Alice y los Horrores de Wysteria

15-. Arkeon. El Imperio Rojo.

— El lugar te va a gustar, el países es bonito, sacado de los mejores lugares de tu lugar, Alcathassia. Incluso el castillo del señor rojo es demasiado hermoso como para ser replicado y tiene un poblado qué lo rodea, sus cultivos siempre se mantienen activos todo el año, el mar mantiene su bello color, la playa limpia con seres ahí viviendo y el bosque muy prospero, muy bonito... sin, te va a gustar.—hablaba Dodo, mientras Alice estaba detrás de él, con el Sombrerero tomándola de la mano.

Habían avanzado por algunos minutos a través del bosque, agradeciendo qué no se han topado con ningún esbirro del Bandernasth o eso los retrasaría.

— Y llegamos...—dijo Dodo, señalando frente suyo.

La expresión de Alice dejaba ver que no era lo que esperaban.

En lugar de un bello paisaje como Dodo había descrito, no era como el Jardín Miniatura, aquel donde Alice fue a dar al comienzo de su viaje, no era como el colorido Circo, tampoco como la Ciudadela Eldore, todo lo dicho por el Dodo eran lugares espantosos, distorsionado por su mente qué negaba la realidad en la qué actualmente vivía.

Lo que el grupo contemplaba sorprendidos y asustados no era más que una parte de la realidad de Wysteria, para Alice eso era cosa de algo mayor y que el culpable tenía algo que ver con las hadas enfermas, aquellas con las que se a encontrado ya en algunas ocasiones. Porque eso que veían ahora era el verdadero Imperio del Señor Rojo; era un panorama desolador.

Por una parte, el abundante y frondoso campos de cultivos habían quedado reducidos a hojas secas, causa de pequeños insectos qué han estado comiéndose todo o lo poco que quedaba, con algunas hadas qué buscaban salvar lo poco que había. Pareciera que una horrible guerra ocurrió en el lugar, la cual arraso todo lo que había a su alcance hasta reducirlo a casi nada: ahora solo era una tierra qué luchaba por dar prosperidad al lugar, se notaban pequeños brotes qué luchaban por crecer y las hadas espantando a los bichos para impedir su muerte, antes que esa tierra se volviera tierra muerta y estéril.

Alice miró el frondoso bosque del cual Dodo hablaba. El enorme y frondoso bosque verde de helechos y árboles altísimos y tupidos cuyos troncos estaban cubiertos de un esponjoso musgo, había desaparecido, ya no era parte del Bosque de la Confusión. Ahora, lo que allí se podía ver era un enorme amasijo de árboles secos y desnudos que se doblaban entre sí, se curvaban y formaban una enorme cadena enredada. De los troncos, las ramas e incluso de algunas raíces de dichos árboles, sobresalen varios pinchos puntiagudos, tan afilados como cuchillas. Y lo peor de todo era contemplar la imagen de varios cadáveres rotos y sangrantes de criaturitas y animales del bosque que se habían quedado enredados entre esas ramas curvadas, aprisionados entre el mar de árboles y clavados en los pinchos largos y afilados que se extendían en todas direcciones, algunas hadas terminaban heridas al tratar de cruzarlo sin éxito alguno, hasta algunas lloraban por esa cruel barrera impuesta por alguien poderoso. Con lo cual, el nuevo bosque de enredaderas y pinchos era una trampa mortal para todo aquel que se atreviera a cruzarlo. Era una barrera infranqueable.

Alice se giró a observar a la playa, dándose cuenta que era justo como le habían advertido todos… si es que acaso se le podía denominar así. Solo había un puñado de arena negra, tan oscura como el abismo. La playa estaba cubierta de basura, excrementos, porquería, algas y extraños peces que se hallaban muertos, eso igual explicaba el mal olor qué llegaba hacia la cienaga. También había grandes piedras huecas y curiosamente, cubiertas de sangre. Y más allá, el bravo y alterado océano, cuyas aguas habían pasado de ser cristalinas a ser oscuras, y de estar calmadas a estar agitadas. Había olas gigantescas de más de cinco metros de altura que llegaban hasta la playa y depositaban en ella decenas de peces muertos que la marea se había encargado de arrastrar hasta la orilla. Las olas se estampaban violentamente contra las rocas negras, dejándolas impregnadas de oscura sangre húmeda y fresca.

Cerca de allí, se encontraba el pequeño poblado, pero si bien, a pesar de tener pocas hadas avanzando se dio cuenta que no era nada lindo, Alegre y apacible como era la ciudadela Eldore, era un reflejo más siniestro y deformado de lo que podía imaginar. Sus calles estaban casi desiertas, las casas y los comercios se encontraban casi vacíos; no se veía mucha vida en el lugar. El abandono era tal que las calles estaban sucias y a cada esquina se acumulaba la basura y la porquería. Los pocos seres vivos qué correteaban por ahí eran hadas qué causaban el vandalismo en el lugar, saqueando todo cuanto podían para sobrevivir. Algunas casas se habían derrumbado completamente, otras se sostenían débilmente y parecía que de un momento a otro se caerían estrepitosamente. Las calles estaban llenas de sucios y polvorientos escombros. La ciudad estaba en ruinas. Las paredes y el suelo estaban salpicados de sangre seca, los puestos ambulantes estaban volcados y algunas hadas ahí lloraban desconsoladas.

Miró un camino, por el cual el Dodo empezó a caminar, mientras el grupo lo seguía, Liebre temblaba espantado, el Sombrerero solo mantenía detrás suyo a Alice. La brillante baldosas roja que conducía hacia el Castillo Imperial tenía manchas de sangre seca, mugre y barro. Las baldosas ya no se podían distinguir, pues el tiempo las había tornado opacas.

Más allá, se erguía lo que una vez fue una imponente muralla adornada con brillantes rubíes que resplandecían bajo la luz. Sin embargo, ahora la muralla se encontraba en ruinas, medio derrumbada y cubierta de escombros. Lor rubíes que antaño brillaban con intensidad habían perdido su lustre, y grandes bloques de piedra se habían desprendido de la estructura, cayendo en la entrada y bloqueando el acceso al Castillo Imperial. La grandiosidad del pasado contrastaba con la decadencia actual, y la entrada que una vez fue majestuosa ahora parecía una brecha cerrada y abandonada.




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