Alice y los Horrores de Wysteria

18-. La Oruga Sabia, Myrrhal.

Briastan podía recordar muchas cosas de todo el tiempo que había vagado como un suspiro en medio del mundo. Recordaba los bosques húmedos después de la lluvia, la risa lejana de las hadas en los claros de luna, incluso la sensación de correr cuando aún tenía pies que lo llevaban a cualquier parte.

Pero había algo que su memoria nunca lograba atrapar: el rostro de sus padres.

Sabía que habían existido. Que alguna vez lo acunaron, que su madre –humana– lo envolvía en canciones que ahora solo eran murmullos sin letra, y que su padre –un hada de mirada luminosa– lo levantaba hacia el cielo como si quisiera enseñarle las estrellas. Recordaba gestos, fragmentos de voces, un calor suave... pero sus rostros eran como figuras pintadas en agua, siempre disolviéndose antes de poder verlos con claridad.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se volvió un fantasma. Los días y las noches habían dejado de tener forma para él, y sin embargo, a veces, entre la bruma de su olvido, lo envolvía una certeza reconfortante: aunque no recordara sus caras, podía sentir que lo habían amado.

Y eso era suficiente para seguir avanzando.

Fue entonces cuando conoció a Alice, una niña que, como su madre, provenía de Alcathassia. Había llegado a ese mundo sin comprenderlo, con la inocencia de quien aún no sabe qué espera tras cada sombra. Al principio, Briastan solo pensó en usarla: valerse de su compañía para reunir los pedazos de su cuerpo y seguir su propio camino. Pero esa convicción, con el paso del tiempo, comenzó a difuminarse en algo más incierto.

Alice no era del todo bruja, pero tampoco vampiro. Era una paradoja, un puente entre dos naturalezas que nunca deberían encontrarse. Y, quizás por eso, podía desafiar lugares donde otros habrían sucumbido.

Briastan había sido testigo de sus actos: la vio enfrentarse al ave asesina, Jobo Jobo; presenció cómo ponía fin a la grotesca Bestia del circo; y la contempló escapar con vida del Teatro del Carpintero. Todo ello mientras él apenas podía hacer otra cosa que observar, ocupado en vagar tras los fragmentos de sí mismo, dispersos y mutilados.

Gran parte de su ser aún reposaba dentro del bolso que Alice llevaba al hombro. Era esa cercanía lo que le permitía seguir a su lado. Ahora, faltaban pocas piezas. Y el lugar hacia el cual se dirigían parecía guardar la mayoría de ellas.

«Bueno, Alice... fue un gusto viajar contigo», pensó mientras miraba hacia lo alto, a las estrellas que parecían vigilarlo desde un pasado remoto. «No serás la única en recibir el abrazo de tus padres... dentro de poco... yo también lo haré».

Apretó con suavidad su forma inconsistente, como si pudiera convencerse de que aún quedaba algo sólido en él. Tal vez era solo un consuelo vacío, o tal vez una promesa que el tiempo decidiría si cumplir.

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El grupo descansaba luego de varios días sin detenerse.

Alice se masajeaba sus adolorido pies mientras el Sombrerero prendía una fogata.

— ¿Té...?—preguntó la Liebre a Alice, mientras le extendía una taza.

— Gracias...—agradeció mientras la tomaba suavemente, aunque estuviese algo caliente y amargo. Extrañaba los postres que siempre había durante los eventos que involucraba Té.

Miro a su alrededor, notando el cielo estrellado, un mismo cielo que existía en su mundo, quizás sus padres veían ese mismo cielo mientras la esperaban, que volviera a salvo a casa.

«Seguro aun me están buscando», pensó, tratando de darse ánimos a si misma, queriendo darse seguridad de que la están esperando en casa. Alice soltó un suspiro, soplando suavemente el té antes de darle otro sorbo, «Aunque ya han pasado dos meses, creo... será mejor disfrutar el té por ahora, sabe delicioso», pensó para si misma.

— Claro que este es mejor —murmuró la Liebre, como si hubiera leído su pensamiento, aunque no parecía tener mucho sentido lo que decía.— Porque este se hace aquí, y no allá. Y lo de allá nunca es lo de aquí...

Alice parpadeó, sin saber qué responder.

De pronto, el aire cambió. Un frío extraño descendió sobre ellos, como si alguien hubiera soplado desde la nada. Las llamas de la fogata chisporrotearon, y un par de ojos azules emergieron de entre las sombras.

— Miau...—susurró una voz quebrada por la risa.

El Gato Cheshire apareció de la nada, primero su sonrisa flotante, luego su cuerpo desgarbado, moviéndose como humo que se retuerce en espirales.

La Liebre chilló de terror y, sin pensarlo dos veces, se lanzó a los brazos de Alice, escondiendo el rostro en su hombro.

— ¡Es un fantasma! ¡Un espíritu con dientes!—gritó, temblando como una hoja.— ¡Nos comerá a todos! ¡Corran!

Alice apenas pudo reaccionar, sorprendida, mientras el peso de la Liebre casi la tiraba al suelo.

El Sombrerero, por su parte, no se movió. Solo ladeó la cabeza, como quien escucha un acertijo que ya conoce de memoria.

El Gato se paseó en círculos alrededor de Alice, sus patas no tocaban del todo el suelo, y cada paso sonaba como un eco hueco. Alice lo seguia con la mirada, aun cargando a la Liebre que empezaba a pesar en sus delgados brazos, por lo que optó en tirarlo sin alguna delicadeza al piso.

— Minino Cheshire...—saludo.

— Hola querida niña, ¿para a donde vas?

— Con la Reina Blanca, te lo había dicho ya antes.

— ¿Ah si?, pues no recuerdo...—hablo el gato con su peculiar sonrisa.

— Pero si no a pasado mucho desde que nos vimos por última vez.

El Gato rió. Su risa sonaba como campanillas rotas, resonando en todas direcciones a la vez.

— El tiempo aquí no pasa como tú lo cuentas, niña. A veces se estira, a veces se rompe... a veces se olvida de sí mismo. ¿Quién puede decir qué fue “última vez” y qué fue “hace un instante”?

La Liebre, aún aferrada al brazo de Alice, gimoteó bajito:

— ¡Yo lo diría, yo lo diría! ¡Pero no me creen nunca!




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