— Pudiste haber dicho que no…—le reprochó, cruzándose de brazos.

Alice bufó suavemente.

— ¡Sí intenté! Pero él insistió…—miró al frente, resignada.

Unos pasos más adelante, el Sombrerero y la Liebre caminaban felices, recogiendo hierbas que tenían colores demasiado brillantes para ser seguros. El Sombrerero las examinaba con una concentración casi quirúrgica; la Liebre las echaba a la cesta con entusiasmo, como si fueran caramelos.

— Están recolectando veneno, Alice.—murmuró Briastan, levantando una ceja del otro mundo.— Mucho veneno.

— Lo sé…—susurró ella.— Y tortas. Quieren hacer tortas. De veneno.

Briastan suspiró dramáticamente.

— Wysteria necesita un manual de supervivencia. Y tú necesitas leerlo.

Alice rodó los ojos. Pero siguió caminando.

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Era difícil olvidar lo que había pasado.

El Sombrerero la había acompañado al río para devolver a las Ostras a las sirenas. El ambiente era tranquilo, casi demasiado. Y detrás de ellos, como una sombra obediente, iba el Verdugo. Caminaba sin mirar realmente el mundo, haciendo trazos en el aire con las hojas de papel, como si estuviera dibujando recuerdos dispersos.

Alice lo observó varias veces, preguntándose qué veía él… o qué intentaba recordar.

Cuando llegaron al río, Alice se detuvo, mirando el agua que brillaba como plata líquida.

— ¿Dónde estarán?—preguntó en voz alta.

Briastan, que flotaba boca arriba como si el aire fuera agua, se encogió de hombros.

— No lo sé. Pero podemos esperar.

Con un gesto teatral, sacó de la nada una tetera y dos tazas. De porcelana fina, por supuesto.

Alice parpadeó.

— ¿Cómo…?

— Siglos de práctica, querida.—respondió el Sombrerero antes de que Briastan pudiera darse crédito.— Ven, siéntate conmigo.

Se instalaron en la orilla, dejando que el agua les mojara los pies. El Sombrerero sirvió el té, y la fragancia floral llenó el aire. Le entregó a Alice una taza delicada, sin perder su sonrisa.

— Es un té especial. Hecho con las hierbas más raras de Wysteria.

Alice bebió un sorbo y sus ojos brillaron.

— Es delicioso…

El Sombrerero asintió orgulloso, como si triunfar preparando té fuera una proeza mística.

Briastan olfateó la taza.

— ¿Esto tiene efecto secundario?

— Sí—respondió el Sombrerero.— Felicidad.

— Inaceptable.—dijo el fantasma, y le dio otro sorbo.

Entonces la Liebre se acercó, cargando una cesta rebosante.

— Encontré algunas más.—anunció, sonriendo demasiado.

Alice, con mala espina:

— ¿Son…?

— Especialmente venenosas.—dijo la Liebre con entusiasmo.

El Sombrerero las examinó, encantado, antes de agregarlas a la suya.

— Perfectas para la próxima fiesta de té.

Alice casi se atraganta. Briastan se tapó la cara.

— ¿Fiesta de té mortal?—susurró Alice.

— Solo para quien no entienda el menú…—dijo el Sombrerero con una sonrisa encantadora y absolutamente preocupante.

Y ahí fue cuando él decidió que Alice debía acompañarlos. A recolectar más. Por seguridad, según dijo. De quién o para qué, no lo especificó.

Ahora avanzaban por el sendero, cargados de plantas peligrosas como si fueran flores.

Alice suspiró.

— Nunca un día normal…—murmuró.

Briastan la miró.

— Con ellos, eso sería lo raro.

El Lirón roncaba plácidamente dentro de una tetera a un costado, soltando pequeños bufidos que hacían vibrar la tapa. La atmósfera era tranquila, casi doméstica, hasta que un sonido rompió la calma: chapoteos, cada vez más cercanos.

Briastan dio media vuelta en el aire, sonriendo con esa teatralidad tan suya.

— Ahí vienen…—anunció, señalando hacia el lago.

Entre las ondas plateadas empezaron a asomarse colas que destellaban la luz del sol. Luego, cabezas. Ojos atentos. Sirenas. Todas se mantenían a distancia, excepto una que avanzó sola, erguida, dejando el agua resbalar por su torso mientras observaba a Alice con una seriedad que helaba.

La Liebre, con la mitad del cuerpo dentro de unos arbustos venenosos, comentó sin mirar:

— La señora Ostra murió. Igual que otras de su edad…

El peso de sus palabras cayó como una piedra en el agua. Las sirenas se congelaron, sus rostros tensándose de dolor. Alice abrió los ojos, alarmada.

— ¡Pero nos dijo que sacáramos a estas!—se apresuró a decir.

Abrió el bolso y, como si entendieran el llamado, las Ostras emergieron con un saltito, pestañeando ante la luz. Enseguida se arrastraron hacia las sirenas, que las recibieron con manos temblorosas, abrazándolas entre olas suaves. La atmósfera, antes rígida, se aflojó en un suspiro colectivo.

El Sombrerero observó la escena con satisfacción.

— Parece que todo salió bien.—dijo con su sonrisa torcida, el cabello cayéndole a un lado.

Alice cruzó los brazos, mirando fijamente a la Liebre.

— Podrías haber dado la noticia de otra manera.

La Liebre se encogió de hombros.

— ¿Por qué?—respondió con total inocencia.

Una a una, las sirenas comenzaron a sumergirse, guiando a las pequeñas Ostras de vuelta a su hogar. Todas excepto una. La más alta. La que no apartaba los ojos de Alice.

Se acercó a la orilla hasta que el agua apenas cubría sus caderas.

— ¿Deseas algo?—preguntó con voz profunda.

Alice tomó aire antes de hablar.

— Busco volver a casa. Me dijeron que la Reina Blanca podría ayudarme. Pero… antes de que me quedara dormida… mencionaste al Señor Rojo.

La sirena parpadeó lentamente. No respondió.

Pero el mundo a su alrededor sí.

La taza del Sombrerero cayó de sus manos y se quebró en un chasquido. La Liebre se erizó, orejas tensas, cuerpo rígido. El Lirón salió disparado de la tetera, gritando como si hubiera despertado de una pesadilla interminable.




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