Alice y los Horrores de Wysteria

17-. La Locura de una Reina.

— Pero si era más claro que el mar… ¡era un pastel mágico!—declaró la Liebre con firmeza, agitando las patas como si hubiera dado con la verdad absoluta.— Y como tú también eres mágica, tu cuerpo lo rechazó. ¡Simple y sencillo!

Alice la miró con el ceño fruncido, totalmente perdida, devolviendo la taza a la mesa y girandose a verla.

— Liebre… eso no tiene nada de sentido—dijo al fin, cruzándose de brazos.

— ¡Exacto!—respondió la Liebre, feliz, como si Alice acabara de confirmarle la teoría.— Y lo que no tiene sentido… ¡tiene todo el sentido del mundo!

El Sombrerero, que hasta ese momento revolvía distraídamente su taza de té, carraspeó con seriedad. Su expresión solemne contrastaba con el desorden del grupo.

— En realidad,—intervino con voz grave.— puede que no esté tan equivocada. Los objetos encantados tienden a reaccionar de manera impredecible con seres que poseen su propia magia natural. El pastel amplificó a Alice… y las lágrimas actuaron como un conducto para liberar el exceso. Una reacción física… y mágica al mismo tiempo.

La Liebre lo interrumpió golpeando la mesa improvisada con la taza, haciendo saltar el té.

— ¡No, no, no!—gritó, ofendida.— ¡Fue porque estornudó en su alma! ¡Mi lógica tiene mucha lógica!

Alice parpadeó varias veces, incrédula, mientras Ignis se llevaba una mano al rostro, resignado a que aquello no acabara nunca.

— Yo… no he estornudado en mi alma…—murmuró Alice, confundida.

— ¡Todavía!—respondió la Liebre triunfante, como si hubiera ganado el debate.

El Sombrerero se pasó una mano por la frente, suspirando.

— ¿Ven por qué casi nunca intento explicar nada?—dijo con gesto derrotado, mientras servía otra taza de té como si eso solucionara todo. El Lirón, medio dormido, ofrecía consuelo al Sombrerero mientras la mitad de su pequeño cuerpo se hundía en una taza de té. Apenas murmuraba palabras entrecortadas, pero su ronroneo somnoliento parecía bastar para calmarlo.

Alice, en silencio, aceptó otra taza que el Sombrerero le ofrecía. Dio un sorbo tímido, sintiendo el calor reconfortante en medio del paisaje desolado que la rodeaba. Alzó la mirada hacia el horizonte gris, donde la tierra aún parecía herida por lo ocurrido.

— ¿Qué es lo que harán ahora?—preguntó, con voz baja, sin apartar los ojos del vacío.— Esto se ve demasiado triste que hasta dan ganas de lanzarse algo de pintura para darle color.

Ignis se acomodó junto a ella, apoyando el codo sobre la mesa improvisada.

— Padre planea hacer que los cultivos vuelvan a crecer…—respondió con cierta solemnidad.— Pero para eso necesitamos que Tizón regrese con las abejas de fuego reina. Solo ellas pueden iniciar una colmena aquí mismo y devolverle vida a esta tierra, pero ese conejo neurótico a tardado demasiado, seguramente fue a hacerle recados a la Reina Blanca... claro, como a esa bruja la plaga de las hadas aun no llega, todos prefieren irse allá.

Alice giró la cabeza con gesto incrédulo.

— ¿Abejas de fuego reina?

— Sí…—asintió Ignis, aunque su voz sonaba cargada de preocupación.— Pero ya tardó demasiado en volver, ese conejo traidor.

Los ojos de Alice se abrieron de par en par. En ese instante, su mirada se posó en la Liebre, que escarbaba con entusiasmo dentro de su abrigo, como si buscara el último terrón de azúcar del mundo. La niña la observó mientras, con absoluta naturalidad, la Liebre comenzaba a sacar toda clase de objetos imposibles: cucharillas dobladas, medias desparejadas, un reloj sin manecillas, cartas empapadas, incluso una tetera rota. Todos fueron amontonándose sobre la mesa improvisada hasta que, finalmente, extrajo un frasco de cristal.

Dentro de él, tres abejas de gran tamaño dormían profundamente, con el cuerpo reluciente y pequeñas brasas encendidas en el borde de sus alas. Su zumbido era apenas un murmullo apagado, como el crepitar de un fuego lejano.

Eran las mismas abejas que habían sacado del Teatro del Carpintero.

Liebre miro el frasco frente a Ignis con total indiferencia, como si fuese lo más normal del mundo.

Alice lo miró, asombrada, y luego volvió la vista a Ignis, que parecía incapaz de procesar lo que veía.

— ¿Son estas…?—preguntó Alice, señalando el frasco, con la voz cargada de sorpresa.

Ignis, boquiabierto, se inclinó sobre la mesa improvisada, incapaz de apartar los ojos de aquellas criaturas.

— ¿De dónde las…?—preguntó con un hilo de voz, incrédulo.

— El Carpintero, te lo dije en el laberinto…—murmuró Alice, apretando el frasco contra su pecho.— Tizón me mandó a buscarlas, pero nunca encontré a ese conejo… así que traje lo único que hallé.

Ignis tomó el frasco con cautela, observando el fulgor rojizo que recorría los cuerpos de las abejas dormidas, como brasas latentes en la penumbra. Lo agitó apenas y las criaturas comenzaron a vibrar; el sonido no era del todo un zumbido, sino algo más profundo, como un fuego susurrando secretos.

Con esfuerzo, retiró el tapón. Al instante, las abejas escaparon en un destello anaranjado, dejando tras de sí chispas diminutas que parecían quemar el aire.

El grupo las contempló en silencio mientras se dispersaban por el terreno. Primero se posaron sobre flores minúsculas que, hasta hacía un momento, no estaban allí. Brotaban rápido, demasiado rápido, como si la tierra estuviera apresurada en complacerlas. Las abejas bebían su polen ardiente y al mismo tiempo devoraban insectos que se acercaban imprudentes, dejando tras de sí un rastro de vida… y de muerte.

Una de ellas se apartó, posándose sobre un tronco seco. Con un movimiento casi ritual, se arrastró hacia una grieta y se adentró en su interior. Un segundo después, el árbol crujió, y de su madera muerta se desprendió un resplandor rojo, como si algo estuviera encendiéndose desde dentro.

Ignis sostuvo el frasco vacío, paralizado.

— ¿Están… sanando la tierra?—
preguntó en un susurro.




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